viernes, 6 de diciembre de 2024

DÍA 8

Ronda alrededor de la auto un pájaro de cara amarilla. Según Internet, su nombre es todavía más curioso: se trata del avefría militar, una especie endémica de Australia y Nueva Zelanda. Nunca deja de asombrarme lo mucho que se acercan los animales a los humanos cada vez que salimos del solar patrio.

Avefría militar

Otro aspecto a reseñar esta mañana es el dump station que hay a la salida del cámping. Dondequiera que paremos, el sistema es idéntico. No llega a la sofisticación del método neozelandés o canadiense, con manguera y bayoneta incluidas para las negras, pero desde luego resulta bastante más cómodo y limpio que en otros sitios.

Dump station

Primer destino del día, Potato Point, 108 kilómetros hacia el sur. Se trata de un lugar poco frecuentado, en el cual hay un mirador donde se puede observar wallabies. Cuando llegamos a la pequeña localidad comprendemos por qué en los comentarios algunas personas dicen que les parece estar invadiendo terreno privado: todo se ve perfecto e impoluto -con sus casas y jardines a los que no sobra ni una brizna de hierba-, y recuerda mucho al pueblo falso de El Show de Truman. Nos cuesta un poco dar con el mirador, en cuyo cochambroso descampado es el único lugar donde es posible estacionar. Y aun así: no llevamos allí ni dos minutos cuando aparece casualmente un hombre con su perro. Esperamos que se aleje antes de bajar.

El mirador es bien poca cosa: un panel explicativo, dos bancos y una caída vertiginosa hasta el mar. Allí abajo, unas formas negras y brillantes se mecen al compás de las olas: son focas. Me acuerdo entonces del dron, que aún no he sacado de su bolsa, y vuelvo a la autocaravana a por él. Desgraciadamente, las baterías se encuentran a media carga (las dejé así a propósito, como precaución ante el vuelo). Ello, unido a lo dificultoso del emplazamiento y a la inseguridad que experimento siempre que vuelo por primera vez en un país extraño, hace que la operación sea corta y poco satisfactoria.

Wallabies en Potato Point

Los terrenos que rodean las viviendas no se encuentran vallados, pero el impoluto césped deja claro dónde empieza la propiedad. Caminamos hacia el norte por el borde del acantilado hasta donde es posible. Pero ¿dónde están los wallabies? Regresamos a la auto dispuestos a caminar hacia el lado opuesto cuando distinguimos a dos o tres tumbados a la sombra de un árbol. No les hace mucha gracia que nos aproximemos, porque se levantan y desaparecen discretamente entre la vegetación. Luego encontraremos más, paciendo entre las casas.

Quienes no parecen muy tranquilos son los dueños de la vivienda lindera con el mirador. El hombre ha soltado al perro, que husmea por allí sin hacernos mucho asunto, y la mujer nos contempla desde la terraza con cara de pocos amigos. Evidentemente, no somos bienvenidos: pues si les molesta un solo vehículo con tres personas, me pregunto qué será en temporada alta, cuando se ponga esto hasta la bandera.

Vuelta a la A1. 40 kilómetros hacia el sur, en la localidad de Tilba Tilba, se nos ofrece la alternativa de seguir por la carretera principal o elegir otra turística. Escogemos la segunda, obviamente, pero el cruce del Wallaga Lake por la zona de la desembocadura se demora bastante porque hay obras en el puente. Bueno, en realidad se trata de un pontón de madera que vibra amenazadoramente al paso de nuestro superpersado vehículo.

Camel Rock

Un poco más allá está el aparcamiento de la Camel Rock, donde comemos plácidamente. Salvando las distancias, resulta curioso lo que recuerda esta roca a la Hvítserkur islandesa.

Tras el descanso reglamentario, otra hora y media hacia el sur. Hoy va a ser el día que más kilómetros recorramos desde que empezó el viaje, y eso empieza a pesarle a conductor. Pasamos junto a unas playas chulísimas donde nos encantaría entretenernos y no podemos, pero al atravesar una zona de prados justo antes del Mimosa Rock National Park no nos queda otra que detenernos ante la vista de un grupo de al menos cincuenta canguros. Se les nota desconfiados, está claro que aquí los cazan. Nos aproximamos sigilosamente, y cuando nos encontramos a un centenar de metros salen todos en desbandada. Resulta hipnótico verlos desplazarse, raudos y silenciosos, como si fueran fantasmas.

Reanudamos camino hasta el lugar de pernocta, que es el Discovery Parks de Pambula Beach, pero antes de entrar en el recinto no nos queda más remedio que parar: en un prado junto a la carretera pastan no menos de un centenar de canguros. Su actitud es diferente a la de los de hace un rato: su actitud es vigilante, pero no huyen despavoridos.

