miércoles, 30 de agosto de 2023

 23 de julio, día 10.

La idea antes de irnos era echar un vistazo a Lilloooet. Sin embargo, al abrir la puerta, me encuentro una espesa capa de humo que nos envuelve. Echo un vistazo al resto de acampados, esperando un éxodo masivo, pero no: ya no es solo que no se haya marchado ninguno, sino que hay gente tan tranquila sentada en sus hamacas, como si durante la noche el aire no se hubiera vuelto irrespirable. Ya sé que el sitio es gratis, pero... Nosotros sí salimos en cuanto podemos.

Duffey Lake Road

Atravesamos un paisaje de montaña bastante cerrado, y la carretera se vuelve bastante sinuosa, deformada en bastantes tramos. A cambio, casi no nos cruzamos con vehículos. Veinte kilómetros más adelante salimos de la ominosa nube. Cuando paramos en el Duffey Lake, el sol luce en todo su esplendor.

Duffey Lake

Lo que sí que sorprende es la cantidad de nieve que tenemos delante, uno pensaba que se había quedado atrás, en las Rocosas. Por lo visto, se trata de una cordillera paralela a la costa que se prolonga hasta Alaska. Sin poblaciones, sin carreteras: prácticamente inviolada por el ser humano. Widerness en estado puro. Sin embargo, este encanto de tierra salvaje se termina a partir de los Joffre Lakes, por no hablar de Whistler, que es algo así como el Torremolinos de Vancouver. Pasamos de largo y llegamos a Sproatt, donde hay una dump station en unas dependencias municipales de reciclado y demás. Vaciar lo hacemos sin problemas, pero no podemos acercarnos al grifo de limpias debido a que, como casi siempre, nos cae del lado opuesto y alguien ha colocado unos contenedores donde no debía. Detrás de nosotros viene un pick-up con caravana y, pese a que les advertimos de que no hemos terminado, en cuando maniobro para acercarme al grifo se cuelan, y nos quedamos atravesados. Empieza a formarse lío, porque los recién llegados no comprenden qué hacemos allí medio dados la vuelta. Los que se han hecho tan bien los suecos terminan de llenar y se largan. Por fortuna, el tejano que viene detrás parece entender la situación y espera pacientemente a que llenemos.

Necesitamos otra vez gasolina, pero en Whisler está a unos estratosféricos 2 dólares el litro, de manera que busco más adelante. Toca ahora hablar de dinero: al estar pagando en otra moneda no es uno muy consciente de lo que gasta, pero noto que algo no va bien cuando compruebo que el que traíamos presupuestado se derrite como nieve. Un par de ejemplos: la leche de marca blanca que compro en casa cuesta 87 céntimos el litro, y aquí la más barata cuesta 2 dólares (1,35 al cambio). El pan de molde, que en España sale por 1,25 euros, aquí vale mínimo 4 dólares (2,71 euros). Y así con todo. Canadá es un país de por sí caro, y eso parece agravarse ahora mismo con la inflación a escala mundial desbocada.

En la cola del ferry

Los próximos tres días los íbamos a pasar en Vancouver, pero creo que vamos a hacer algunas variaciones en la programación: la ciudad parece bastante hostil al autocaravanismo, y los lugares para pernoctar -o incluso aparcar- son pocos, caros, malos o se encuentran lejos. Propongo a la tripulación el siguiente cambio: ¿Qué tal si nos vamos a la isla de Vancouver? Reserva de barco no tenemos, ya estuve mirando hace unos días y no había plazas disponibles. Sin embargo, sé que las compañías reservan un porcentaje para última hora, de manera que cuando pasamos por Horseshoe Bay, uno de los dos puertos que comunican Vancouver con la isla, decidimos entrar a ver qué pasa. Los vehículos pagan por longitud, de modo que miden la auto (26 pies), cobran el pasaje y a la cola. Nos las prometemos muy felices cuando al cabo de un rato nos movemos, pero no: han llenado el barco y toca esperar al siguiente. No sabemos cuánto tiempo será, así que las tres horas se nos hacen eternas, y a cada falsa alarma me toca bajar a cerrar el gas. Al menos nosotros llevamos la casa a cuestas, porque quienes viajan en coche tienen que salir al pueblo a comer. El tedio se ve roto con la llegada de algún barco, seguida por el rugido de una oleada de moteros, que son los primeros en salir.

