sábado, 30 de septiembre de 2023

31 de julio, día 18.

Hoy no es que hayamos remoloneado excesivamente, pero para cuando queremos salir del cámping ya son las diez de la mañana, y volvemos a experimentar el estado de gracia que supone el turismo masivo: los dos aparcamientos del Johnston Canyon están llenos hasta la bandera. Cabreo máximo: hay turismos ocupando el espacio destinado a autocaravanas. Y en lo que respecta al cámping, ya podían habilitar un espacio destinado a pre o post clientes. En fin, ajo y agua. Decidimos irnos a pasar el día a Banff y volver por la tarde, cuando todos estos hayan regresado a sus hoteles. Circulamos por la antigua carretera, que va paralela al río Bow pero lejos del humo y de las prisas de la autopista.

Por el camino nos encontramos cabras salvajes, de las de los cuernos girados sobre sí mismos, en dos ocasiones. En la primera hay un coche parado en mitad de la carretera, y ya sabemos lo que eso significa. Esperamos pacientemente nuestro turno, pero un tipo con autocaravana no puede resistirse e intenta saltarse su turno adelantándonos a nosotros y al primer vehículo. Resultado: las cabras se asustan y salen huyendo. Eso por ansia.


La segunda vez nos topamos con el rebaño al salir de una curva. Están en la cuneta, comiendo no sé qué porque allí no hay ni una brizna de hierba. Es relajante su tranquilidad y su ausencia de temor.

Al llegar a Banff, vuelta al agobio: no encontramos aparcamiento, ni siquiera en el lugar habilitado para autos, que es la estación de tren. Decidimos investigar por nuestra cuenta y damos con muchísimo sitio en The Fenlands Banff Recreation Centre, casi enfrente de donde empieza un sendero circular por zona pantanosa. Nuestra idea era prolongarlo hasta los Vermilion Lakes, pero hay que caminar por una antipática carretera a pleno sol, de modo que al cabo de un rato nos damos la vuelta.

Vermilion Lakes

Fenland Trailhead

De regreso a la auto nos encontramos con un montón de turistas asiáticos haciendo cola... para hacerse una foto junto a las letras en 3D de Banff. Ver para creer.

Tras la comida y el repostaje de gasolina (ahora sí, a precios de Alberta), vamos a echar un vistazo al cámping, por si regresamos tarde. Nuestro alojamiento para las tres próximas noches es el Tunnel Mountain Village I Campground, uno de las tres enormes instalaciones de este tipo que hay en Banff, a su vez dividido en diez secciones con forma de parrilla.

 Confieso que esto del Tunnel Mountain me tenía intrigado, ya que por más que examinaba el mapa no encontraba ningún túnel (el pueblo Stoney llamaba a esta elevación Búfalo Durmiente, por su forma). Hasta que, ya de vuelta en casa, Wikipedia desentrañó el misterio: resulta que en 1882, cuando los trabajos topográficos previos a la construcción del ferrocarril, el ingeniero al cargo sugirió la construcción de un túnel que atravesara la montaña. Finalmente, la idea se descartó por cara y poco práctica y se eligió otro trazado, pero el nombre permaneció.

Una vez realizado el check-in y localizada la parcela, nos vamos para el Mount Norquay Lookout, al que se asciende a través de una zizagueante carretera. Desde aquí, las vistas de Banff y las montañas circundantes son, en verdad, impresionantes.

Mount Norquay Lookout

A continuación, y ahora sí, regresamos al Johnston Canyon, adonde llegamos sobre las seis de la tarde. Como era de esperar, el aparcamiento se halla prácticamente vacío de las hordas turísticas que lo ocupaban esta mañana. La ruta se puede hacer bien hasta las Lower Falls (1,6 kilómetros) o hasta las Upper Falls (5 kilómetros), en ambos casos ida y vuelta). Elegimos subir hasta las segundas, porque tanto la distancia como el desnivel (150 metros) nos parecen asequibles. El sistema de pasarelas me recuerda al del Wolfsklamm, en el Tirol austríaco. Llegamos a las Lower Falls y prácticamente hay que guardar cola para sacarse una foto. Me pregunto cómo sería esta mañana.


Camino de las Lower Falls

Upper Falls

Últimos rayos en las Upper Falls

Seguimos hasta las Upper. Por el camino vamos coincidiendo con una pareja y sus tres hijos pequeños. Evidentemente son amerindios o, como dicen por aquí, gente de las Primeras Naciones. Cuando les saludamos, la mujer se muestra agradablemente sorprendida: tal vez no estén acostumbrados a que los turistas blancos les digan nada. Por otro lado, y aunque jóvenes, llama la atención su terrible obesidad. Trato de imaginarme su nada fácil existencia, confinados en la reserva, extraños en la tierra que un día fue suya, malviviendo con las ayudas del Gobierno y sin expectativas ni proyectos de futuro. En esas condiciones, ¿cómo extrañarse de que la pésima alimentación, el alcoholismo y la desesperación hagan presa en ellos?