Canguros en Pambula Beach

Hoy no hemos llamado por teléfono. Pese a no ser aún ser las cinco de la tarde, la recepción se halla cerrada. En la puerta, un cartelito informa del teléfono al que hay que llamar si llegas antes de las seis (después, ni lo intentes). Enseguida llega un joven y dinámico australiano que nos hace el checking y nos indica la parcela. Por cuestión de enchufes nos situamos en otra, pero de lejos y por señas nos indica que da lo mismo, está todo vacío.

Canguros en Pambula Beach

Como el cámping no se encuentra vallado, también por aquí hay canguros. Sacamos fotos muy cerca, pero la luz es ya muy mala, habrá que intentarlo mañana. Mientras trasteo con el móvil se me arrima nuestro recepcionista e intenta pegar la hebra, pero existe un doble problema: a) Todo el mundo aquí da por sentado que hablas inglés fluido, y b) la variante australiana del inglés no hay Dios que la entienda. De manera que discretamente le hago ver que estamos a otra cosa, y el chaval lo entiende.


Distancia parcial: 245 km.

Distancia total: 755 km.


        Día 7                                                    Inicio                                            Día 9


domingo, 1 de diciembre de 2024

DÍA 7

Amanecemos de una noche bien fría (esta mañana he tenido que arrancar el vehículo, para que se calentara un poco el habitáculo). Por suerte, nadie ha venido a preguntar qué hacemos aquí, pernoctando sin autorización.

Desandamos camino y revivimos la procesión de wómbats muertos (después de haberlos visto vivos, da aún más pena). Tras franquear el empinado puerto, nos damos el primer susto del viaje: circulamos por una zona en obras con paso alterno de vehículos. Pues bien, al salir de una rotonda me desplazo automática e instintivamente al carril derecho. Por suerte, los vehículos detenidos se encuentran a más de cien metros. Algo debe percibir el operario que sujeta la señal de paso y stop, porque se vuelve justo en el momento en que me reincorporo al lado correcto. Cuando pasamos a su lado menea la cabeza desaprobatoriamente como diciendo: Estos guiris...

Una vez de nuevo a Bomaderry, giramos hacia el sur siguiendo la A1. Aunque la carretera va de nuevo por el interior, hacemos un desvío hasta Hyams Beach cuya playa, según dicen todas las guías, tiene la arena más blanca del mundo. Sea por las expectativas, sea porque el día nublado no ayuda, el caso es que bonita y caribeña es, pero no nos parece nada del otro mundo. Sí que nos percatamos en cambio de la escasez de aparcamiento, y de cómo deben de pasarlo los locales cuando en verano el lugar se vea asaltado por hordas de turistas.

La playa más blanca del mundo

Algo que me llama más la atención que la playa son los impolutos merenderos con barbacoas -no me queda claro si a gas o eléctricas- que jalonan los jardines anejos a la playa. Esto, más que otros muchos detalles, da idea del grado de civismo y desarrollo de un país. Me pregunto cuánto durarían estas instalaciones donde tú y yo sabemos.

Paseoa pie por la playa y vuelta atrás en vehículo, con escala en el Woolworths de Vincentia para comprar algunas cosas. Finalmente, hemos nos hemos hecho clientes esta cadena por parecernos más económica que su competidora Coles. Es nuestra tercera compra, y no deja de sorprenderme cómo lo hacen aquí: tú vas con tus bolsas reutilizables y las dejas sobre la cinta. Entonces la cajera las cuelga de unos ganchos y es ella quien coloca lo adquirido. Con la práctica adquirida, y como si fuera un Tetris, resulta asombrosa la cantidad de productos que son capaces de almacenar en cada bolsa.

Stony Creek

Burrill Lake

57 kilómetros más y llegamos a Burrill Lake. Aquí hay dos cámpings. Originalmente nos pareció más interesante quedarnos en el del otro lado del río, pero las valoraciones eran peores (sobre todo la del hombre al que le robaron su vehículo dentro del recinto, apareció después quemado y, según él, la dirección se lavó las manos). De manera que nos quedamos en el Holiday Haven. Hemos llegado intencionadamente pronto para hacer una colada, que ya toca. Y todavía nos sobra tiempo para cruzar al otro lado del río donde, justo en su desembocadura, se aprecian unas curiosas formaciones rocosas en el mismo límite del agua. Son tan planas que no las tienes todas consigo si la marea (que ahora mismo está subiendo) llega de golpe. Por eso nos sorprende y escandaliza a un tiempo esta pareja que viene con un niño pequeño, que a duras penas sabe andar, y al que dejan pulular por allí sin vigilancia, como si en vez de un peligroso trozo de costa aquello fuera un kindergarten. Preferimos no mirar más y nos vamos.