En las entrañas del Queen

Finalmente embarcamos. El ferry se llama Queen of Cowichan, y cuenta con tres pisos para vehículos (el de abajo de todos es el más alto, destinado a camiones, y allí nos meten). Me hacen arrimarme tanto al costado de la nave que tengo que recoger el retrovisor. Espero acordarme luego, que no me pase lo de Tarifa.

Subimos los seis pisos hasta la cubierta superior. Desde allí presenciamos y disfrutamos de la brisa marina, que hemos pasado mucho calor en el puerto. Enseguida nos vemos navegando por las aguas del estrecho de Georgia. Divisamos el skyline de Vancouver, con sus rascacielos recortándose contra el monte Baker, ya en el estado de Washington, un estratovolcán de 3.288 metros, que me llama como un faro en la lejanía.

Estrecho de Georgia

Vancouver y el monte Baker

Nuestro destino es Nanaimo, a 55 kilómetros, y el tiempo de travesía oscila entre hora y media y dos horas. La isla de Vancouver es la más grande de todas, pero lo cierto es que el estrecho que la separa del continente se encuentra plagado de ellas. Las más meridionales pertenecen ya a Estados Unidos. Los nombres de algunas delatan la primicia exploradora española (San Juan, López, Fidalgo, Rosario Beach). De hecho, los primeros europeos en encontrar la bahía de Nanaimo fueron los de la expedición española de Juan Carrasco, bajo el mando de Francisco de Eliza en 1791. Ellos le dieron el nombre de Bocas de Winthuysen. Explico esto porque estoy bastante cansado -¿ustedes no?- de que los anglos se apunten siempre todos los tantos, lo cual no significa que lo hayan hecho mejor, simplemente es que han contado con mejores propagandistas e historiadores más eficaces.


Como el desembarco lo realizan por capítulos, no se produce aglomeración alguna. Me separo con infinito cuidado del lateral del barco, para no rozar, y cuando pisamos tierra los cientos de vehículos que venían con nosotros parecen haberse desvanecido. Como está oscureciendo, no nos parece hora de ir en busca de ningún camping, así que siguiendo la app WikiCamps Canadá nos vamos a un lugar a las afueras... que resulta ser el arcén de una carretera. Por fortuna no estamos solos, porque dos campers duermen un poco más allá. Noche tranquila, aunque no tanto como en los campings.


Distancia parcial: 244 kilómetros.

Distancia total: 1.702 kilómetros.


Día 9                                    Inicio                                   Día 11



martes, 29 de agosto de 2023

22 de julio, día 9.

Seguimos hacia el sur y bordeamos el río North Thomson hasta Kamloops. De esta ciudad sorprende -como todas en Canadá, supongo- su enorme extensión, pese a contar solo con 90.000 habitantes. Nada más llegar percibimos el intenso calor.

El parar aquí tiene dos propósitos: el primero, que es comprar una segunda tarjeta SIM, lo resolvemos enseguida. El segundo, hacer la compra, no tanto. Todo empieza porque elijo un híper de la cadena Costco, y el motivo es puramente cinematográfico: de esta franquicia solo había oído hablar en la película Idiocracia, y durante mucho tiempo creí que se trataba de una invención de los guionistas: el cinturón de chabolas apiñado alrededor, el rebaño de cabras, el avión estrellado en la sala de ventas... Aquí es donde Joe Bauers, el hombre del pasado, descubre que Costco tiene incluso Universidad, y le dice a su abogado, Frito Pendejo:

- No puedo creer que te hayas licenciado aquí.

- Sí -responde Frito orgulloso-; al principio yo tampoco me lo creía.

Pues bien, cuando entro sufro una especie de Síndrome de Stendhal inverso: no sé si es la ingente multitud que pulula por los pasillos, o el aspecto de caótico y desangelado almacén, o la incomprensible distribución de los productos (el que vendan absolutamente de todo tampoco facilita las cosas). El caso es que me paso más de una hora dando vueltas. Para colmo, me roban el carro y tengo que salir a por otro. Viendo que me va a resultar imposible encontrar todo lo que necesito, selecciono lo más esencial y voy para las cajas. Allí me preguntan si soy cliente habitual. Evidentemente, no, a lo que me replican que es condición indispensable si comprar allí. Inquiero si es posible registrarse, y responden que sin ningún problema, previo pago de 60 dólares anuales.

"¡Bienvenidos a Costco. Os quiero!"

Vuelvo a la autocaravana de vacío y con un cabreo de mil pares de narices. Cruzamos la ciudad en busca del Walmart, pero en esto ya se ha hecho la hora de comer, así que la compra tendrá que esperar. Dos horas más de súper (porque además de la comida tengo que buscar pastillas para del depósito de negras y una tostadora, pues la que venía con la auto se ha roto). Entretanto, y a juzgar por el humo que amenaza con cubrir la ciudad, hacia el este se ha desatado un apocalíptico incendio.