Distancia parcial: 110 kilómetros.

Distancia total: 3.559 kilómetros.


Día 17                                        Inicio                                 Día 19




miércoles, 27 de septiembre de 2023

 30 de julio, día 17.

Noche horrísona por culpa de los trenes que pasan al otro lado del río. Espeluznantes chirridos metálicos en los frenos de estos interminables convoyes. Ahora comprendo el cartel que vimos a la entrada de un cámping. Entre las bondades enumeradas figuraba la de No trains!

American Dream

Tal vez por eso esta mañana nos ha costado salir de la cama, y para cuando hemos estado visibles, nuestros vecinos ya se habían marchado, lo cual da un poco de pena. Una vez listos, nos vamos hasta un Save-On-Foods, que es la cadena de súpers a la que finalmente hemos tomado cariño (como su nombre indica, se centran casi exclusivamente en alimentación, y son por tanto más manejables que las grandes superficies). Allí compro una bolsa de cerezas canadienses, que han sido otra de las sorpresas del viaje y que, dicho sea de paso, están riquísimas.

Cerezas canadienses

El liquor store de al lado del super cierra los domingos, de modo que me voy dando un paseo hasta el más cercano. La vendedora es una mujer de mediana edad muy amable. A la vuelta y con la idea de atajar cruzo por medio de una urbanización, y la sensación de hallarme dentro de una película es total: casitas estándar como salidas de los Simpson, césped y árboles en el jardín delantero (sin vallar). Otra mujer, esta con tres chicos y un perro, pasa a mi lado y me saluda, como si fuera uno más de la comunidad. En España me ignoraría o me miraría con desconfianza, sopesando si soy el ladrón que se propone desvalijarles la casa.

Ayer, a la entrada de Golden, encontramos avisos de que la Highway 1 de aquí a Lake Louise se encuentra cortada por obras. Después averiguamos que dichos cortes tienen lugar de lunes a viernes y hoy es sábado, pero ya hemos pensado en alargar el viaje hasta Radium Hot Springs y remojarnos en su balneario. Para ello tomamos la carretera 95, que sigue el curso del río Columbia, el cual forma una llanura aluvial de más de un centenar de kilómetros. Pocos coches, pueblos diminutos y granjas aisladas. El río se expande en múltiples brazos, lagunas y meandros, y mi felicidad llega al máximo cuando encuentro un lugar donde poder despegar y grabarlo. No sopla viento, luce el sol y, que se sepa, aquí no está prohibido. Las tomas cenitales de las lagunas, tapizadas de plantas acuáticas, parecen la versión canadiense el Delta del Okavango.

Por fin llegamos al balneario, que se encuentra cruzando el pueblo a la izquierda. Lo malo es que hace bastante calor, y como la piscina de agua fría se encuentra en obras, en la caliente al sol no hay quien aguante. Es verdad que hay una especie de jacuzzi de agua helada, pero el contraste entre una y otra agua es incluso doloroso.

Kootenay Valley

Después de comer continuamos por la carretera 93, denominada también Banff-Windermere Highway, que asciende hasta el valle de Kootenay. Durante el descenso nos alcanza una tormenta. Apenas llueve, pero el viento lateral es tan fuerte que no me queda más remedio que circular a 70-80 kilómetros por hora. Algunos, al adelantarme, hacen sonar su claxon indignados. Pero bueno, qué pretenden, que me eche a la cuneta para que ellos puedan correr?

Numa Creek

Numa Creek

Nos detenemos en un área de descanso con la esperanza de que amaine el viento, y al salir toca hacer maniobras debido a un árbol que se ha desplomado sobre el camino. Después hacemos dos paradas más: la primera, en Numa Creek para admirar los rápidos del río Kootenay. La segunda es un corto paseo a pie por el Marble Canyon, profundo y retorcido, que se puede contemplar desde infinidad de puentes. Las laderas cercanas presentan las cicatrices de un pavoroso incendio.

Con lo cerca que estamos de Banff, es posible que a lo largo del día sean muchas las personas que visitan este lugar, pero a estas horas no hay prácticamente nadie. Es verdad que con tan poca luz las fotos desmerecen bastante, pero a cambio te llevas el regalo de la paz y la tranquilidad del sitio.

25 kilómetros después y tras un fuerte descenso llegamos a territorio conocido: Castle Junction y por último a nuestro destino, el camping del Johnston Canyon. Encontramos la parcela reservada con facilidad. Como estamos de nuevo en Alberta, aquí todo el mundo tiene encendida su fogata, aunque no tenemos claro si la finalidad es preparar la cena o espantar a los numerosos y ferocísimos mosquitos.