Atardecer en Dolphin Point

Extrañas formaciones en Dolphin Point

Cuando llegamos al cámping y a la auto hace ya un rato que ha caído la noche, que hoy nos envuelve y nos acoge como recompensa de un día bien empleado.

Distancia parcial: 123 km.

Distancia total: 510 km.


            Día 6                                       Inicio                                             Día 8


DÍA 6

Constato en el mapa que, en dos días viajando por la costa, apenas nos hemos movido 120 kilómetros. Hoy es 4 de agosto, y tenemos que devolver la autocaravana el día 27 en Alice Springs, pues tomamos el avión de vuelta a Sidney ese mismo día; por no hablar del vuelo a España dos días después. ¿Nos dará tiempo? Mi mayor preocupación son los contratiempos derivados de imprevistos, averías y demás. Solo de pensar en ello me dan sudores fríos.

Como es preceptivo, apenas nos levantamos sacamos la auto del cámping y la dejamos en un aparcamiento cercano a la inmensísima playa que solo intuimos ayer. Conservo fotos parecidas a esta que saqué en la isla sur de Nueva Zelanda: espacio y soledad a espuertas en un lugar perdido del mundo.

Berrys Bay

Al igual que en Nueva Zelanda, mucha madera en las playas

Hoy nuestro destino se encuentra lejos de la costa: vamos a visitar el Kangaroo Valley, uno de los mejores sitios, al parecer, para ver wómbats. Remontamos el curso del río Shoalhaven en busca de una gasolinera. Pronto veremos que incluso este sencillo gesto puede transformarse en una odisea: la primera que encontramos tiene sobre sí una marquesina demasiado baja, sobre todo para nuestros 3,5 metros. Seguimos hasta Bromaderry, entramos en otra estación de servicio... Y resulta que al ser domingo se encuentra cerrada (nada de pagos con tarjeta). A unos cientos de metros localizamos otra, esta sí de autoservicio y autopago y además con el gasoil bastante barato. Pronto entenderemos por qué: está destinada a camiones, y el boquerel es demasiado grueso para que entre en nuestro depósito. Cuando descubro este inconveniente ya he pasado la tarjeta, y además no me fío de encontrar ninguna otra abierta, de manera que atravieso el suplicio de introducir el gasoil en plan regadera, trazando una graciosa parábola en el aire y cuidando, además, de no apretar mucho el gatillo para que la cantidad que salga sea la justa y no desborde. La operación lleva su tiempo, y aprte de mancharme de gasoil acaba doliéndome la mano del esfuerzo sostenido. Como cada vez que repostemos sea así, estamos aviados.

La gasolinera de marras. Y el precio más barato de todo el viaje

Desde Bromaderry hasta nuestro destino solo quedan 35 kilómetros, pero la carretera atraviesa un abrupto puerto de montaña que además se encuentra en obras. Al bajar del otro lado vemos los primeros wómbats pero en la cuneta, muertos. Esto nos produce una inmensa tristeza.

Los wómbats (Wikipedia dixit) son una familia de marsupiales que se encuentran solo en Australia y Tasmania, tienen la apariencia de un oso, pequeño de patas muy cortas. Pesan entre 25 y 55 kilos. Su pariente más cercano es el koala, pero a diferencia de este son animales mucho menos especializados en cuanto a su dieta y modo de vida. Se alimenta de hierbas y raíces, y viven en extensas madrigueras. Poseen un metabolismo extraordinariamente lento: tardan alrededor de catorce días en completar la digestión. En caso necesario, pueden fácilmente sobrepasar a un ser humano en carrera. los wómbats corren hacia sus madrigueras cuando les ataca un depredador, y utilizan su propio trasero para tapar la entrada. Esto les protege, porque poseen un culo extremadamente duro y resistente, reforzado con cartílago y prácticamente inmune a los mordiscos de otros animales. Es más probable que el depredador se haga daño en los dientes, a que el wómbat sufra algún tipo de daño. Lo más curioso es que, si el depredador consigue adentrar su cabeza en la madriguera, por encima del trasero del wómbat, en un intento por alcanzar la carne más blanda, probablemente sea lo último que haga, ya que este animal suele hacer en estos casos un movimiento similar al twerking, agitando su culo con fuerza y aplastando el cráneo de su enemigo contra el techo de la madriguera.

El área

Por fin llegamos a Bendeela Recreation Area, una extensa zona de acampada perteneciente a la red de parques nacionales. En teoría hay que registrarse por Internet y a continuación efectuar un pago más simbólico que otra cosa, pero ni anoche ni esta mañana funcionaba la página de marras, con lo escrupulosos que son los anglosajones con las normas... Una cámara que lee las matrículas a la entrada (y suponemos que a la salida) se cerciora de que quién pernocta y quién no. Por si no estuviera del todo claro, un cartel bien visible insiste en la obligación de inscribirse, pero suena un tanto irónico, porque aquí no existe cobertura de ningún tipo. Preguntamos a una pareja que recoge para marcharse. Ellos sí que se registraron, nos dicen, pero con la poca gente que hay por estas fechas no creen que vayamos a tener problemas. Dios les oiga.