Incendio cerca de Kamloops

Por lo que a nosotros respecta, salimos hacia el oeste por la nacional 1. A medida de el paisaje avanza, nos damos cuenta de que lo árido de esta región no tiene nada que ver con la idea que uno trae de Canadá. Si unimos esto a las frecuentes referencias que encontramos al Gold Rush, o fiebre del oro que sacudió esta zona a mediados del siglo XIX, hará que nos sintamos más en el Salvaje Oeste que en la Columbia Británica. Tras un corto tramo por la carretera 97, entramos en la 99. Nos topamos de nuevo con el río Fraser, que conocimos a los pies del monte Robson. Resulta curioso el devenir de este río, el más largo de la Columbia Británica: primero va hacia el norte nada menos que hasta Prince George; allí vira hacia el sur como una piedra y va derechito a desembocar en Vancouver, 1.375 kilómetros después de su nacimiento.

El paisaje se vuelve por momentos montañoso, desértico y extraño, como si estuviéramos en Arizona o Nuevo México. Al llegar a Fountain Valley cruzamos varias reservas indias. De hecho, Lilloooet es una de las comunidades más meridionales de América del Norte donde los pueblos indígenas constituyen la mayoría de la población.

Antes de llegar, nos damos de narices con nuestro primer incendio. Para nosotros no supone peligro, porque lo que está ardiendo es la parte alta de una montaña. Pero el lugar parece tan sumamente inaccesible que me pregunto cómo harán para intentar apagarlo.

Y por fin llegamos a Lilloooet, ubicada en la orilla occidental del río Fraser. Sin embargo, no nos detenemos porque la zona de acampada que buscamos, el B C Hydro Seton Lake Campsite, cae unos kilómetros más allá Se trata de un lugar gratuito, cortesía de la empresa que gestiona una presa hidroeléctrica cercana. Las parcelas están todas ocupadas, pero eso no es problema porque en el centro hay una explanada enorme donde nadie nos pone pegas para quedarnos. El lugar, rodeado de montañas, es muy bonito y muy salvaje.

Hydro Seton Lake Campsite

Antes de que oscurezca del todo, un helicóptero antiincendios (o varios) pasan varias veces sobre nosotros.


Distancia parcial: 340 kilómetros.

Distancia total: 1.458 kilómetros.


Día 8                                     Inicio                                    Día 10



lunes, 28 de agosto de 2023

21 de julio, día 8.

El camping donde hemos dormido esta noche, el Robson Meadows Campground, tiene una curiosa forma tan atípica en espiral que solo se me ocurre que guarde alguna relación simbólica con el nombre original del Monte Robson.

Seguimos la carretera 16 hasta Tête Jaune Cache y aquí nos desviamos hacia el sur por la 5. De inmediato se advierte un cambio respecto a lo ya recorrido en el sentido de que hay más presencia humana, ganado, campos de cultivo, poblaciones... Precisamente es al cruzar una de estas cuando ocurre el primer -y, por fortuna, único- encuentro con la Ley. Voy conduciendo tranquilamente cuando miro por el retrovisor y veo un coche de la poli con las luces destellantes y la sirena reglamentaria. Como en las películas me arrimo al arcén, bajo la ventanilla y coloco las manos sobre el volante. Como en las películas, se acerca el sheriff, me observa apreciativamente y explica que me ha parado porque en he pisado la línea continua en TRES ocasiones. La verdad es que me cuesta creerlo porque la línea central cuenta con bandas sonoras que en ningún momento he oído, pero me cuido muy mucho de expresarlo. Sí es posible, en cambio, que debido a la inercia de este enorme vehículo me haya visto dar algún ligero bandazo. Entonces pregunta que de dónde venimos y que cuántos días llevo conduciendo el vehículo. Contestamos al unísono que una semana. Nuestras respuestas deben de parecerles coherentes, al menos lo bastante como para descartar que el conductor (yo) vaya borracho. Justifica el que nos haya parado porque es su trabajo. Y, claro, si detecta alguna anomalía... Supongo que es lo más parecido a una disculpa que puede expresar un poli. Inquiere dónde vamos, y se sorprende cuando le decimos que a Vancouver: “It' s a long trip”, exclama. Finalmente nos desea buen viaje.

