jueves, 24 de agosto de 2023

17 de julio, día 4. 


Ha llovido durante la noche, y al amanecer sigue encapotado. Tras desayunar, regresamos al centro de visitantes. Primero un autobús normal nos lleva hasta un lateral del glaciar, donde aparcan los monster truck. Subimos a uno de estos y, a través de una pista con una inclinación de más del 30 por ciento desembocamos unos 700 metros por encima del frente glaciar. El conductor, que es a la vez guía, además de darnos un montón de información, se esfuerza con sus bromas en crear un clima divertido, por más que nos trate como a colegiales. Bajamos del vehículo en una zona acotada y nos dan veinte minutos para sacar fotos. Aparte de eso, poco más se puede hacer, salvo admirar los picos de más de tres mil metros que gravitan sobre nuestras cabezas. Empieza a caer una fina aguanieve. El guía nos ha contado que justo ahí arriba comienza la triple divisoria de aguas: es decir, en función de donde caiga, una gota puede elegir entre ir al Pacífico, o al Ártico por el Mar de Beaufort o al Atlántico a través de la Bahía de Hudson y el Mar de Labrador.




En el camino de regreso, nuestro guía-conductor hace tan encendida defensa de la naturaleza en general y de los glaciares en particular que nos arranca aplausos. Entiendo que este hombre es un trabajador y su capacidad de decisión prácticamente nula, pero sería todo más creíble si estos enormes vehículos en lugar de motor diésel tuvieran uno eléctrico. En cuanto a los turistas, probablemente creeremos que sintiéndonos un rato mal habremos hecho lo suficiente, pero luego volveremos a nuestra vida derrochona y a nuestros coches contaminantes como si tal cosa. Y es que el clima se salva con hechos, no con palabras.


Vuelta al autobús que nos trajo, que en lugar de conducirnos al centro de visitantes nos lleva ahora a una estructura semicircular bautizada pomposamente con el nombre de Columbia Icefield Skywalk, que vuela a 150 metros sobre la garganta por la que desagua el glaciar. Su suelo de cristal no la vuelve adecuada para quien padezca de vértigo.


Ahora sí al centro de visitantes y a la autocaravana, no sin antes pasar por la tienda de recuerdos. Además de camisetas y otras chucherías compramos un peluche de ardilla, que cuando llegue a casa incrementará la pequeña familia compuesta por el frailecillo de Islandia, la marmota cantora del Tirol y la otra ardilla, que es alemana.

Descendemos siguiendo el curso del río Athabasca. 49 kilómetros y hacemos un alto para visitar las Sunwapta Falls, aunque estamos a punto de no poder porque el aparcamiento se encuentra abarrotado. Además, nuestro vehículo no puede aparcar en cualquier sitio. Vemos una familia que se está subiendo a un pickup rojo, y Bego les pregunta que si se marchan. El conductor pone cara de póker: “Yes, but not now”. Entonces vemos un monovolumen blanco que está desaparcando y nos quedamos a la espera. No ha acabado este de salir cuando el pickup rojo se marcha. Menudos estúpidos. Tengo que pitar al blanco porque está dando marcha atrás sin mirar, y para quitarme de enmedio acabo ocupando el espacio del rojo. Comemos.

Sunwapta Falls

Aunque lleva todo el día amagando, de momento la lluvia se contiene. La cascada es lo que uno espera por estos lares: bestial, caudalosa. Además, se puede seguir por la orilla del cauce en una ruta de algo más de tres kilómetros ida y vuelta y 150 metros de desnivel. Al principio no vemos a nadie y, preocupados como estamos por los osos, nos ponemos a cantar. Sin embargo, de quienes tendríamos que preocuparnos en realidad es de los mosquitos: por lo que a mí respecta recibo dos picotazos en plena cara.



El río tiene algo de hipnótico y misterioso que invita a seguirlo (quizá es lo que le ocurrió al joven de 28 años que murió aquí tras precipitarse al agua, una placa en el lugar expresa el dolor de su familia). Pero tenemos que volver ya. Sabia decisión, porque unos cientos de metros antes del aparcamiento empieza a llover a modo. El lugar, la luz y el chaparrón me recuerda cuando en Nueva Zelanda visitábamos las Purakaunui Falls, y era tal el diluvio que había más agua en el cielo que en el río.