El día transcurre tranquilamente, esperando el oscurecer, ya que los wómbats son mayormente crepusculares y nocturnos. Usamos la auto como hide y tiramos de prismáticos, pero como no hay bichos a la vista decidimos darnos una vuelta. Para nuestra sorpresa, la zona de acampada, en forma de L, es mucho más grande de lo que creíamos: abarca más de un kilómetro, siguiendo la curva del río. En la parte que tienen ahora cerrada a los vehículos (pero no a los viandantes) vemos a cuatro o cinco de nuestros amigos. Temiendo que se muestren huidizos, nos aproximamos sigilosamente, pero estamos a tres metros de distancia y ellos siguen a lo suyo, comiendo. Deben de tener dientes fuertes como demonios, porque hacen un ruido peculiar al cortar la hierba. Por curiosidad me gustaría tocar a alguno, pero temo una reacción agresiva con mordisco de propina. Un poco más allá observo a un grupo de personas acariciando a uno, de modo que espero a que se vayan y me acerco yo, por si acaso aquel individuo fuera el más mansito de la manada. Para mi sorpresa, el pelo no es nada suave, más bien recuerda a cerdas de jabalí.

Los canguros

Seguimos caminando por la campa, con cuidado de no caer en las madrigueras, todo lo grandes y profundas que se puede esperar de un bicho de 50 kilos, cuando -maravilla de las maravillas- empezamos a ver canguros. Primero una madre con su cría, y luego un grupo de catorce o quince. Vienen también a comer hierba, cruzan la alambrada y al vernos se detienen, dubitativos, pero al final entran todos.

Los dejamos pastar tranquilos y nos vamos a dormir con una sensación de plenitud difícil de describir.

Distancia parcial: 46 km.

Distancia total: 387 km


                  Día 5                                        Inicio                                                Día 7


jueves, 28 de noviembre de 2024

DÍA 5

Si algo se puede decir de los cámpings australianos es que son súper tranquilos y, sobre todo, tempraneros: anoche, cerca de nosotros, había dos parejas jóvenes con niños con pinta de habituales. Empecé a temerme una noche a la española, pero a las nueve en punto se recogieron en sus bungalows, y aquí paz y después gloria. Y en cuanto a los horarios, ya he referido el favor especial que nos hicieron en recepción manteniéndose abiertos hasta las 18:30. Ítem más: en la hoja de normas que nos entregan se explicita taxativamente (y esto será así en todos) que la hora límite para salir son las diez de la mañana. Pero bueno, ¿será para que les dé tiempo a hacer las camas?

Bulli Beach

De manera que a las diez en puntito plegamos los bártulos y sacamos la auto a un aparcamiento exterior lo cual, a decir verdad, a nosotros no nos supone mucha diferencia. Paseamos en dirección sur por un carril bici-peatonal paralelo a la costa y llegamos hasta Collins Rock, donde hay una piscina de mareas (o rockpool, como las llaman aquí). Ha salido un día soleado y agradable, y hay mucha gente por todos sitios, disfrutándolo. Al regreso descubrimos cacatúas de plumaje rosado posadas en los árboles. Son bellísimas, pero por desgracia no volveremos a encontrarnos con ellas durante el resto del viaje.


Woonona Rock Pool

Y, allí enfrente, Nueva Zelanda

Se está estupendamente aquí, pero toca reanudar camino. En lugar de salir a la M1, que discurre por el interior y probablemente sea una vía más rápida, optamos por la B65, que atraviesa un abigarrado continuo urbano compuesto por una decena de pueblos. Como la costa al sur de Sidney es bastante abrupta y poco apta para el turismo de sol y playa, ha sido declarada Parque Nacional y la continuación, que es donde nos hallamos, constituye el auténtico lugar de veraneo de la gran ciudad. Rebasamos el lago Illawarra, una especie de albufera con conexión al mar, y después de 45 kilómetros llegamos sin novedad a Kiama.


Cacatúa rosada

Debido a la psicosis aparcaticia que hemos tan temprano hemos desarrollado, nos abalanzamos sobre el primer aparcamiento donde cabe nuestro vehículo, justo en la puerta de una logia masónica fundada, según reza el cartel, en 1876. Después comprobaremos que, pese a ser fin de semana, hay sitio de sobra más cerca de nuestro destino, el Kiama Blowhole. Otro aspecto que nos preocupa es que, como casi todas, la calle donde hemos estacionado la auto el aparcamiento es de pago. Como no vemos parquímetros por ningún sitio, nos da por pensar que deben de contar con algún maquiavélico sistema online, y que cuando volvamos nos encontraremos la receta en el parabrisas. Tendremos que recorrer todo el pueblo para cimentar la suposición de que, al ser temporada baja, han retirado las máquinas (aunque no los carteles) de la calle.

