miércoles, 8 de marzo de 2023

Día 13

 20 de julio

Desde toda esta zona se ve perfectamente el Snæfellsjökull, el volcán donde Julio Verne situaba la puerta hacia el centro de la Tierra. Tiene solo 1.446 metros de altitud, pero al empezar como quien dice al nivel del mar, su cumbre nevada se muestra imponente.

Nuestro primer destino del día es la playa de Skarðsvík, donde se mezclan la lava negra y la arena amarilla. Tienen fama sus olas de ser agresivas. De hecho, hay una familia con dos críos pequeños, y en cuanto la marea muestra signos de subir se retiran.

Faro de Svörtuloft
Acantilados de Svörtuloft

Como veo que la pista sigue hacia el faro de Svörtuloft, la sigo en la creencia de que desde allí tendremos otra salida hacia la carretera. Craso error. Los turistas con los que nos cruzamos nos miran alucinados, como diciendo dónde van estos. Por fin, cuando en una ligera pendiente de tierra y piedras sueltas derrapo, maniobramos para dar la vuelta y recorremos el resto del camino andando.

Es curiosa la costa y el paisaje todo: la primera está cortada a pico, al estilo Cabo de San Vicente. En cuanto a los campos de lava (y ya llevamos vistos muchos) son peculiares: a lo que más recuerdan es a la corteza de esos panes de pueblo, recia y con harina por encima. Es como si después de solidificarse se hubiera agrietado, empujada por el magma subyacente. Una rala vegetación de musgo y liquen contribuye a esa atmósfera irreal y extraplanetaria que tantas veces nos transmite Islandia.

Subida al Saxhóll
Vistas desde el Saxhóll

Desandamos camino hasta la carretera y luego al siguiente destino, que está muy cerca: el volcán Saxhóll. Al principio yo lo confundía con el Snæfellsjökull, o al menos con la puerta de entrada al Centro de la Tierra como la describía Arne Saknussemm: (“Desciende al cráter del Yocul de Sneffels que la sombra del Scartaris acaricia antes de las calendas de Julio, audaz viajero, y llegarás al centro de la tierra, como he llegado yo.”). Pero ya veo que no es por aquí. Lo que sí percibimos como algo negativo es la progresiva cercanía a la capital y la proliferación del turista exprés, con escaso tiempo y peores modales.

Subimos a lo alto del volcán por una escalinata de hierro para admirar los desolados alrededores. De vuelta al aparcamiento saco el dron. Aunque no he visto carteles de prohibición, esto debe de ser aún parque nacional, de manera que me escondo un poco y saco unos planos. Con el buen día que hace y la falta de viento, como para desaprovechar.

El Snæfellsjökull desde la playa de Djúpalónssandur
El Snæfellsjökull desde Djúpalónssandur

Visto el volcán, nos vamos para la playa de Djúpalónssandur, aunque soy el único que se anima a visitarla. Esta zona es una especie de Costa da Morte islandesa, a juzgar por la cantidad de naufragios acaecidos aquí. De hecho, en la negra arena aún se pueden ver lo que queda del arrastrero Epine, que se hundió el 13 de marzo de 1948. Un cartel avisa de que está prohibido llevarse los restos. Pero bueno, ¿quién querría como recuerdo un trozo de metal oxidado?

Laderas del Snæfellsjökull

Este aparcamiento tiene mucho tránsito, de modo que salimos a la carretera general, donde encontramos un apartadero solitario. Luego seguimos hasta Lóndrangar, donde hay unas impresionantes agujas de piedra que en realidad son tapones volcánicos, y que recuerdan a las vimos al principio del viaje en la playa de Reynisfjiara.