Seguimos ruta. 17 kilómetros más adelante existe un lugar llamado Goats & Glacier Lookout. Al parecer, aquí a veces se pueden ver cabras, y si no al menos están las impresionantes vistas. Pero como no lo traíamos apuntado, el tiempo no acompaña y los árboles ocultan el paisaje, pues pasamos de largo. Lo mismo nos ocurre con las Athabasca Falls, que están mal señalizadas (hay que entrar por la carretera 93A, pero en el cruce no hay cartel alguno). Dudamos si volver, pero estamos cansados y antes del camping tenemos que ir a comprar a Jasper.

Esta localidad cuenta con 4.500 habitantes, pero deben hallarse dispersos, porque el núcleo urbano parece mucho menor. Además, es el primer pueblo que transmite la sensación de frontera remota, como si te hallaras a un paso de Alaska. Aquí, como en Canmore, hay dos super, pero ambos son pequeños, se encuentran atestados y, dad lo tardío de la hora, faltan escasean los productos básicos. Los precios también son más elevados. Luego viene la visita de rigor al Liquor Store y, como he tenido que aparcar lejos, la cosa se dilata. Por último, paro a echar gasolina. En donde la autocaravana nos dijeron que echásemos la gasolina más barata, a mí me pareció entender que era la de 86 octanos. Pero en el surtidor pone 87. Debo haber entendido o recordado mal, pero no las tengo todas conmigo, y me da miedo liarla. Como aquí todos los surtidores admiten el pago con tarjeta, no veré la cara a un solo gasolinero durante todo el viaje. La gasolina está a 1,40, que al cambio son 95 céntimos de euro. Le pongo 100 dólares, aunque sospecho que no será suficiente para aplacar su sed. Una de las peculiaridades de las estaciones de servicio canadienses y que nos causará gran desconcierto al principio (y al final) del viaje es que no existe un sentido de entrada y otro de salida, sino que cada uno accede por donde le parece, de manera que puedes ocurrir que estés tranquilamente repostando y que se te coloque un vehículo en el siguiente surtidor en sentido opuesto. Para los turismos esta maniobra no supone mayor problema, pero sí lo es para nosotros, por razones de peso.

 Otro detalle que llama muchísimo la atención es que el tapón del depósito de la gasolina no esté bajo llave, sino a la vindicta pública. Al principio creemos que quizá nuestra autocaravana ha perdido la tapa, pero después nos fijaremos en las otras y constataremos que todas van igual. Sospechamos que se debe a algún criterio de seguridad (el propano también va abierto), pero si te roban los doscientos litros del depósito la broma es como quieras.

Hechas, pues, todas estas diligencias nos vamos para el Wapiti Campground, por cuya puerta hemos pasado antes y que se encuentra entre la carretera y el río Athabasca. Mide más de 1 kilómetro de largo, y las parcelas se hallan como de costumbre muy separadas. También, como de costumbre, somos los penúltimos en llegar. Pasamos una cena entre risas viendo cómo nuestros vecinos encienden el fuego: el hombre maneja el hacha con tan poca maña y ella abanica las llamas con tales aspavientos que no nos queda más remedio que apagar la luz para que no se percaten de nuestro descojono.


Distancia parcial: 114 kilómetros.

Distancia total: 495 kilómetros.


Día 3                                      Inicio                                     Día 5

 16 de julio, día 3.

A diferencia de los dos días anteriores, hoy amanece un cielo espléndido, sin rastro de calima. Las vistas son embriagadoras, tanto que antes de partir disfrutamos un rato del paisaje. Dentro del camping hay unos pequeños lagos a los que ayer no quisimos acercarnos, pero que a esta hora parecen libres de mosquitos y brillan reflejando las poderosas montañas.


Pero la carretera nos llama. Continuamos hacia el norte. A los 20 kilómetros se encuentra nuestra primera parada, que es el Mistaya Canyon, que se encuentra relativamente cerca de la carretera. Consiste en un estrechamiento del río realmente angosto. Al llegar había pocos vehículos, pero cuando regresamos vemos que acabará inexorablemente lleno hasta la bandera.