Puerto de Kiama

Faro de Kiama

      El blowhole en cuestión se halla en una península rocosa que cuenta también con piscina de mareas y un faro. Volvemos a encontrar aquí mucho turismo internacional, en su mayoría asiático, pero sin aglomeraciones. Todo el mundo viene a disfrutar del espiráculo de agua. Parece que hemos tenido suerte, porque la marea está alta y el mar agitado. Los niños son quienes más lo disfrutan, o al menos quienes más lo expresan.

La tarde ha quedado realmente buena. Nos sentamos en la hierba, contemplando el oleaje sobre la costa, soberbio y embravecido. Luego paseamos por el puerto, donde una miríada de gaviotas acechaa los incautos a la puerta de un restaurante. También hay pelícanos, que pasan volando sobre nosotros, enormes como bombarderos.


Piscina de Kiama

Costa brava

Paso peligroso

Pelícanos

La tarde

Vuelta a la auto y comida ligera y tardía. Volvemos a la quinta pregunta: ¿Dónde dormimos esta noche? A unos 30 kilómetros está el Holiday Haven Shoalhaven Heads. Telefoneamos, y aunque solo son las cuatro de la tarde, nos dicen que espabilemos, que a las cinco cierran y no esperan a nadie. Otra vez a correr. La carretera es una recta inacabable bordeada por un denso bosque: es el Seven Mile Beach National Park. No sé por qué la playa se llama así, la verdad, porque desde Gerroa (nombre, como otros en la zona, de resonancias vascas) hasta Crookhaven la lengua de arena, ininterrumpida, mide 17 kilómetros.

El trato en recepción es sieso y estirado, acorde con el aspecto pijo del lugar. Nos recuerda un poco a aquellos cámpings de Austria donde te acogían como si te hicieran un favor monumental. En el fondo nos da igual, mañana estaremos lejos y ya no nos acordaremos de esta mujer tan arrogante y poco hospitalaria.

Distancia parcial: 76 km.

Distancia total: 341 km.


Día 4                                                        Inicio                                                        Día 6

martes, 26 de noviembre de 2024

 DÍA 4.

Ya nos dimos cuenta ayer de la cantidad de pájaros que viven por la zona, y que alborotan desde primera hora de la mañana. De entre todos ellos el más impresionante es uno que imita a la perfección el llanto de un bebé. Produce cierta angustia escuchar su vagido entre los árboles, dan ganas de ir a socorrerlo.

Lo primero que hacemos, tras desayunar, es trasladarnos con el vehículo hasta el Echo Point, el punto más lejano adonde llegamos ayer andando. Sorprendentemente todas las calles de los alrededores, incluso las secundarias, disponen de parquímetros. Otra cosa que llama la atención es la enorme curvatura del pavimento, con una gran caída hacia las aceras. Supongo que aquí, cuando llueve, llueve de verdad.

El cartel de marras

Los carteles turísticos están en árabe, chino, coreano y algún otro idioma más, lo que da idea del mogollón que debe de montarse aquí en verano. Por fortuna, la estación y la hora nos son propicias. Vamos hasta el mirador de las Tres Hermanas y luego descender por la Escalera Gigante (un tramo nada más, solo para hacernos una idea). Sobrecoge la intensidad del paisaje (resulta que Australia no es tan llana como creíamos). También lo intocado del terreno, especialmente si tenemos en cuenta que el centro de Sidney, en línea recta, cae solo a 80 kilómetros.

Las Tres Hermanas

La Escalera Gigante

Tras esta primera visita, nos vamos a comprar y se repite el problema de ayer: El Coles y el Woolworths de Katoomba caen en la misma calle, pero debido a las dimensiones de nuestro vehículo (o, más bien, la de las plazas de aparcamiento) no hay forma de aparcar lo bastante cerca como para poder usar un carro de la compra, y me toca dar dos paseos, cargado como un burro.

Tras el trago de la compra, nos vamos a la zona de Leura Falls. Por precaución pagaticia aparcamos algo lejos, pero por fortuna este lugar se halla mucho menos concurrido. Las cascadas de esta zona no son comparables a las de los dos viajes anteriores, pero tienen su qué. En cuanto a los senderos se hallan perfectamente señalizados, pero en ocasiones se vuelven dificultosos por lo empinados, y hay tramos que se encuentran clausurados por desprendimientos. Pasamos una serie de miradores que quitan el hipo, y nos encontramos con los mismos helechos arborescentes que vimos en Nueva Zelanda. A estas plantas, auténticos fósiles vivientes, se les calcula una antigüedad de 420 millones de años, por lo que ya existían cuando aparecieron los primeros dinosaurios.