A partir de este momento me esmero en conducir lo más recto posible. Sin embargo, el camino se vuelve pesado debido a la gran cantidad de obras que encontramos, todas con su semáforo de paso alterno. Sorprende encontrar, pertrechadas con casco y chaleco de alta visibilidad, a mujeres, porque en España las obras de carretera son todavía un trabajo netamente masculino. 125 kilómetros desde la salida y paramos en Blue River a echar gasolina (así es como descubrimos que en British Columbia esta cuesta unos 50 centavos más por litro que en Alberta). Después entro en el pueblo (por llamarlo de alguna forma) y me acerco a una licorería, transformada por sus propietarios hindús en una tienda de conveniencia donde incluso venden fruta y verdura. Por eso, aparte de las cervezas, salgo de allí con las pastillas para lavadora que vamos a necesitar esta tarde.


Cien kilómetros más y llegamos a Clearwater. Aquí nos desviamos de la carretera principal para dirigirnos al Wells Gray Provincial Park, que esperamos encontrar menos concurrido que las Rocosas. Nuestra primera parada es Spahats Creek Falls, una cascada de 75 metros de altura, a través de la cual el arroyo homónimo cae al río Clearwater. Por cierto, spahats es el término utilizado por las Primeras Naciones para designar al oso.

Spahats Creek Falls

Hace tanto o más calor que ayer, y durante la comida no queda otra que encender el generador para tener aire acondicionado. Nos da un poco de apuro, pero no parece que molestemos a nadie.

Río Murtle

La siguiente catarata es la Moul Falls, pero para llegar a ella es preciso caminar cuatro kilómetros ida y vuelta, así que preferimos descartarla y seguir otros 25 kilómetros hasta Helmcken Falls, sin duda la más espectacular: 141 metros de caída (no lo parece), la cuarta catarata más alta de Canadá. De hecho, su protección fue una de las razones por las que se creó el Parque Provincial Wells Gray en 1939. En invierno se forma en su base un cono de hielo de hasta 50 metros de altura. Aquí también se encuentran algunas de las escaladas de hielo con mayor nivel del mundo.

Helmcken Falls

Cañón de las Helmcken Falls

Cono de hielo en las Helmcken Falls. Fuente: Wikipedia



La cascada y el lugar emboban. Las condiciones meteorológicas son propicias para el dron, pero no sé si aquí estará permitido o no. Bordeando el acantilado en busca de un lugar propicio, me cruzo con una familia; el padre tiene en las manos el inconfundible mando del DJI. Me siento identificado porque, al igual que yo, este hombre busca sitios discretos para volar sin molestar y sin ser molestado. Vuelvo corriendo a la autocaravana y, pertrechado del dron y de loción antimosquitos, doy con una plataforma de despegue adecuada. Tengo además la inmensa suerte de que sale el sol y, con él, un arcoiris en la cascada. El vídeo se puede ver aquí.

Una vez desahogada la pasión voladora, regresamos sobre nuestros pasos hasta el Wells Gray Golf & RV Resort, donde hemos reservado sitio para esta noche. Se trata de un camping privado, junto a un ríachuelo. Aquí estamos todos muy juntitos, y no disponemos del enorme espacio que teníamos en los parques nacionales, pero luz y agua sí que hay.

Antes del descanso, lavadora. La cuerda para la colada la ponemos entre un árbol y el brazo del toldo, pero el peso de la ropa húmeda es tal que tememos averiar el brazo plegable, así que no queda otra que recogerla y tenderla como podemos en el interior del vehículo, lo que nos trae recuerdos de Tromso y el viaje iniciático a Cabo Norte, hace eones.


Distancia parcial: 292 kilómetros.

Distancia total: 1.118 kilómetros.



Día 7                                            Inicio                                         Día 9






domingo, 27 de agosto de 2023

20 de julio, día 7.

En el Robson River Campground

Anoche preguntamos por el lugar de llenado y vaciado, y nos dijeron que en el camping no había, pero sí en cambio en el centro de visitantes del Monte Robson, un kilómetro más allá. No lo encontramos a la primera y toca volver a preguntar. Finalmente averiguamos que se halla en Kinney Lake Road, que es la carretera que conduce hasta el aparcamiento donde empieza el sendero del mismo nombre. Al parecer, esta ruta quedó completamente destruida a causa de unas inundaciones en 2021, y ha permanecido cerrado al público hasta el pasado invierno. La verdad es que el lago tiene muy buena pinta, pero la ruta son 10 kilómetros entre ida y vuelta y un desnivel de 180 metros, y la verdad es que no estamos por la labor: hemos salido del fresquito de las Rocosas y, por primera vez desde que llegamos a Canadá, estamos pasando calor (hoy da una máxima de 31 grados, que experimentamos como sofocantes), de manera que caminamos un kilómetro acompañando el impetuoso torrente y volvemos al parking, donde nos aprovecharemos (seguimos sin cobertura) del wifi del centro de visitantes con vistas al monte Robson, que con sus apabullantes 3.954 metros es el más alto de las Rocosas canadienses. Los primeros habitantes lo llamaron Yuh-hai-ha-kun, que significa “La Montaña de la carretera en espiral”.