Distancia parcial: 225 kilómetros.

Distancia total: 3.449 kilómetros.


Día 16                                        Inicio                                 Día 18



martes, 19 de septiembre de 2023

29 de julio, día 16.

Anoche al llegar al camping pensé en la posibilidad de llenar y vaciar, aun a sabiendas de lo difícil que es localizar en total oscuridad las infraestructuras dedicadas a tal fin. Por eso, cuál no sería mi sorpresa al descubrir que cada parcela no solo dispone de grifo y toma eléctrica, sino que también cuenta con desagüe. La bomba, vamos. Pese a que se percibe que la mayoría de los clientes son habituales y resaltamos un poco, nos vamos con pena.

Por Salmon Arm vuelve a aparecer de nuevo la Highway 1, que ya dábamos por perdida y que desde Kamloops exhibe un incomprensible trazado de lombriz. Hoy no la abandonaremos durante todo el día, hasta Golden.

El lugar del accidente

Esta mañana pensábamos parar en Revelstoke para dar una vuelta, pero el atasco provocado por un accidente nos hace perder más de una hora y decidimos remontar el Illecillewaet River hasta la entrada del Skunk Cabbage Trail (¡sendero del repollo apestoso!). La ruta está bloqueada a medio camino, y toca darse la vuelta. Como en este lugar no hay apenas sombra, nos movemos un par de kilómetros más allá hasta el aparcamiento de los cedros gigantes. Aquí sí encontramos refugio, pero curiosamente el sendero hasta los árboles lleva por lo menos un año cerrado. Una pena. ¿De verdad que no hay en esto una voluntad deliberada?

Illecillewaet River

Subiendo el Roger Pass

Tras comer, continuamos subiendo hasta el Roger Pass, que al parecer es lugar muy importante para la mitología colonizadora. A partir de aquí comienza el descenso. 10 kilómetros más allá está la entrada a las Bear Creek Falls, cuyo acceso es una escalinata en descenso interminable. La cascada no es muy grande, pero cae con furia y levanta tal neblina que de nuevo parece que nos encontrásemos en el corazón de la América salvaje. No debemos de ser los únicos en pensar eso, porque al regreso nos encontramos con un grupo de apariencia extraña que portan un aparato de música, deduzco que para espantar a los osos. Tras ellos vienen tres chicas que dicen ser alemanas. Quieren saber si hay osos por la zona, pero no porque los teman sino porque quieren verlos (!). Le hacemos ver a una que sus sandalias son poco apropiadas para el terreno húmedo y resbaladizo que les espera más adelante. Se dan la vuelta, supongo que para cambiarse de calzado, pero para nuestra sorpresa se montan en un coche y se marchan.

Bajando a la Bear Creek

Poderosa Bear Creek

Continuamos el descenso y nos encontramos con unas aguas turquesas que pertenecen -ahora mismo no lo sabemos- al río Columbia. Finalmente llegamos a Golden, y nos vamos derechos al camping municipal, donde nos aguarda una parcela a nuestro nombre. Quise reservar una de las del fondo por hallarse arboladas y, en mi opinión, menos a la vindicta, pero al parecer son para residentes estables y no para nómadas de una sola noche. Así que nos toca enfrente del instituto. Junto a este hay una autocaravana tripulada por dos mujeres que, evidentemente, no han conseguido plaza y se han acogido a la caridad pública.

Atardecer del río Columbia

Mientras instalo los servicios de luz y agua, un perro de la parcela vecina (aquí no estamos tan separados) empieza a ladrarme desaforadamente. Sus amos, una pareja, intentan sin éxito hacerle callar, y esto le sirve a Bego de excusa para pegar la hebra, a la que posteriormente y con gusto me sumo yo. Resulta que, como nosotros, ambos son trabajadores del Estado (por cierto que no deben pagar aquí muy bien, si comparamos su modesta caravana con las que vemos todos los días). También, como nosotros, tienen un hijo de doce años. Nos sentimos mutuamente reconfortados al hablar de las dificultades de criar a un hijo único. Hacen salir al suyo de la caravana, los presentamos y (vergüenzísimo absoluto) les obligamos a darse un paseo. Resulta que tienen aficiones en común, como por ejemplo todas las banderas del mundo mundial. La madre nos cuenta que al suyo lo han diagnosticado como TDAH, pero nosotros sabemos que esa etiqueta tan socorrida enmascara todo tipo de realidades. Les preguntamos si en la enseñanza pública canadiense realizan cribados de altas capacidades y, oh sorpresa, responden que no.