El bosque primigenio

 Bajando bajando llegamos a lo que, sin lugar a dudas, es un lugar encantado: un arroyo límpido cubierto por la bóveda arbórea. Aunque el agua fluye plácida, hay señales visibles en la vegetación de las orillas de que, cuando llueve, saca a relucir su genio. A mí me gustaría completar la ruta circular y volver por un camino prometedor y distinto, pero el resto de la tripulación se amotina y toca volver sobre nuestros pasos. Por curiosidad cuento los escalones que hemos descendido y que ahora subimos: 421 (según hemos leído, hasta el fondo del barranco son 800).

De vuelta a la auto, breve comida y recapitulación: las Montañas Azules bien se merecerían un par de días más, pero abruma la enormidad del recorrido que tenemos por delante, así que indagamos en Campermate y nos decidimos por el Bulli Beach Tourist Park, un cámping en la costa al sur de Sidney, a 130 kilómetros de donde estamos. Calculamos dos horas de viaje pero empleamos dos y media: primero hay que bajar de las montañas, después contornear Sidney y sus pueblos satélite, y por último circular por una carretera bastante estrecha y con bastante tráfico que hace de límite del Dharawal National Park, lo cual nos recuerda que está vivamente desconsejado viajar de noche, debido a la alta probabilidad de encuentros con la fauna salvaje.

La toponimia aborigen depara curiosos nombres, como este a las afueras de Sidney

Cuando llegamos ya es noche cerrada, pero la recepción ha retrasado su cierre, esperándonos. Nos asignan parcela y, mientras nos ubicamos, de debajo de una caravana escapan asustados un par de conejos. Antes, moviéndose paralelos a la autovía, hemos visto nuestro primer par de canguros. This is Australia.

Distancia parcial: 139 km.

Distancia total: 265 km.


    Día 3                                                         Inicio                                                    Día 5



domingo, 24 de noviembre de 2024

 DÍA 3

Esta mañana, después de ducharnos y fregar los cacharros, descubro que nuestros amigos de Taren Point, con las prisas, olvidaron cerrar la llave de las grises, y hemos vertido toda el agua debajo de la auto. Así que, antes de que alguien nos recrimine por el estropicio, nos damos a la fuga.

 En conjunto, el vehículo está bastante bien, si hacemos excepción del baño, que es la cosa más rácana y miserable que hemos visto en todos nuestros años de autocaravanismo. Por no tener, no dispone ni de un triste armario o estante donde poner el jabón o la pasta de dientes. Y en cuanto a las dimensiones del lavabo, recuerdan más a una pila de agua bendita modelo económico que a un lugar para lavarse. Luego da la sensación de que, al igual que en Canadá, detestan poner grifos monomando, pues en su lugar instalan dos llaves independientes con pretensiones de hotel de lujo. Como se comprenderá, en estas condiciones resulta sumamente difícil regular la temperatura. En casa no es demasiado importante desperdiciar algo de agua mientras lo consigues, pero en una autocaravana, donde dispones de apenas un centenar de litros... Sin comentarios.

La ducha pretenciosa

El conato de lavabo

Tras la primera noche a bordo, hemos llegado a la conclusión de que los edredones que nos ha proporcionado la casa sirven si dispones de calefacción, pero que para el invierno son demasiado endebles si duermes fuera de cámping. Hemos descubierto que Decathlon cuenta con sucursales en Australia, lo que garantiza material de acampada a precio asequible. En el propio Miranda hay uno, pero al llegar nos encontramos con un problema que va a ser irritante y recurrente cada vez que vayamos a comprar: no hay plazas de aparcamiento adecuadas para nuestro vehículo: casi siempre son demasiado pequeñas o se encuentra bajo tierra. Parece mentira que en un país tan inmenso racaneen con el espacio de esta manera.

Antes de iniciar ruta hacemos nueva escala en el concesionario: nuestro grado de desconfianza ha llegado a tal punto que tenemos la sensación de que nos han dado las bombonas de propano vacías. Al parecer sí las han cambiado, pero aprovechamos la visita para reprocharles lo de la llave y lo de las grises. Sospecho que deben de tener unas ganas locas de perdernos de vista.