Carreteras canadienses

Aparcamiento del Mistaya Canyon

Mistaya Canyon

Mistaya Canyon

Tras pasar el Saskatchewan River Crossing, seguimos por la carretera 93. El recorrido hasta aquí ha sido llano o con una ascensión paulatina, pero ahora de repente se encabrita en un puerto con curva de 180 grados incluida. Tengo mis dudas sobre si el motor podrá con tan tremendo peso, pero trescientos caballos son trescientos caballos. La palanca de cambios dispone además de un botoncito en el extremo que, según me dijeron, es una especie de reductora que ayuda a subir y a minimizar los descensos, y aquí es la primera vez que la uso.

Pasamos junto a algunos lugares interesantes, como las Panther Falls o el Wilcox Pass, pero no nos detenemos: nuestro destino es el Columbia Icefield, a 80 kilómetros de donde hemos pernoctado. Allí existe un aparcamiento de pago específico para autocaravanas y remolques. Salimos que Banff y entramos en el Jasper National Park.

Afortunadamente hay sitio de sobra, aunque un poco inclinado. Aquí funciona el auto-registro: rellenas un formulario con los datos de tu vehículo y, junto con 17 dólares, los introduces en un sobre que va a parar a un buzón. Tenemos también ocasión de contemplar de cerca esas enormes caravanas que hemos visto por la carretera enganchadas a un pick-up. Pero si por fuera impactan, hay que echarles un vistazo por dentro (en Internet) para alucinar en colores: con sus salones y sus dormitorios extensibles, son auténticas viviendas de lujo. Durante nuestro viaje la veremos a lo largo de todo el país por cientos, tal vez miles. Los candienses nos dejan así claro que ante todo son o han sido un pueblo de emigración, con estas versiones futuristas de las antiguas carretas de los pioneros.

Así son aquí las caravanas

Monte Athabasca

Monte Athabasca

Después de haber corrido tanto, dedicamos el resto de la mañana a relajarnos. Estamos a casi dos mil metros de altura, y tal vez por eso después de comer nos asalta una somnolencia que desemboca en siesta. Luego, ya más recuperados, nos vamos hasta el centro de visitantes, donde confirmamos la actividad de mañana y aprovechamos para conectarnos al wifi (seguimos sin cobertura salvo en un momento milagroso, a la llegada, durante el cual los móviles se conectaron solos a no sé dónde y hasta pude llamar a España).

Desde el centro de visitantes se divisa la lengua glaciar a un par de kilómetros. Decidimos que esta será la excursión de la tarde. Vemos que los coches llegan hasta un aparcamiento a mitad de camino, junto al lago Sunwapta, pero no nos atrevemos a mover la autocaravana por miedo a perder el sitio. De manera que toca cruzar la carretera, anchísima y con mucho tráfico. Para no seguir por la pista de tierra tomamos un sendero que toma altura y aparentemente también lleva hasta el glaciar pero que, después de obligarnos a cruzar un torrente, acaba bajando hasta el aparcamiento. Una vuelta bastante gilipollas, vaya, porque luego toca subir la pronunciada cuesta de la morrena junto con todos aquellos que han aparcado al pie y vienen frescos. De camino te encuentras las habituales marcas que muestran lo rapidísimo que ha retrocedido el glaciar, sobre todo en las últimas décadas. Por fin llegamos al lago que se forma en la base de hielo. Hemos tenido la precaución de subirnos los cortavientos, y desde nuestro confort observamos con lástima a quienes han venido con pantalón corto y chanclas y sufren en sus carnes la brisa heladora que baja del glaciar, y que tiene el curioso nombre de viento catabático. Pese a los carteles admonitorios que avisan de que el terreno no es estable y te puede tragar un agujero, la gente salta la valla y baja alegremente hasta la orilla.

El frente glaciar

Últimas luces

La tarde es solo para nosotros

Regresamos, un poco tristes como siempre que visitamos un glaciar en retroceso, que son todos. Contrastan las desesperadas llamadas del centro de interpretación incitando a una vida más sostenible con los ostentosos y contaminantes vehículos que traen los turistas cuando vienen (venimos) a admirar lo que estamos destruyendo. Así de contradictorio es el ser humano.