El padre trabaja de guarda forestal, así que hablamos de incendios y de osos. Sobre los primeros nos dice que, al ser este un año extremadamente seco, en mayo ya estaban ardiendo zonas que por esas fechas suelen hallarse cubiertas de nieve; y que, según los expertos, es posible que el fuego sobreviva durante todo el invierno refugiado en el subsuelo. Respecto a los segundos, por lo visto todos los años hay en Canadá al menos cuatro o cinco incidentes graves. También nos cuenta alguna de sus experiencias con los plantígrados, como por ejemplo cuando uno le robó el bocata. O el día que otro cargó contra él pero solo fue un amago, porque tras empujarle, se marchó corriendo.


Distancia parcial: 250 kilómetros.

Distancia total: 3224 kilómetros.


Día 15                                        Inicio                                      Día 17



28 de julio, día 15.

Uno de los aspectos que más perturba de Canadá es su descomunal tamaño: una cosa es saber que se trata del segundo país más grande de la Tierra, unas veinte veces España, y otra muy distinta pasarte un montón de horas al volante para luego descubrir en relación al mapa te has movido una insignificancia. Lo cierto es que así se siente uno muy pequeño.

Como no vino nadie a cobrar anoche, ni tampoco esta mañana, nos vamos muy contentos.

La carretera vira hacia el norte a partir de Keremeos. Nos despedimos definitivamente del Similkameen, y a partir de Penticton y del Skaha Lake entramos en un paisaje más seco, de colinas redondeadas y menos arbolado. Al parecer aquí se cultiva el viñedo (sobre la calidad de los vinos canadienses no podemos aportar información, ya que no los probamos en todo el viaje). Impresionan los más de cien kilómetros del lago Okanagan, el cual bordeamos por su orilla oeste hasta Kelowna, donde cruzamos no sin antes parar en el súper.

Cruzando el lago Okanagan

Es esta una pequeña pero floreciente ciudad; la carretera la cruza por todo el centro, de modo que no es posible evitar el correspondiente atasco. Resulta que dos semanas después de nuestro regreso hubo aquí un incendio tan devastador que las llamas cruzaron en un punto donde el lago mide dos kilómetros de ancho. Entre unas cosas y otras, ya va haciendo hambre. Hemos localizado un área de día en Kalamalka Lake, paralelo al Okanagan pero de solo 16 kilómetros de largo. La verdad es que se trata de un sitio muy privado y muy local. 

Gansos en Kalamalka Lake

El aparcamiento no es muy grande, pero entramos con el desparpajo que nos dan quince días de conducción. Hoy pasamos de los 30 grados, así que después de comer decidimos darnos un baño. Luego saco el dron y, tras buscar un lugar de despegue discreto, doy unas pasadas. La verdad es que este lugar sí que no corresponde en absoluto con la idea que uno tiene de este país: gente bañándose, tablas de paddle surf, esquí acuático... Más que Canadá esto parece la Riviera francesa o Torremolinos. 

Por cierto que hoy me toca un susto de muerte, porque cuando vuelvo con el dron echo de menos la riñonera plana que habitualmente llevo atada a la cintura. Por más que busco y rebusco por toda la auto, no la encuentro. Incluso vuelvo al lugar de despegue, por si se me hubiera caído allí. Me dan sudores fríos mientras evalúo la catástrofe: carnet de conducir, dinero en efectivo, tarjetas de crédito (todas no, que las llevo repartidas). Me voy a buscar a mi familia a la zona de baño, rogando al cielo para que sepan algo. Aleluya: Bego la vio encima de un sofá y la recogió, pero en vez de dejarla donde suelo guardar mis cosas la puso entre las suyas, donde jamás miro. Me acuerdo entonces de cuando en Islandia se me cayó la cartera dentro de la auto en un intersticio tan angosto que nos las vimos y nos las deseamos para sacarla. Menos mal que en ambas ocasiones todo acabó bien.

Cuando baja un poco el sol nos ponemos en camino hacia Salmon Arm. Hay que desviarse unos kilómetros de la ruta, pero lo hacemos porque a) no es zona protegida y se puede volar el dron, y b) porque existe un parque recomendado para dormir. Tras 74 kilómetros llegamos a destino. Este lago tiene la particularidad de que el nivel del agua asciende o desciende dependiendo del año, y como ahora estamos en sequía, pues se encuentra considerablemente bajo. Para compensar los cambios de nivel han construido un espigón de madera como los que se ven en las películas que termina en un muelle flotante. En cuanto a los mosquitos, su número es directamente proporcional a la cantidad de ciénagas que hay por la zona, y no me queda más remedio que volver a la auto a por el repelente olvidado si es que quiero pilotar en paz.