Bordeamos Sidney hacia el norte a través de zonas densamente urbanizadas: una cosa es conducir por la izquierda, y otra lo mismo pero por vías de cuatro o cinco carriles, en ocasiones con un camión a cada lado. Enfilamos hacia el oeste por la M4, y en Auburn intentamos de nuevo lo del Decathlon. Aquí sí existe parking de superficie, pero en la entrada luce un cartel de prohibido vehículos de más de 2,5 toneladas. ¿Qué pasa, que los autocaravanistas no compran jamás? Hacemos caso omiso, entramos y por 60 dólares adquirimos tres sacos de dormir. Son un tanto livianos, pero es que por razones de espacio no van a viajar a España. Por cierto que intento de nuevo pagar con la Visa de marras y de nuevo me dice que está bloqueada. Ayer por la tarde conseguí hablar con nuestro banco para que transfiriera dinero a la N26 y de paso desbloqueara la tarjeta. Esta mañana, el dinero ya había llegado a la cuenta, pero la tarjeta se resiste.

Venirse a la otra punta del mundo para que te digan esto

Desde Auburn hasta Katoomba hay 85 kilómetros. Los primeros son de zona urbana, y cuando por fin salimos de la conurbación, el trazado es ascendente y con muchas curvas. Nuestro destino para hoy era el Scenic World, pero ya cargamos con el retraso de ayer: para cuando llegamos es la hora española de comer, y la instalación cierra a las cuatro. Decidimos que lo mejor es buscar un lugar de pernocta y después ya se verá. Cuando planificaba el viaje desde casa había marcado algunos sitios para dormir por libre, pero en invierno, a casi mil metros de altitud y sin calefacción, mejor lo dejamos. Traigo en el móvil una aplicación llamada Campermate, que incluye multitud de recursos útiles para los autocaravanistas. Sin embargo, Google nos dice que aquí al lado existe un camping que no aparece en la aplicación. Nos acercamos y descubrimos el porqué: se trata del StayKCC Campground, un lugar de acampada de orientación cristiana. El lugar parece desierto, y tenemos que volver a llamar para que nos expliquen dónde está la recepción. Allí nos explican que nos podemos quedar, pero que también va a haber un grupo de chavales y que no podemos interactuar con ellos. Pos bueno.

Tras una comida ligera salimos de paseo. Para hacerse una idea de cómo es el sitio, Katoomba y los pueblos linderos -Leura y Wentworth Falls-, se asientan en el borde de un impresionante farallón de 700 metros de altura con vistas a un espesísimo bosque. Pese a la latitud tan meridional en la que nos encontramos, es lo más parecido a contemplar la selva tropical desde un avión.

Cacatúas blancas

Existe un sendero que bordea el precipicio, pero tiene un tramo cerrado y toca ir por carretera. Primero hasta las Katoomba Falls, y después hasta Echo Point, en total 5 kilómetros ida y vuelta. En el aparcamiento del primer sitio hemos encontrado un montón de cacatúas blancas que se dejan acercar lo bastante como para poderlas fotografiar. Disfrutamos del espectáculo hasta que un hijo de turistas corre hacia ellas para espantarlas. Hay que j...

Un instante antes de la espantada

Por el camino hemos visto las idas y venidas del teleférico del Scenic World. Bien es cierto que la experiencia se complementa con un tren cremallera que te lleva hasta el fondo del abismo, pero nos huele tanto a guirada que hemos decidido prescindir de dicha actividad mañana, y nos guardarnos los 150 dólares que cuesta para otra cosa.

Regreso al cámping cristiano y a la auto. Ni rastro de los niños con los que no debemos interactuar. Noche tranquila (y fría).

Distancia parcial: 121 km.

Distancia total: 126 km.


Día 2                                                          Inicio                                                             Día 4

 DÍA 2

La empresa que nos alquila la autocaravana tiene su sede en Taren Point, un polígono industrial al sur de Sidney y a 24 kilómetros del hotel. Cuando tenemos todo el equipaje recogido, pedimos un Uber y es tal su celeridad que, cuando bajamos a la puerta, ya nos está esperando. El conductor guarda un enorme parecido con Jackie Chan, pero no es muy hablador que digamos. Pasamos junto al aeropuerto, bordeamos la bahía de Botany y 30 minutos después llegamos a destino.

A diferencia de Islandia o Canadá, no hay prácticamente nadie esperando, lo que confirma nuestras sospechas de que nos encontramos en temporada baja baja,y que el precio está inflado. Nos atiende una chica joven y algo seca, con quien formalizamos los trámites del alquiler. Algo que no me gusta es que, aun trayendo ya la autocaravana pagada, intentan colarte algunos packs extra. Elegimos lo que nos interesa y a lo demás decimos educadamente que no.

El problema viene cuando toca depositar la fianza del vehículo, 5.000 dólares (algo más de 3.000 euros). Para ese menester dispongo de una tarjeta Visa que ya utilicé los dos veranos anteriores. Pues bien: en esta ocasión se niega a soltar la guita. Sudores fríos me recorren el cuerpo. ¿Y qué hacemos ahora? Lo único que se me ocurre es dejar en prenda el dinero que traigo en la N 24, la tarjeta que usualmente utilizamos para los gastos diarios en el extranjero, ya que no cobra comisiones por el cambio de moneda. Eso sí, nos quedamos a dos velas. ¿Cómo vamos a pagar ahora la gasolina, la comida y los cámpings?