Al regresar a la auto descubrimos con asombro que la mayoría de vehículos se ha marchado. ¿Tendrían todos reservas de camping? Nosotros nos quedamos, arrullados por el frío y las estrellas, en lo que será el punto más elevado de nuestro viaje.


Distancia parcial: 76 kilómetros.

Distancia total: 381 kilómetros.


Día 2                                     Inicio                                        Día 4


miércoles, 23 de agosto de 2023

15 de julio, día 2.

La noche ha sido de lo más tranquila, parece que en los campings de Canadá se respeta el silencio. De hecho, existe prohibición expresa de consumir alcohol y/o cannabis a partir de cierta hora (lo del cannabis puede sorprender, pero ya nos hemos enterado de que en Canadá su consumo recreativo es legal desde 2018, y no hay pueblo que no disponga de su pequeña tienda).

Nuestra casita
Salón extendido

Arrancamos con una cierta prisa, ya que tenemos reservado pasaje en una lanzadera para que nos suba a Moraine Lake a las 11, y antes tenemos que parar en un súper de Canmore para comprar algunos artículos que nos faltan. La calima enturbia la visión, apenas se intuyen las imponentes montañas, y nos tememos que esto sea así durante todas nuestras vacaciones. Efectúo la compra a la velocidad el rayo. A continuación nos topamos con la cola para comprar la entrada que necesitas si quieres visitar los parques nacionales. Como vamos a estar bastantes días, nos sale a cuenta comprar el pase anual, aunque en estos casos siempre acabas con la sensación de que te están tangando. Cuando más adelante el tráfico se ralentiza a causa de obras en la calzada sabemos que no vamos a llegar. Llamamos entonces a la empresa. La chica que nos atiende, muy amable, nos cambia la hora a la una, pero nos avisa de que el lugar de recogida no será el Samsom Mall, sino la entrada del Post Hotel. Tomamos nota.

La verdad es que, si existe un lugar masificado en las Rocosas, es precisamente este. El aparcamiento de Lake Louise lo cierran en cuanto se llena, lo que suele ocurrir sobre las seis de la mañana. Existe un servicio gratuito de lanzaderas cuyas reservas se agotan con meses de antelación. La única posibilidad por tanto de subir es alquilar por tu cuenta, y no sale precisamente barato.

Después de lo que hemos corrido, ahora tenemos tiempo de sobra. Aparcamos donde nos aconsejó la chica, detrás de la gasolinera, y nos vamos para el Post Hotel. Como el concepto “entrada del hotel” resulta ambiguo, ante la duda de esperar en la puerta del edificio o bien en la salida a la carretera nos decantamos por esta última, no sea que el autobús pase y no entre. A la una y cinco aparece un vehículo procedente del hotel: el caso es que no lo hemos visto, debe de haber entrado durante el rato que hemos estado a la orilla del río. Hacemos señas al conductor, quien abre la puerta con aire de tan pocos amigos que por un momento pienso que nos hemos equivocado. En tono super-grosero nos espeta que este no es el lugar acordado porque NO es la puerta del hotel. En nuestro descargo trato de explicarle que su empresa nos ha cambiado el sitio hace tan solo tres horas, y además por correo electrónico, pero mi inglés no da para tanto. De todos modos, no entiendo el cabreo porque el autobús tendrá unas veinticinco plazas, y solo van ocupadas cuatro. Si después de pagar una pasta te tratan así, no me extraña que les falte clientela.

Lake Moraine


Lake Moraine

Aunque se sube por la misma carretera, había que elegir la ruta de Lake Louise o la de Lake Moraine. A la hora de la reserva me decidí por el segundo porque se halla más alejado y porque está vetado a vehículos particulares. Aún así, cuando llegamos aquello parece una romería. Mi idea era realizar una ruta relativamente corta hasta Consolation Valley, pero como solo disponemos de tres horas desistimos y nos conformamos con ascender, como casi todo el mundo, a la antigua morrena glaciar, llamada Rockpiles. Tenemos la mala ocurrencia de comernos los sandwichs en el mirador, y así no nos queda otra que asistir al típico compendio de estupideces y frivolidades del turismo de masas. Puede sonar elitista o presuntuoso, pero lo cierto es que dan grima todas esas poses y el postureo asociado, esas sonrisas de eterna felicidad pensando exclusivamente en las redes sociales: “¿Has visto dónde estoy y lo feliz que soy?”. La cosa mejora a poco que te apartas (los turistas, en virtud de una ley universal, tienen una marcada tendencia a arracimarse), pero cuando regresamos a la orilla del lago no funciona igual: encuentras un trozo de orilla donde no hay NADIE y te instalas. De repente llega alguien por el camino, te ve y piensa que si estás allí será por algo, y se te coloca al lado. Y cuando digo al lado quiero decir al lado, porque para los asiáticos la distancia personal es un concepto inexistente.