Salmon Arm

Salmon Arm

Salmon Arm

La puesta de sol es bellísima. De vuelta a la auto, tenemos el mismo dilema que ayer: no hay ningún otro vehículo vivienda. ¿Nos quedamos o no? Hemos decidido hacernos los valientes cuando oímos gritos desaforados en la calle de al lado. Decidimos ignorarlos, pero un momento después se trasladan al aparcamiento. Miramos por la ventana: se trata de un energúmeno con pinta de hallarse colocado. Le acompaña una chica. Si nos hubiera pillado de novatos nos habríamos quedado con la esperanza de que se fueran, pero años de pernoctas fallidas te acaban curtiendo, y como gracias a la app deWikicamps tenemos los teléfonos de (casi) todos los campings de Canadá, llamamos al Salmon Arm Camping Resort, que es el más próximo y, pese a ser ya casi de noche, aún disponen de algún sitio libre. Por teléfono son muy amables. Sin embargo, cuando llegamos nos recibe tal jolgorio, música en directo incluida, que nos preguntamos si no habríamos hecho mejor quedarnos a dormir en compañía del gamberro. Pero esto es Canadá, y a las diez de la noche se acaba la música y cada mochuelo a su olivo.


Distancia parcial: 269 kilómetros.

Distancia total: 2.974 kilómetros.


Día 14                                      Inicio                                Día 16



 27 de julio, día 14.

Amanecemos enteros, pero con bastantes ganas de salir de aquí. Tras no mucho callejear nos incorporamos a la Highway 1 y su densísimo tráfico, tanto que al cabo de un rato y sin querer nos colocamos en un carril de salida que nos expulsa de la autopista. Constatamos, para desolación nuestra, que no hay forma inmediata de reincorporarse, de modo que toca deambular por las estrechas vías de una urbanización hasta que por fin el navegador nos dirige hacia el rumbo correcto. Cruzamos el ya conocido río Fraser y dejamos a un lado Langley, ciudad homónima de la que se encuentra en Virginia y que es famosa por albergar la sede de la CIA.

A poco más de 70 kilómetros del lugar de pernocta tenemos un punto de llenado y vaciado, y como desde la dirección que llevamos no hay acceso, toca recorrer cinco kilómetros hasta la primera salida más luego otros cinco hacia atrás. Se trata de un área de descanso bastante amplia. Al contar con desagüe y agua corriente, hay caravanas instaladas de forma permanente. Y cuando digo permanente no me refiero a que estén pasando aquí dos semanas de vacaciones. Al igual que en la calle Hastings y los alrededores del Walmart, el Canadá de la marginación enseña sus dientes aquí. Un hombre mayor, que viaja solo con su perro, ha colocado un colchón en la parte de atrás de su vehículo, exactamente como lo llevaba yo con 25 años. Dicha visión me produce ternura y tristeza a partes iguales.

Ya hemos dicho que a la altura del área no existe cambio de sentido, por eso toca seguir camino de Vancouver otros siete kilómetros, más otros doce de regreso. En total, 26 kilómetros para cambiar el agua. Algo excesivo, ¿no?

Seguimos Transcanadian adelante. A la altura de Abbotsford pasamos a solo tres kilómetros de la rectilínea frontera estadounidense. Luego, al llegar a Hope, nos desviamos por la carretera 3. Bien es cierto que, si mantuviéramos el rumbo norte, en apenas 200 kilómetros nos plantaríamos en Kamloops y retomaríamos la ruta por la que vinimos. Pero eso es justo lo que no queremos, por aquello de que la línea recta no suele ser el camino más interesante. Además, así nos libramos del intenso tráfico, especialmente de los monstruosos camiones que nos adelantan pese a que circulamos a 100-110 kilómetros por hora. El paisaje cambia para bien, y se vuelve arbolado y montañoso.

Va acercándose la hora de comer, así que nos desviamos hasta el Lightning Lake que, como veremos, enseguida hará honor a su nombre. En este sitio, viven muchas ardillas, tan grandes y orondas que parecen suricatos He visto fotos de algunas tan cerca que parecen sacadas con un potente teleobjetivo... Pero no: son ellas las que se acercan, curiosean e incluso se dejan tocar. Por todos sitios se ven carteles que insisten en que no des de comer a la fauna salvaje, pero teniendo en cuenta dónde están sus madrigueras, justo debajo del merendero, parece misión imposible. De hecho, te miran inquisitivamente, como aquel que sabe perfectamente lo que quiere.



La confraternización humano-ardillesca se ve súbitamente interrumpida por un abundante chaparrón. Nosotros al menos tenemos donde refugiarnos, no así algunos grupos de senderistas que pasan al lado de nuestra auto calados como sopas. El parking, que estaba lleno de familias comiendo y practicando piragüismo, poco a poco se vacía. Qué buen sitio para pasar el resto de la tarde y dormir. Pero, amén de prohibido, aún quedan kilómetros por delante.