Lóndrangar

Valorando las posibilidades de pernocta, nos damos cuenta de que en la costa sur de la península no existen muchas opciones campineras, aunque recientemente han abierto un establecimiento en la cercana población de Arnarstapi. Decir población es mucho, aparte del restaurante, un hotel y cuatro casas, pero es algo a lo que ya estamos acostumbrados. De manera que estacionamos y nos vamos a conocer los imponentes acantilados. Como en Lóndrangar, la cantidad de aves, especialmente gaviotas, es apabullante y el olor a excremento, también. Los acantilados están teñidos de blanco, y más que en plena naturaleza se diría que se encuentra uno dentro de un gallinero.

Saga de Bárðar Snæfellsáss
Acantilados de Arnarstapi

El puente de piedra

Costa sur de Snaefellsnes

Tras sacarnos unas fotos junto a la curiosa estatua dedicada a la Saga de Bárðar Snæfellsáss y pasearnos por los acantilados, regresamos a la auto. El cámping está ahí mismo, pero el sol sigue tan alto que nos resistimos a dar por terminado el día, así que arrancamos de nuevo y nos acercamos a la garganta de Rauðfeldsgjá, una aparatosa y estrechísima grieta que parte la montaña en dos. Me hizo gracia la reseña que decía que el sitio estaba bien “para descansar de tanta cascada”.


Garganta de Rauðfeldsgjá
Garganta de Rauðfeldsgjá

Regresamos a Arnarstapi y, ahora sí, nos instalamos en el cámping. Como no oscurece ni a tiros y ahora debe de haber menos gente, me voy con el dron hasta los acantilados. Como dije antes, este camping es reciente y se ha construido al lado (si no encima) de una zona de anidamiento de charranes. Estos pájaros, famosos por su migración anual de polo a polo, son terriblemente agresivos y territoriales, y no dudan en atacar a las personas que se acercan a sus nidos. Por delante de mí camina una familia que se protege como puede de estos energúmenos alados.



Al llegar al cámping nos dimos cuenta de que había una quedada de autocaravanistas jubilados alemanes, y aquí que me los encuentro dando un paseo. Un grupito se sitúa detrás de mí para seguir la evolución del dron. Yo no me vuelto ni nada, no sea que me den conversación, que es lo peor que le puede suceder a un piloto de dron cuando está en el ajo. Y hago bien, porque de aquí saco las mejores tomas de Islandia. Faltan escasas horas para que el viaje cambie dramáticamente de curso. Aún estamos a 250 kilómetros del final del recorrido que es Keflavik, y mañana tenemos reservada la excursión a una cueva de medio kilómetro excavada bajo un glaciar, pero es algo que no sucederá. Unos guiris empeñados en celebrar un cumpleaños a las doce de la noche y un pollo de charrán tendrán la culpa de ello. Pero eso no lo sé ahora, embebido como estoy en el vuelo, en esta costa alucinante, en esta luz inmortal que tiñe nuestras esperanzas, nuestros sueños y nuestro mejor yo: el que experimenta. El yo viajero.



Kilómetros recorridos

Parcial: 63 km.

Total: 1.954 km.


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martes, 7 de marzo de 2023

Día 12

19 de julio

Ya que no tenemos tiempo de alargarnos hasta los Fiordos del Oeste, iremos al menos hasta la península de Snæfellsnes. La ruta oficial baja muchísimo por la N 1 para luego volver a subir. La alternativa más directa son 70 kilómetros de pistas de tierra. Como reza el dicho, no hay atajo sin trabajo.

Por la península de Snæfellsnes

El primer tramo es entre Borðeyri y Búðardalur. Paisaje solitario y granjas aisladas. A partir de aquí tomas la carretera 54, conocida también como Snæfellsnesvegur, que empieza con asfalto hasta que se les terminó el presupuesto. A partir de aquí hay que tomárselo con paciencia: hay tramos regulares y otros muy malos. Lo peor sin duda es en los puentes, que están la mayoría en obras, supongo que con idea de adecentar en su día toda la carretera. Porque parece que estamos en medio de la nada, pero los frecuentes carteles que indican Reikiavik nos avisan de que nuestro periplo está tocando a su fin.