Palillos a la mar



Toda precaución es poca


Amaga una tormenta pero no llega a generalizarse. Sin embargo, el agua caída allí cerca tiene la virtud de limpiar el aire, y a la vuelta apreciamos las montañas con más claridad. En el bus viajan otra vez cuatro mujeres, aunque tengo la sensación de que no son las mismas. Nuestro angelical chófer nos deja junto a la gasolinera. Tras descansar un poco nos vamos a buscar la dump station, que pese a encontrarse dentro del camping es gratis, este camping donde no ha habido narices a encontrar una plaza libre en los dos últimos meses. El motivo por el que queremos llenar y vaciar hoy es que el lugar donde vamos a dormir esta noche solo dispone de parcelas peladas. El área de vaciado está muy bien, con cinco carriles y sus respectivos servicios. El único problema es que tenemos el vaciado por un sitio y el llenado de limpias por el otro, y grifo y desagüe se encuentran en el mismo lado. Más adelante descubriremos que, si colocas la auto en la posición adecuada y pasas la manguera por debajo del voladizo, puedes llenar si tener que maniobrar para dar la vuelta al vehículo. Experimento por primera vez la descarga de grises y negras mediante manguera, rezando para que no me ocurra lo que a Robin Williams en ¡Vaya vacaciones!


 Aquí en Lake Louise se separan la Transcanadian 1 y la carretera 93, conocida también como la Icefields Parkway, y considerada una de las carreteras panorámicas más bellas del mundo. Pasamos de cuatro a dos carriles, pero sigue siendo tan ancha y las rectas tan largas que es como si flotaras en ella. Los autonautas de la cosmopista.

Fastidia, y mucho, el tema de la pernocta, pues nos gustaría recorrer este paisaje a nuestro ritmo y dormir donde nos apeteciera. En fin, para eso habría que venir en mayo o septiembre, que es privilegio de jubilados. Además, debe de ser chulo todo esto con algo más de nieve.

Pero si hay un detalle que nos indica que nos estamos adentrando en la wilderness y que nos devuelve a la época pre-móvil es el cartel que avisa de que no hay cobertura de celular en los próximos 230 kilómetros (!)

Seguimos remontando el río Bow hasta el lago del mismo nombre donde nace. 36 kilómetros después de Lake Louise paramos en el Crowfoot Glacier Viewpoint para sacar fotos y admirar el agua, las montañas y el hielo que tenemos a nuestra izquierda, muy cerca ya del límite con la Columbia Británica.

Crowfoot Glacier Viewpoint

Peyto Lake

8 kilómetros más adelante se encuentra el acceso al aparcamiento de Peyto Lake. La hora tardía es sin duda nuestra mejor aliada, porque he leído testimonios de gente que no pudo acceder ya que, como en Lake Louise, cierran el aparcamiento en cuanto se llena. Estacionamos y nos vamos sendero adelante, hasta un mirador de acero y cristal que está hasta la bandera de selfistas. Pero para esto ya conocemos el remedio: nos alejamos siguiendo un sendero entre los árboles con la única compañía de unos jóvenes aguerridos para poder disfrutar del silencio y la soledad. Está claro que hemos cambiado la divisoria de aguas, porque si el río Bow fluía hacia el sur, el desaguadero de este lago enfila ya hacia el norte.

De regreso a la auto atajamos para intentar evitar el mirador y salimos a un aparcamiento de autobuses, de modo que toca ir por asfalto. Sabemos que caminamos paralelos al sendero original (se oyen las voces de la gente), pero la vegetación es tan densa que ni nos planteamos atravesarla. El miedo a los osos también hace lo suyo; es la primera vez en mi vida que miro al bosque como si lo que encierra supusiera un peligro potencial.