Pasamos junto a una enorme mina a cielo abierto llamada Copper Mountain. Luego llegamos a Princeton (hoy la va cosa de nombres ilustres). Tenemos referencias de un lugar de pernocta a la salida del pueblo y al otro lado del río, pero nos da pereza ir a investigar. Optamos por seguir bordeando el río Similkameen, que nos acompaña desde el lago de las ardillas. Está oscureciendo, y un tráfico velocísimo, salido de no sabemos dónde, nos aturulla y sobrepasa. Finalmente llegamos al sitio designado, esto es, el cruce de la carretera 3 con la antigua de Hedley pero aquí, aparte de que no hay un alma, se encuentra demasiado a la vista de la carretera. Retrocedemos por la secundaria con la esperanza de dar con algún apartadero y, para sorpresa nuestra, lo que nos encontramos es el Old Hedley Road East Recreation Site, camping gestionado por el parque regional. Entramos y preguntamos a una mujer, la cual nos dice que cuesta diez dólares la noche, pero que es obligatorio situarse en una de las parcelas marcadas. Como las que están a la vista se encuentran todas ocupadas, nos vamos a dar una vuelta a pie pese a la lluvia y felizmente encontramos una libre entre los árboles del otro lado de la carretera. Bego se queda custodiando mientras yo vuelvo corriendo a por la auto. Al final ha habido suerte.


Distancia parcial: 353 kilómetros.

Distancia total: 2.705 kilómetros.


Día 13                                   Inicio                                         Día 15




lunes, 11 de septiembre de 2023

26 de julio, día 13.

Escarmentados por las tres horas que tuvimos que esperar para el primer ferry, arrancamos lo más rápido posible. Sin embargo, y para alegría nuestra, nos meten en el barco nada más llegar. Ello, unido a que la vuelta a la isla ha hecho que nuestra autocaravana mengue (nos han cobrado 25 pies, frente a los 26 de ida), influye para que nos embarquemos de mejor humor.

El misterioso caso de la autocaravana menguante

Desembarcamos sin novedad y nos vamos hacia Vancouver que, como ya dije, no parece una ciudad donde se pueda estacionar fácilmente. Tras mucho estudiar el mapa, decido probar en Ambleside Park, una zona deportiva y esparcimiento situada en la orilla norte de la bahía. Al principio, como siempre, parece que no hay donde ponerse, pero encontramos hueco al fondo.

Ambleside Park

Tras comer, nos vamos para el centro en transporte público, que en Vancouver parece muy bien organizado: la parada de autobús cae cerca, y el billete se puede abonar directamente con una tarjeta bancaria contactless. Niños no pagan.


Millenium Gate



Cruzamos el Lions Gate Bridge y a continuación el Stanley Park, tan grande que ocupa todo el extremo de la península. Nos adentramos en la ciudad, similar a Manhattan en su feroz ortogonalidad. Tenía ganas de echar un vistazo de cerca a los rascacielos, pero no hace falta que los busque porque desfilan ante nuestros ojos a través de los cristales del bus. Nos apeamos en el centro y vamos en busca de la Millennium Gate, que es la entrada al barrio chino. Se ve poca gente por la calle, como si esto fuera España a la hora de la siesta. Entonces vemos un cuerpo tendido en la acera, todo trasudado en miseria, y a su lado una jeringuilla delatora. Tan solo unos metros más allá encontramos otros dos, un hombre y una mujer jóvenes. De repente es como si estuviéramos inmersos en una película de zombies: docenas y docenas de personas tiradas por el suelo o tumbadas contra las paredes, rebuscando en la basura, trapicheando, caminando como alienados o empujando carros de la compra y maletas repletos de inmundicia... Los escasos transeúntes miran al suelo y aceleran el paso. En una situación así, lo mejor es hacerse el sueco y tratar de salir del agujero negro haciendo caso omiso de las miradas turbias y de los ofrecimientos para comprar droga. El dantesco carnaval cuyo epicentro es la calle Hastings continúa durante un par de manzanas: menos mal que es pleno día, y que no se nos ocurre ni por asomo apartarnos de las calles principales. Estamos ya saliendo del abismo cuando nos cruzamos con dos familias con niños que van muy alegres, hablando español. Me vuelvo justo en el momento en que perciben la frontera interdimensional y giran al unísono, como impulsados por un mecanismo. De repente han reparado en un bar que les parece muy atractivo, y se meten en él de cabeza.

Hastings Street. Fuente: Vancouver News

Cuando queremos darnos cuenta la zona zombie queda atrás, y ya estamos en una ciudad normal, con sus negocios, sus turistas, sus terrazas de verano... Y lo vivido hace apenas unos minutos es como si lo hubiéramos soñado. Un artículo el El Confidencial de hace cinco años, titulado Muerte en el centro de Vancouver: así cayó en la droga la mejor ciudad de Norteamérica,  explica la crisis del fentanilo y otros opioides sintéticos (cincuenta veces más potentes que la heroína), que en Estados Unidos ha adquirido dimensiones de epidemia y está matando a decenas de miles de personas cada año, como prueba palpable de que el American Dream a lo mejor no lo es tanto.