Pistas de tierra

Como dije antes, no son muchos los vehículos que se aventuran por estos andurriales, por eso nos sorprende una autocaravana que aparece en lontananza y poco a poco va ganando terreno. Aprovecha un corto tramo asfaltado para adelantarnos y seguir quemando rueda. Compruebo que pertenece a la misma empresa de alquiler que la nuestra. Pienso en el desgraciado al que le toque en suerte alquilarla después. Porque si a nosotros, que vamos con todo el cuidado, se nos mueve todo, ¿qué no será a ellos? Irónicamente, nos los encontramos de nuevo, ahora estacionados. Deben de estar comiendo. Les doy unos pitidos burlones y continúo.

La pista infernal termina justo en el cruce de Stykkisholmur, que es de donde sale el ferry en el que habríamos regresado si hubiéramos ido a los Fiordos del Oeste. De repente se da uno cuenta de lo mucho que ama la civilización y el asfalto, sobre todo lo muy silencioso que es este último comparado con los caminos de grava.

Paramos a comer en Kolgrafarfjörður, que es un sitio que no viene señalado en ninguna guía turística, y que en cambio a mí me pareció chulísimo: tal vez por el solecito que hacía (aquí aprendes a apreciarlo), tal vez por la soledad, y porque a la entrada del puente han dejado un amplico espacio libre como aparcamiento (aunque pueda sorprender en Islandia, al igual que en Noruega, los lugares para estacionar son limitadísimos). De manera que después de comer, sin molestar a nadie, saco el dron y grabo hasta quedarme a gusto.

La fallida Grundarfoss

Los romanos distinguían entre días fastos y nefastos. No sé si esta categorización se puede aplicar también a las medias jornadas, porque nuestra mañana ha sido buena en comparación con lo que viene ahora. La siguiente parada es la Grundarfoss. Cierto es que llevamos vistas ya muchas cataratas, pero esta se encuentra a poco más de un kilómetro de la carretera, y nos apetece dar un paseo. Al principio el camino está claro, pero de repente nos encontramos con unas vallas que lo obstaculizan. Por lo visto es una zona de captación de agua potable, y por eso de halla protegida. La rodeamos pero nos encontramos más alambradas, estas de particulares, ante lo cual si quieres acercarte a la cascada la única posibilidad es cruzar el torrente a pata (al parecer, a nadie se le ha ocurrido la brillante idea de poner pasarela). Regresamos amoscados a la auto y cruzamos el pueblo de Grundarfjörður. Enseguida encontramos la siguiente cascada, que es Kirkjufellsfoss. Nuestra sorpresa es que esta catarata... es de pago. Vamos, que nadie te cobra entrada, pero unas cámaras toman buena nota de la matrícula para que luego pases por taquilla. Lo más gracioso es la parte del cartel donde explican que el dinero que recaudan lo utilizan “para mejorar el entorno”. ¿Mejorar una cascada? ¿Me explica alguien cómo se hace eso? Para colmo, el chino que va delante de mí lleva un rato peleándose con la maquinita de pago porque está empeñado en que le dé un ticket. 

Kirkjufell
Cascada de pago

En comparación con el desenfreno recaudatorio que sufrimos en Noruega, estos islandeses son la mar de tolerantes. Sin embargo, mosquea (y mucho) que en la cascada donde no cobran pongan todos los impedimentos posibles para que no accedas, mientras que aquí... mil y una facilidades.

Por fin, el Snæfellsjökull
Hellissandur

Continuamos nuestro viaje hasta Hellissandur, muy cerca ya de la punta de la península. El camping está hasta arriba y nos cuesta encontrar sitio (y el único apropiado está cerca de unos jóvenes que acumulan botellas vacías bajo la mesa). Tras la cena nos vamos al pueblo en busca de los curiosos murales que lucen algunas fachadas. Procuramos no hacer ruido, porque aunque haya luz de día a buen seguro que hay gente durmiendo. Saco fotos de la puesta de sol a la una y media de la madrugada. Eso es belleza.