A diferencia de Canadá, donde te brindaban un tutorial completo, aquí nuestra joven anfitriona se limita a señalarnos la autocaravana y a decir que, si tenemos alguna duda, entremos y preguntemos. El volante a la derecha impone bastante pero bueno, tampoco es la primera vez. Arrancamos, salimos a la calle y decidimos dar una vuelta para probar. Al primer giro, la puerta de la célula se abre de par en par. Intentamos asegurarla, sin éxito. El conducir por la izquierda tampoco ayuda, y en este polígono la gente circula a toda pastilla. Volvemos al concesionario, llaman al mecánico, y este soluciona el problema dando un portazo bestial. Será el impacto o la casualidad, el caso es que en ese preciso momento la retrocámara deja de funcionar.

El modelo final

Sacamos las maletas de la auto y nos sentamos en la sala de espera, a ver si lo arreglan. Por lo visto el técnico electricista no ha acudido hoy, así que al cabo de un rato nos asignan otro vehículo, no sin antes advertirnos que los anteriores arrendatarios destrozaron el toldo al ponerse en marcha sin haberlo recogido (vamos, al estilo la película Vaya Vacaciones). Respondemos que nos da igual, que nosotros nunca lo utilizamos. Pero el encargado, después de examinar el destrozo -sujeto con precarias bridas-, no se atreve a dejarnos ir con ella. Vuelta a la sala de espera.

7,5 metros largo, 3,5 alto. Motor Mercedes automático

El concesionario se encuentra lleno a reventar de vehículos. ¿Por qué no nos dan cualquiera de ellos? No lo sabemos. Tras un lapso considerable, vuelve el encargado diciendo que acaban de devolver dos vehículos, que elijamos uno, que nos lo limpian y adelante. Vamos a verlos, y cuando hemos elegido uno nos dicen que no es posible, que tienen que revisarlos, y tras un montón de llamadas parece que sí se puede. A todo esto. ya han transcurrido cuatro horas desde que llegamos. Mientras, echamos lúgubres cálculos: primero que nos entreguen la auto, luego a comprar al súper... ¿A qué hora vamos a comer? El encargado ha debido de ver nuestra cara de circunstancias (y de hambre) y nos indica un refectorio cerano, que lo paga la empresa (siempre que no nos pasemos de 50 dólares, precisa). El lugar en cuestión se encuentra aquí al lado, y es más una cantina que un restaurante propiamente dicho, pero la familia oriental que lo regenta es de lo más simpática. Repuesto el estómago, vuelta al concesionario, donde un poco después nos entregan la tercera autocaravana en lo que va de día. Por esta vez parece que la suerte nos sonríe, porque se trata de un modelo 1.000 euros más caro que el que habíamos contratado (y bastante menos machacado, por cierto). Además, para resarcirnos, nuestro encargado nos dice que, además de la invitación a comer, no es necesario cuando la devolvamos en Alice vaya el depósito de combustible lleno, que invita la casa.

El Coles de Miranda

Quedan apenas tres horas de luz, así que de las Montañas Azules podemos olvidarnos, al menos por hoy. Nos vamos a Miranda, un pueblo de aquí al lado absorbido por Sidney, en busca de un súper. Al ser la primera compra y lógicamente desconocer los productos australianos, nos lleva más tiempo de la cuenta. Cuando ya lo tenemos todo estibado y nos disponemos a ir en busca de un cámping, nueva desgracia: apriego el botón Start/Stop y aquello no arranca. Toca llamar al teléfono de emergencias y explicar nuestro problema. Solución: en un lugar remoto, a los pies del salpicadero y entre los dos asientos, existe una diminuta hornacina donde hay que introducir el mando a distancia del vehículo y, ahora sí, arranca.

¿En serio se le ocurrió a nadie explicarnos esto?

A todo esto son las seis de la tarde y ya es noche cerrada. Por fortuna, el Sydney Tourist Park cae a solo 1,3 kilómetros. Al ser temporada baja, no tenemos problema para encontrar sitio, lo que no nos exime de que al poco de llegar nos aporreen la puerta: son unos franceses argumentando que estamos en su parcela, y que Ils ont besoin de electricité. Replicamos que a nosotros nos han puesto aquí, y que si tienen alguna queja hablen con la dirección. Y es que lo de la electricidad tiene su miga: cuando esta mañana le pregunté a la chica que si la calefacción iba a gas, su respuesta me dejó -nunca mejor dicho- helado: la calefacción (y el agua caliente) son eléctricas, y si quieres encenderlas no te queda otra que entrar en camping. Que vivan los vehículos autónomos.

Distancia recorrida: 5 km.

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