A doscientos metros de la calle Hastings se encuentra el Gastown Steam Clock, un reloj de vapor que hace sonar sus silbatos cada quince minutos, y aquí los turistas nos entregamos al comparativamente inofensivo vicio de sacar fotos y vídeos o comprar helados y recuerdos en la tienda de al lado. Después iniciamos el camino de regreso a pie y nos arrimamos a la costa para admirar Canada Place, un híbrido entre terminal de cruceros y palacio de congresos con apariencia de barco. La verdad es que el Waterfront -palabra siempre me ha parecido bellísima- de Vancouver es de lo más entretenido. Desde aquí vemos cómo despegan los hidroaviones que te dan un paseo sobre la ciudad (habíamos reservado plaza en uno, pero lo cambiamos por la isla). Por aquí todo está lleno de obras de arte, paneles y placas conmemorativas. Llaman la atención elementos tan variopintos como una escultura móvil erigida en memoria de los trabajadores muertos por inhalación de amianto. O una fotografía histórica de grandes dimensiones en la que aparece un grupo de sikhs (en Canadá vive la segunda comunidad más grande del mundo, después de la India).

Viejo y nuevo

¿Un paseo en hidroavión?


Canada Place

Puerto de Vancouver

Cuando nos cansamos de andar, buscamos una parada de autobús que nos devuelva a la autocaravana. Cruzamos de nuevo el Stanley Park (aquí se encuentran el acuario y una colección de tótems, pero me temo que quedarán pendientes).

El lugar donde hemos aparcado sería genial para dormir, pero imaginamos que estará prohibidísimo. Pasamos junto al Capilano River RV Park, pero ni preguntamos: primero porque es diminuto, y segundo porque se encuentra pegado a la autopista. Cruzamos bajo el ya célebre Lions Gate Bridge. A la izquierda dejamos la Capilano Indian Reserve No. 5 que es, como su nombre indica, una reserva india, solo que en zona urbana. Aquí viven los X̱wemelch'stn, un grupo étnico perteneciente a la nación Squamish. A la entrada hay carteles que prohíben el acceso, y por no dejar no han dejado entrar ni al coche de Street View. No es la única rareza territorial de la zona: al sur de Vancouver se encuentra Point Roberts, que es lo que se denomina un exclave (pequeña porción de un país situado fuera del territorio principal) con 12 kilómetros cuadrados y 1.200 habitantes que pertenece a Estados Unidos Y todo por no desviar un pelín la línea fronteriza que sigue el paralelo 49. A lo largo de los años, como pasaba en su día entre España y Portugal, ha constituido una frontera de conveniencia, y los habitantes de uno y otro lado cruzan para comprar cuando la cotización de las respectivas monedas lo hace interesante. Muchos canadienses, además, visitaban sus bares y clubes nocturnos los domingos, hasta que se legalizó el consumo de alcohol durante ese día en Columbia Británica en 1986.

La frontera en sí es bien curiosa: pese a que muchos de los patios traseros de las casas canadienses tienen puertas que se abren a la parte estadounidense, existe un cartel bastante maltratado que admonitoriamente recuerda:

WARNING!

If you are entering the United States without presenting yourself to al Inmigration Officer, YOU MAY BE ARRESTED AND PROSECUTED for violation U.S. Inmigration and Custom Laws.


Vancouver desde Harbourside Drive

Pero nosotros íbamos buscando un lugar de pernocta en el norte de la bahía. En primer lugar nos dirigimos hacia una zona de terrenos vacíos en Harbourside Drive, pero dichos solares se hallan en proceso de transformarse en edificios, y el lugar donde aparcaban las autos se encuentra vallada. La opción B la constituyen las calles adyacentes al Walmart cercano, y nada más llegar comprendemos por qué alguna gente comentaba que se había marchado “por no sentirse seguros”. Porque autocaravanas haberlas haylas, pero la inmensa mayoría viejas y ruinosas, con la suficiente porquería debajo como para colegir que no se han movido en siglos. Contrasta la nuestra, nueva y flamante, con toda esa chatarra antediluviana y, aunque da un poco de miedo, ya es tarde para salir de Vancouver en busca de otra cosa. Habrá que afrontar la segunda situación distópica del día. Aunque hay bastante tránsito, nadie nos molesta durante la noche, lo que no impide que durmamos con un ojo abierto.


Distancia parcial: 105 kilómetros.

Distancia total: 2.352 kilómetros.


Día 12                                    Inicio                                    Día 14



sábado, 9 de septiembre de 2023

25 de julio, día 12.