Hellisandur
Hellisandur a medianoche

Mural en Hellissandur


Kilómetros recorridos

Parcial: 221 km.

Total: 1.891 km.

Día 11                                      Inicio                             Día 13

lunes, 6 de marzo de 2023

Día 11

 18 de julio

La carretera enfila hacia el norte siguiendo la línea del fiordo. Nada más salir del pueblo se nos echa encima la niebla, y con ella vamos cuando nos damos de narices con un túnel. Excavado en la roca viva y sin apenas iluminación, parece la antesala del infierno. Para colmo, cuando entramos descubrimos... que es de un solo sentido (con passing-places, eso sí, todo un detalle). Por fortuna, hay poco tráfico a esta hora. Cuando salimos al exterior la conducción se complica, porque la carretera está asfaltada a ratos sí y a ratos no, y como con la niebla no veo nada los frenazos son de aúpa. Paramos unas cuantas veces a admirar el paisaje, o al menos lo que se deja. A medida que nos adentramos hacia el corazón fiordo desaparece la niebla, y transcurridos 90 kilómetros desde la salida llegamos a Skagafjörður, que con sus 2.600 habitantes nos parece ya una capital. Tras aprovisionarnos en un supermercado inesperadamente grande, nos acercamos a lo que pretende ser un museo sobre la única guerra civil que ha vivido el país (1238. The Battle of Iceland). Venimos muy ilusionados en busca de las ambientaciones y las animaciones en 3D que promete la web, pero resulta un fiasco porque la mitad de ellas no funcionan. Como además la entrada nos ha parecido carísima, le dejo una mala reseña en Google.

Curiosa especie de ajedrez vikingo

Tras la comida reemprendemos camino, ahora hacia el sur. El paisaje es ondulado, con hierba pero sin árboles, y la carretera aceptable. Hasta que llegamos al desvío para Hvítserkur. La ruta se convierte en un estrecho camino de tierra que nos hace albergar serias dudas, pero finalmente decidimos intentarlo. Desde el cruce hasta esta curiosa roca son 26 kilómetros de traqueteo. Por fortuna, nos cruzamos con pocos vehículos. Una vez en destino, seguimos el consejo de quienes nos precedieron y en lugar del bajar al aparcamiento dejamos la auto en la carretera, no sea que luego no sea capaz de subir.

Camino de Hvítserkur 
Hvítserkur 
Hvítserkur 

Hvítserkur es una curiosa roca plana situada perpendicularmente. Hay quienes ven en ella un elefante, otros un dragón. Me hubiera gustado acercarme más, pero no es posible debido a la marea alta. Por fortuna, no hace viento y puedo hacerle unas pasadas con el dron, siempre con cuidado de no molestar a las gaviotas.

Como nos da pereza desandar lo andado, decidimos dar la vuelta a la península. Al otro lado y a 22 kilómetros de distancia está Illugastaðir, una granja que al parecer cuenta con camping y muy cerca de una colonia de focas. Dicho y hecho: llegamos, aparcamos y nos vamos a ver los animales. Pese a que luce el sol sobre el horizonte, hace un frío que pela.

Frente a donde sestean las focas se levanta una pequeña cabaña de madera que hace las veces de hide. Allí encontramos a una chica prismáticos en ristre que hace anotaciones en una especie de registro. Tan absorta está en su tarea que ni siquiera saluda (aunque luego llegarán dos jóvenes y con ellos sí que pegará la hebra). La colonia se encuentra sobre unas rocas separadas de tierra firme por un canal. Duermen todas apaciblemente, ajenas al frío helador y a lo dura que tiene que ser su cama. Regresamos.