Monte Robson

Robson River

Monte Robson

Si uno observa desde el satélite, comprobará que ahora mismo nos encontramos en una amplia pradera en mitad del bosque, evidentemente artificial. Unos carteles explican que aquí existió un campo de internamiento durante la Segunda Guerra Mundial, y su historia merece la pena ser contada:

A los 29.000 inmigrantes nipones que residían en Canadá -de los que el 80 por ciento tenían nacionalidad canadiense- les llegaría también la onda expansiva del ataque a Pearl Harbour. El 24 de febrero de 1942, el gobierno de Ottawa declaró a sus ciudadanos de origen nipón una “amenaza para la seguridad nacional”, privándoles de sus derechos civiles y dictando su internamiento. De nada les sirvió a algunos haber sido combatientes -incluso condecorados- a favor de Canadá durante la Primera Guerra Mundial. El plan también supuso la separación de las familias, lo que provocó intensas protestas, hasta que a mediados de 1942 el Gobierno anuló dicha orden. Sin embargo, sí que les confiscaron todos sus bienes, desde casas a negocios o barcos de pesca, y los periódicos en lengua japonesa fueron clausurados. Al finalizar la guerra, el gobierno canadiense les obligó a escoger entre la deportación hacia Japón –un país que había sido destruido, y que muchos de ellos ni siquiera conocían- o ir a vivir al este de las Rocosas, en las provincias de Ontario y Quebec. Hasta 1949 se les prohibió residir en la Columbia Británica. Ese mismo año, recobraron sus derechos de ciudadanos, entre ellos el derecho al voto.

(Fotografía: Tak Toyota / Biblioteca y Archivos de Canadá / C-047396)

Durante las décadas siguientes, la comunidad nipona-canadiense intentó obtener una reparación de parte del Gobierno federal. Finalmente, en 1988, más de 40 años después, el Primer Ministro presentó excusas a los sobrevivientes en nombre del Gobierno, y ofreció una indemnización de 21 000 dólares a cada uno de los afectados.

Overlander Falls

Río Fraser

Por la tarde nos acercamos a visitar las Overlander Falls, que no es nada espectaculares, pero sí muy fresquitas. Como no hay mucho más que ver por la zona, volvemos sobre nuestros pasos hasta el Moose Lake situado, al igual que las cascadas, sobre el río Fraser. Pese a medir 11 kilómetros de longitud, solo existe un lugar en el que es posible acercarse al agua, y es una rampa de botes situada en el extremo este. Nos sorprende que aquí, al igual que en las cascadas y en muchos sitios al aire libre, está prohibido fumar.

Prohibido fumar (cualquier cosa)

En el arcén de enfrente se detiene uno de los camiones diabólicos, y de él se bajan dos tipos con aspecto de recién escapados de la cárcel. Menudo peligro. A partir de ahora, haré todo lo que esté en mi mano para que esos engendros me adelanten.

El camión

El tren

El lago


La luz es estupenda, y por primera vez desde que empezó el viaje tengo la posibilidad de grabar con el dron (en los parques nacionales hace falta permiso). Mi alegría dura poco, porque tras unos minutos de vuelo se nos echa encima una tormenta, y el viento y las primeras gotas me disuaden de seguir. Finalmente no nos descarga encima, pero para entonces ya he hecho volver a mi cámara con alas y nos vamos en busca del camping. Pero al menos he obtenido las tomas suficientes como para montar un vídeo decente.

Distancia parcial: 67 kilómetros.

Distancia total: 826 kilómetros.


Día 6                                        Inicio                                     Día 8



 19 de julio, día 6.

Hoy toca el Jasper SkyTram, un teleférico que te encarama por la ladera del monte Whistlers hasta los 2.263 metros, de manera que si quieres hacer cima solo tienes que subir 200 metros más. Tenemos reservado viaje para las 11:45, pero llegamos antes con la idea de meternos en la primera cabina en la que haya hueco. Sin embargo, parece haber mucho tránsito porque nos toca esperar a nuestro vuelo, como pomposamente lo llaman aquí. El espacio viene justito, y el hacinamiento se acentúa porque sube una persona en silla de ruedas. Menos mal que solo son siete minutos.