Ayer se cumplieron once días desde que salimos con la auto, y quedan otros once: es lo que comúnmente se llama el ecuador del viaje. Y, sinceramente, como ecuador no está nada mal esto de despertarse en la orilla occidental de América del Norte. Antes incluso de desayunar saco el vehículo del camino y me voy hasta un mirador junto a la carretera, donde han dormido otras dos autos. Aquí, a pie de Pacífico, tranquilidad y silencio. Los lugareños más madrugadores pasan a recoger la correspondencia del bloque de los buzones. Enfrente, a unos 20 kilómetros, se encuentra la costa de Estados Unidos, apenas entrevista por la lluvia. Si tuviera que elegir un solo momento del viaje entre los muchos gloriosos, sería este.


Justo al lado desemboca un río llamado Jordán. Choca un nombre de resonancias tan bíblicas que, como no podía ser de otro modo, lo pusieron unos exploradores españoles. Junto al cartel de prohibido fumar hay otro que advierte que existe una presa aguas arriba y, como nos encontramos en zona inundable, en caso de terremoto es prioritario salir de aquí por patas. Es lo que hacemos después del desayuno, aunque con menos prisas.

Seguimos por la carretera 14, la que traíamos ayer y única de la zona. La lluvia no cesa y la exuberante vegetación casi cierra la carretera. Encontramos alguna obra pero muy pocos coches. La espesura, la soledad y la lluvia nos retrotraen a Noruega o a Nueva Zelanda. Realmente aquí viajar sí que es de nuevo vivir.

Circulamos pegados a la costa hasta que cruzamos el río San Juan. A partir de aquí nos dirigimos hacia el interior por la Pacific Marine Road. todavía más desierta que la anterior, y la velocidad media es de 50 kilómetros por hora. Atravesamos varios puentes de un solo sentido. Bosque, bosque, bosque, del verde más intenso posible. Sería realmente estupendo perderse por aquí unos días y detenernos, por ejemplo, en el Fairy Lake Bonsai Tree, que sin querer nos saltamos. Sin embargo, nuestro devenir como viajeros se ve recompensado un poco más allá y prácticamente por casualidad: la señalización del Harris Creek Spruce Recreation Site me dice que debo parar a tomar un respiro. Hay un par de coches estacionados en lo que parece el inicio de una ruta de trekking, pero no: el sendero desemboca en un árbol descomunal que ni siquiera está anunciado. La verdad es que en Canadá prácticamente no hemos visto ejemplares singulares: no sé si es que no tienen, o no los valoran o, como sospecho, los ocultan de la voracidad del turismo.


Continuamos hasta la localidad de Lake Cowichan, a orillas del lago homónimo. Aquí hay una dump station, la cual aprovechamos para hacer la toilette. A partir de este punto regresamos a la civilización, a los resorts y a la carretera atestada de coches (curiosamente, hay carteles que advierten de la presencia de fauna salvaje, pero a nadie parece importarle, porque van a toda pastilla). Terminamos de cruzar la isla y subimos hasta Ladysmith, donde paramos a comer a orillas del mar. Enfrente se distinguen lo que parecen almadías o series de troncos agrupados. Salgo con el dron a ver si puedo grabar algo, pero las bruscas rachas de viento me disuaden, porque no hay cosa a la que tenga más pavor que a volar sobre el agua cuando sopla fuerte.

Continuamos hacia el norte y paramos a echar gasolina cerca de Nanaimo. La idea es ir a pasar la noche a la zona de Ucluelet o Tofino -pese a que sabemos lo cara y escasa que es la pernocta en esa zona-, con parada para comprar en Port Alberni, pero no llegamos: una obra corta la carretera y, tras media hora de espera, el ánimo de la tripulación se viene abajo: esta es la única carretera de acceso, de manera que mañana a la vuelta nos tocará otra parada interminable... Volvemos sobre nuestros pasos y buscamos un súper (y un liquor store) en Parksville. Cuando terminamos de comprar es casi de noche. Al haberse frustrado nuestro itinerario, hemos pensado en adelantar a mañana el viaje en ferry y así echar un vistazo, aunque sea pequeño, a Vancouver. No nos apetece dormir de nuevo, como el día de nuestra llegada, en el arcén, así que llamamos al Brannen Lake RV Park & Campsite, a las afueras de Nanaimo, y nos dicen que sí. Por el camino nos despistamos, y cuando llegamos ya se ha vuelto oscuro del todo. El camping parece muy agradable y familiar, pero no dispone de alumbrado, y en la maniobra para entrar en la parcela, flanqueada de enormes árboles, nos las vemos y nos las deseamos. Fin de tan ajetreado y fructífero día.


Distancia parcial: 290 kilómetros.

Distancia total: 2.247 kilómetros.


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