La colonia de focas

Antes hemos mantenido una polémica sobre si el camping estaba abierto o no. Es cierto que había allí varios vehículos estacionados, pero se encontraban en lo que, en mi opinión, es más bien el aparcamiento del observatorio, mientras que la pradera adyacente (cuya entrada se halla bloqueada, a modo de barrera, por un tronco) parece ser el camping en sí, sin signo alguno de ocupación. Aunque tampoco se ve ningún cartel que diga si se halla abierto o cerrado. En estas estamos cuando oímos dos estampidos. Miramos con asombro por la ventana, tratando de dar con el origen del ruido, y como a treinta metros vemos a un tipo, escopeta en mano, que empuja con el pie el cadáver de una gaviota hasta arrojarla por el acantilado. No contento con ello, a continuación se queda al acecho en el quicio de la puerta. Antes nos han entrado unas chicas que querían hacernos una encuesta, pero declinamos el ofrecimiento debido a urgencias mingitorias. Ahora Bego se baja de la auto para responderles y, ya de paso, comentar el incidente. Las encuestadoras deben de ser de la zona, porque no les parece en absoluto censurable ni alarmante lo que ha hecho el hombre: al parecer las gaviotas atacan a los chicken, y el dueño adopta contramedidas. Entonces comprendo de golpe que Islandia no es solo los paisajes agrestes e idílicos, sino también la barbarie y la brutalidad del hombre contra el medio.

Según las amables (aunque poco sensibles) encuestadoras, 25 kilómetros al sur se encuentra la localidad de Hvammstangi, donde hay un camping divino de la muerte. Les hacemos caso, aunque solo sea para alejarnos del matapájaros. El parque de campismo, como dicen los portugueses, se halla a las afueras del pueblo, tierra adentro, y consiste en una pradera cercana al cementerio. Los parroquianos son fundamentalmente locales, con sus todoterrenos y sus caravanas largas como un autobús. Buscamos la recepción, pero la encontramos cerrada.

Mientras cenamos, asistimos a un naranjísimo atardecer, uno de los más extraordinarios que hemos visto nunca.

Camping de Hvammstangi


Kilómetros recorridos

Parcial: 254 km.

Total: 1.670 km.


    Día 10                                        Inicio                                Día 12

viernes, 3 de marzo de 2023

Día 10

 17 de julio

Reemprendemos camino bordeando el lago Mývatn, ahora por el oeste. El tiempo se tuerce de nuevo y comienza a llover, de manera que la primera visita, a la cascada Goðafoss, toca hacerla pasada por agua. Goðafoss se traduce por Cascada de los dioses. Ya llevamos vistas muchas, pero me doy cuenta de que en Islandia cada una es diferente.

Goðafoss
Goðafoss

Desde la catarata vamos hasta Akureyri, que con sus 19.000 habitantes es el cuarto núcleo más poblado del país. Para llegar existen dos opciones: la antigua carretera, que da un rodeo considerable, y el nuevo túnel de peaje. Esta mañana he efectuado el pago por Internet ya que tenemos una cita 43 kilómetros más allá, en Dalvík, que no nos podemos perder: un avistamiento de ballenas. Cruzamos Akureyri en un visto y seguimos hacia el norte. Por fin llegamos al Artic Sea Tour. El establecimiento tiene pinta de gasolinera. Como además no se ve un alma, tememos habernos equivocado. Pero no, es allí. Mientras va llegando la gente, tenemos tiempo de prepararnos unos sándwichs. Al final somos un grupo de unas veinte personas. Llama mucho la atención una familia francesa que comporta de forma acaparadora y prepotente. La verdad es que los gabachos con los que nos estamos encontrando en este viaje no dejan en muy buen lugar a su país. Y luego en casa presumiendo de modositos.

Akureyri

Nos equipan a todos (con la venia de los del país de la liberté) con unos trajes idénticos a los de la laguna de Jökulsárlón, solo que muchísimo más gastados: conjeturamos si no serán los que desechan las tripulaciones de los pesqueros locales (la sospecha se acentúa porque carecen de tallas pequeñas: a una señora muy bajita la embuten en uno tan grande que parece un saco de patatas. Y al que le dan a mi hijo no le cierra la bocamanga por falta de velcro. Intentamos que le den otro, pero ellos lo solucionan con... una goma elástica.