Cima del monte Whistlers

Una vez arriba, las vistas de Jasper y las montañas son acongojantes. Llama la atención, incluso desde aquí, el continuo trasiego de trenes de mercancías asombrosamente largos: si en Europa un tren puede medir 600-700 metros, los de Canadá y Estados Unidos pueden alcanzar los cuatro kilómetros (200 vagones). Para mover semejantes cargas (hasta 6.000 toneladas), les acoplan dos y hasta tres locomotoras. En ocasiones en un solo vagón colocan dos contenedores, uno superpuesto al otro, lo que les confiere un curioso aspecto de autobuses londinenses.

Llegamos arriba. Por la zona del teleférico hay bastante gente, pero no son tantos los que se animan a subir hasta aquí. De hecho, hay un minuto glorioso durante el que nos quedamos solos frente al silencio y las montañas.

Inukshuk, símbolo del pueblo  inuit

Jasper

Al subir nos fijamos en un desvío señalizado que en teoría lleva hasta las sillas rojas (por estos lares es costumbre colocar un par de asientos de madera del color antedicho en lugares emblemáticos). A la vuelta decidimos acercarnos, pero alguien ha debido de llevárselas a casa, ya que por mucho que buscamos no damos con ellas.

Camping Whislers

Placa conmemorativa

Nos comemos los sándwichs mientras llega la hora de la bajada. Durante la espera no podemos evitar fijarnos en una familia compuesta por los padres y ocho hijos. No ya por el número, que hoy ya de por sí llama la atención, sino por su aire como de la Casa de la Pradera: los niños pequeños nos miran como si fuéramos extraterrestres; las mujeres visten todas faldas estrechas y largas, y la cabeza tocada con una cofia. En cuanto al padre, el óvalo de la cara le da un aire eslavo estilo Vladimir Putin. Amish no son, desde luego, pero podrían pertenecer a cualquier otra secta y/o religión. Mundos dentro de otros mundos, como sucede en Estados Unidos. Cuando llegamos abajo nos dirigimos a la misma zona del aparcamiento. Ellos abren una furgoneta, como no podía ser de otro modo, y la llenan por completo.

Scooby-Doo

Esta tarde teníamos intención de ir hasta el Mount Edith Cavell, pero nos para la carretera de acceso: unos mapas advierten de que no pueden acceder por ella vehículos de más de 27 pies; otros en cambio lo rebajan a 25 (la nuestra mide 25 pies y dos pulgadas). Y en la guía de Lonely Planet aseguran que “no es apta para personas de corazón débil”. Pese a todo, decidimos intentarlo. Primero vamos por la 93A, y justo donde empieza la subidita en cuestión vemos un aparcamiento donde la gente deja sus caravanas (pero no se ve ninguna autocaravana, cosa que nos anima). Al final la vía no es para tanto, al menos no muy distinta a los recorridos de montaña a que estamos acostumbrados en nuestro país. Sí es verdad que hay un par de curvas de 180 grados en las que te vas al otro carril, pero como es por la tarde el tráfico es escaso. También es verdad que medimos 251 centímetros de espejo a espejo, lo que significa que este es el vehículo más ancho que he conducido nunca, pero nos cruzamos con otras autos y ninguna de las dos se ve obligada a echarse fuera.

Monte Edith Cavell

Tras 14 kilómetros cuesta arriba, llegamos a un aparcamiento. Desde aquí toca caminar, también ascendiendo, durante veinte minutos. No tenemos muy claro lo que venimos a ver, y al final la sorpresa es lo que cuenta: se trata de un circo glaciar al estilo de Gredos, pero con la diferencia de que este conserva hielo todavía, que de vez en cuando se desprende y termina flotando en el lago inferior en forma de témpanos. Al parecer, el pico fue rebautizado con el nombre de Edith Cavell en memoria de una enfermera británica que, durante la Segunda Guerra Mundial, ayudó a escapar a prisioneros aliados de la Bélgica ocupada, y fue ejecutada por ello. Por encima de nuestras cabezas cuelga el Angel Glacier, denominado así por su forma (aunque un tanto desdibujada debido al deshielo). Al ser por la tarde y hallarnos en la cara norte, la luz no es muy buena. Pese a ello sacamos fotos, jugamos con el hielo, admiramos el paisaje.