Camino del barco, formamos un grupo muy cómico de muñecos Michelín pintados de rojo. Los coches locales ralentizan y nos ceden el paso, deben de pasárselo bomba a cuenta de los guiris.

El barco es antiguo, de madera, muy bonito. Conforme salimos veo otros cuantos atracados pero enormes y de acero. Todos tienen una quilla protuberante, como si fueran rompehielos.

Eyjafjörður
Eyjafjörður

Navegamos por el Eyjafjörður, y nos dirigimos hacia el norte. Hace un frío que pela. No en el cuerpo, gracias a la protección, pero sí en cara, manos y pies, y eso que traemos botas de montaña. Durante un buen rato no divisamos ballena alguna, aunque la cimas nevadas envueltas en la neblina compensan. Cuando por fin damos con una la seguimos a una distancia respetuosa. Cuesta un poco, porque después de coger aire se sumergen durante siete u ocho minutos. Todo el mundo se precipita a sacarle fotos. Yo no lo intento, porque para obtener algo que valga la pena hace falta un teleobjetivo, y he dejado la Nikon en la auto. En cambio disfruto al contemplar esa piel brillante y el chorro de aire saliendo del espiráculo. Cuando ya estamos regresando, una de ellas (o la misma) se nos cruza ante la misma proa. Es un momento mágico y efímero.

Isla de Hrísey

Tras circunvalar la isla de Hrísey, regresamos a puerto. De camino, la tripulación nos ofrece chocolate caliente con pastas.

De nuevo en el Artic Sea Tours, nos despojamos de nuestros ruinosos aunque efectivos trajes y de nos quedamos solos otra vez. Toca resolver ahora un problema -parafraseando a M. Rajoy- no menor, sino mayor: el nivel de aceite del motor ha bajado de forma alarmante. Ni siquiera nos habríamos fijado en ello de no ser porque el verano pasado alquilamos una autocaravana de otra marca, pero con idéntico motor, y en el concesionario nos dejaron una botella de un litro para ir reponiendo. Aquí no solo no nos han dado nada, sino que tampoco nos han advertido. Llamamos a la central en Keflavik: efectivamente, tenemos que comprar el aceite, y luego ellos nos lo reembolsan el importe. Ahora bien, ¿lo encontraremos por estos andurriales? Como disponen de surtidores en la puerta, preguntamos en el Artic Sea Tours, y entonces comprendemos que en realidad el surtidor no es suyo, sino que se trata de un acuerdo que mantienen con la empresa en cuestión. Buscamos la otra gasolinera del pueblo, y esta sí que es de verdad. Respuesta: disponen de aceite de motor, pero el grado de viscosidad es distinto. Nueva llamada a Keflavik: la encargada del teléfono pregunta al mecánico, que está a punto de irse a su casa. Respuesta: sí que nos vale ese aceite. Y que guardemos el ticket.

Y digo yo, ¿no podrían solucionar todo esto proporcionando una botella de litro a cada autocaravana? Pagando como pagamos, a precios de Ritz, tendremos derecho, ¿no?

Solventado el embrollo oleícola, continuamos camino y salvamos los 34 kilómetros que median hasta Siglufjörður. Ya no llueve, pero las nubes se han cerrado tanto que parece que se va a hacer de noche, aunque nunca se haga. Aquí buscamos el cámping, que se encuentra enseguida: es una explanada de cemento y césped al lado del puerto. La tomarías por un parque si no fuera porque hay vehículos vivienda aparcados. La pernocta no será agradable porque, como estamos al lado de la carretera, mientras cenamos unas pizzas tenemos que aguantar primero a los tontos del pueblo (tal vez sea solo uno, porque con 2.000 habitantes no creo que puedan permitirse muchos más) paseándose con sus bugas y luego, bien temprano, tractores y excavadoras. Este es el sitio más al norte donde pasaremos la noche. Y, francamente, me gustaría tener mejores recuerdos.

Kilómetros recorridos

Parcial: 172 km.

Total: 1.624 km.


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