Angel Glacier

Lago, glaciar y monte

Al regreso descubrimos otro sendero en una cota inferior a la nuestra que, aparentemente, conduce al mismo sitio. En ese momento no entiendo el motivo de la duplicidad, pero después me enteraré de que en agosto de 2012 el 50-60 por ciento del Ghost Glacier, vecino del Angel, se vino abajo y provocó un tsunami que corrió valle abajo arrasando todo a su paso (no hubo víctimas).

Obsérvese el tamaño diminuto de la gente en la orilla

Témpanos

Regreso a la auto y a la 93A. Estamos a solo 20 kilómetros de las Athabasca Falls, pero se hallan en sentido contrario a nuestra ruta, y aún nos quedan algo más de cien kilómetros hasta el lugar de pernocta, de modo que renunciamos. Vuelta a Jasper y a continuación por la carretera 16, denominada también Yellowhead Highway. 50 kilómetros y llegamos al límite con British Columbia, donde un cartel avisa de que debemos atrasar el reloj una hora. Y en este momento es preciso que hable de los camiones de este lado del charco. Lo primero que hay que decir de ellos es que son enoormes, empezando por la cabina, con el motor delante y una pequeña habitación trasera con todo tipo de comodidades. Los remolques son más largos, y hay veces en que incluso los llevan dobles. Algunos cuentan con dos tubos de escape verticales que les hacen parecer barcos del Mississippi, y si además los llevan doblados, como cuernos hacia afuera, pues pare usted de contar. Lo segundo es que no tienen limitación específica de velocidad, como en Europa, sino la general de la vía por la que circulan, cuando no más.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, se explica lo que nos ocurrió. Traíamos uno de estos bichos detrás prácticamente desde Jasper. En el interior del parque nacional, la velocidad se encuentra limitada a 90 kilómetros por hora (y debe de haber radares frecuentes, pues los conductores en general la respetan). Ahora bien, en cuanto salimos, se desató la bestia: por los espejos veo cómo se aproxima más de la cuenta. Acelero: 100... 110... A más velocidad ya no me siento seguro. Resulta impresionante llevar un monstruo semejante royéndote los zancajos. Y me asaltan sudores fríos recordando la terrorífica película de Spielberg El diablo sobre ruedas. Cuando el terreno es favorable consigo dejarle atrás, pero en cuanto aparecen curvas o cuestas abajo el tipo me vuelve a alcanzar. Parece estar divirtiéndose con ello. Después de treinta kilómetros insufribles, por fin encuentro un apartadero y dejo al energúmeno que pase.

Nuestro destino es el Robson River Campground, situado más cerca de la carretera de lo que nos gustaría. Buscamos la recepción, pero no parece haber. Sin embargo, en una especie de caseta encuentro una lista con los huéspedes del día y allí encuentro mi nombre. Esto es organización. Hoy nos parece lo más normal del mundo, pero si hace tan solo unas décadas nos hubieran dicho que sería posible reservar una parcela en este sitio perdido desde el otro extremo del mundo, nos habría parecido irreal y futurista.


Distancia parcial: 156 kilómetros.

Distancia total: 759 kilómetros.


Día 5                                        Inicio                                    Día 7





viernes, 25 de agosto de 2023

18 de julio, día 5.

Dejando a nuestros intrépidos pioneros, circunvalamos Jasper y nos vamos en dirección al Maligne Lake, que se encuentra a algo más de 50 kilómetros. Hoy ha amanecido con calima, y a medida que pasan las horas la falta de visibilidad y el olor a madera quemada aumentan. La luz es penosa, y debido a eso apenas si nos detenemos en el Medicine Lake, un curioso lago que solo se llena durante el verano. Mientras planificaba el viaje en casa, este nombre me llamó poderosamente la atención, y aventuré si no formaría algún tipo de binomio con Maligne Lake. Ignoro si el origen del primero se halla en las Primeras Naciones, pero el del segundo seguro que no: el río fue bautizado así por Pierre-Jean De Smet, el sacerdote que estuvo a punto de palmarla a causa de los remolinos cuando intentaba cruzarlo en su confluencia con el Athabasca. Al parecer, el nombre originario del lago era Chaba Imne, que significa Lago del Castor. Este lugar se halla indisolublemente unido a la figura de Mary Schäffer, artista y viajera estadounidense, que llegó aquí por primera vez en 1908.

Medicine Lake en la neblina

Alce hembra

Dicen que esta es una de las mejores carreteras para ver fauna de todo el parque pero, aparte de unas cuantas alces hembra, al resto parece habérselos tragado la tierra.

Hemos reservado un paseo en barco a las cuatro y media de la tarde. Como tenemos tiempo de sobra, nos vamos a hacer una ruta de un par de horas por la orilla del Maligne. Encontramos gente, pero mucha menos de la que hemos visto estos días. Vamos un poco agobiados porque otra vez se nos ha olvidado el repelente; por eso apenas nos entretenemos en la orilla del Moose Lake (hay unos cuantos por aquí) y regresamos a tiempo para comer. El embarcadero cae a unos 600 metros, así que dejamos la auto quieta y nos vamos caminando. Mientras tanto, el aire se ha ido aclarando e incluso brilla el sol.

Moose Lake

Maligne Lake

El embarcadero

En el barco va poca gente. Destacan dos familias indias numerosas que arman bastante alboroto que parecen transmitir, especialmente los hombres, una cierta prepotencia. Pero no sé si es el paisaje o el buen hacer del piloto y la guía, el caso es que a medida que transcurre el viaje la situación se suaviza bastante y todo el mundo parece más relajado.

Nuestra simpática guía

Nuestra cicerone es una chica originaria de Nueva Zelanda que, como el conductor del glaciar, se toma muy a pecho lo de crear buen rollo. Explica muchas cosas de la zona, pero habla tan deprisa que yo apenas comprendo. Sí me entero, en cambio, de que el Maligne Lake se encuentra a 1.650 metros de altitud, que en ocasiones se han alcanzado los 50 grados bajo cero, y que como la capa de hielo que cubre el lago alcanza los dos metros de espesor en ella se hacen carreras en bicicletas de ruedas gruesas.

Spirit Island

Spirit Island

Recorremos dos tercios de la extensión del lago hasta llegar a Spirit Island, uno de los lugares emblemáticos de las Rocosas. Lo que pensé que iba a ser un simple paseo en barquito se transforma en un impresionante viaje a medida que el paisaje se ensangosta entre las enormes montañas que otorgan al lugar apariencia de fiordo. A la izquierda dejamos dos picos, denominados Samson Peak y Leah Peak, en memoria de la pareja de indios Stoney que se hicieron amigos de Mary Schäffer y que le mostraron el camino hasta el lago. Se conserva una fotografía que les hizo Mary con su hija pequeña, y la certeza de que eran gente limpia y almas valerosas te golpea en la frente como una piedra.

Samson Beaver y familia, fotografía de Mary Schäffer. Fuente: Wikipedia

Spirit Island es un lugar mágico. Me quedaría aquí horas, pero, como en el glaciar, aquí el tiempo es oro y en veinte minutos nos despachan otra vez en el barco. En el camino de vuelta el ambiente es, como dije, más distendido: jugamos a saltar sobre las olas que producen las embarcaciones que vienen en sentido opuesto, y el capitán hasta permite que los niños piloten.

Despedida


Una vez en tierra, desandamos nuestros pasos. Esta mañana, cuando subíamos, nos percatamos de señales que indicaban el Maligne Canyon (aquí todo es Maligne), así que decidimos parar. Por el tamaño del aparcamiento, ahora semivacío, comprendemos que ha sido una buena elección. Aquí el río ha desgastado la roca caliza y se encajona en una estrechísima fisura que alcanza en ocasiones 50 metros de profundidad. Impresionan los tapones que han formado los troncos arrastrados por la corriente.

Maligne Canyon

Maligne Canyon

Maligne Canyon

La ruta es en descenso y consta de cinco puentes. Llegamos hasta el cuarto y, como va a costar lo suyo subir, prescindimos del quinto. Por cierto, que como iniciamos la ruta por la parte baja del aparcamiento, por poco nos perdemos el primer puente, el más espectacular de todos. De camino nos cruzamos con una hembra de alce, que se aparta con cara de fastidio, como diciendo: “Pero bueno, ¿no os habíais ido ya todos?

Vuelta a Jasper, esta vez para dormir en el Whistlers Campground. Si el camping de ayer nos pareció enorme, este lo es aún más: kilómetro y medio de longitud, y con una distribución que responde a un patrón orgánico, como de células o plantas, con muchísimo espacio entre ellas. Nuestra ubicación se encuentra fuera del recinto principal, en una especie de absceso. Alguna que otra intrusión en nuestro terreno, por aquello de atajar, y noche tranquila. Como siempre.


Distancia parcial: 108 kilómetros.

Distancia total: 603 kilómetros.


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