Ahora sí que nos vamos hasta el Silverhorn Creek Campground, 11 kilómetros más allá. Como ya dije, el lugar en cuestión tan solo dispone de los espacios de acampada, un enorme montón de leña y unos sanitarios. Todas las ubicaciones se hallan ocupadas, salvo la nuestra. Lo malo de llegar a última hora es que nunca falta gente que la considere espacio público: un tipo la atraviesa un par de veces. Cuando cruza una tercera vez, ahora con toda su familia, termino por mosquearme y me siento fuera. No vuelven a aparecer. Me intriga qué puede haber de interesante al otro lado del montículo y los matorrales, y lo que me encuentro es una rambla arenosa. ¿Qué pasa, que con lo grande que es Canadá el único sendero posible discurre por aquí?


Distancia parcial: 173 kilómetros.

Distancia total: 305 kilómetros.


    Día 1                                    Inicio                                    Día 3

14 de julio, día 1. 

Ayer, con el cansancio, no tuve tiempo de comentar cómo es la habitación. Estamos en Norteamérica y parece que aquí, por defecto, todo es grande: las camas, altísimas; los muebles, como fabricados para un gigante. Y todo con un aire retro. Pero lo más llamativo es el conjunto ducha-bañera: confeccionada de una sola pieza, incluye luces, paredes y techo lo que, en contraste con la habitación, le da un cierto aire futurista. Eso sí, el piso parece más confiable y menos resbaladizo que el de sus homólogas españolas.

La bañera futurista

Bajamos al comedor a desayunar, y casi nos pillamos una pulmonía de lo fuerte que tienen el aire acondicionado. Como en las películas de Hollywood, es el camarero quien te sirve personalmente el café. Supongo que esto equivaldrá a signo de hospitalidad, pero tiene el inconveniente de que tienes que buscarlo por todo el comedor si quieres otra taza.

Recogemos con prisa, porque hemos quedado con los de Fraserway en que nos recogerían a las 8:45. A menos veinte ya hemos soltado la llave y estamos esperando en la puerta, pero dan las nueve, y las nueve y media, y aquí no aparece nadie. Les llamamos por teléfono pero no lo cogen. Y no solo eso sino que mi móvil, que ayer funcionó perfectamente, hoy se niega a hacer llamadas.

Estoy pensando en coger un taxi, y entonces me acuerdo de Uber. Nunca he utilizado este servicio, pero me descargo la aplicación (los datos sí que funcionan, deben de ser los de la SIM virtual que compré en España) y pruebo. Me pregunta qué tamaño de coche prefiero, y como llevamos mucho equipaje le digo que grande. Responde la app que tardará una media hora en buscarlo. A continuación me avisa de que hay otro coche, aunque pequeño, a cinco minutos de nosotros. Ya hemos perdido mucho tiempo, así que cancelo el primero y llamo a este. Nuestro conductor resulta ser filipino, y el coche un SUV con espacio de sobra. Debí imaginarme en qué piensa esta gente cuando habla de coche pequeño.

Airdrie y el concesionario se encuentran a 23 kilómetros del hotel. Por el camino comprobamos que tanto las calles como las carreteras son anchísimas, enormes. Esto, sumado al jet lag y al humo ambiente, le dan a todo un aire onírico. Tomo nota de algunos detalles, como por ejemplo que los semáforos no estén verticales sino tumbados, y que se encuentren en la parte opuesta del cruce, supongo que para darles mayor visibilidad. En cuanto a las rotondas, son prácticamente inexistentes, y cuando llegas a un cruce sin semáforos todo el mundo tiene su stop, y no hay que ceder el paso al que viene por la derecha, sino que sale el primero que llega. Esto, que en España sería un caos por nuestra idiosincrasia conductora, aquí funciona porque la gente al volante es, en general, bastante cívica y poco agresiva.

Llegamos por fin a Airdrie. El chico que nos atiende se las da de simpático, pero se niega a asumir el fallo de la recogida en el hotel (tengo incluso que enseñarle el e-mail donde aparece concertada la cita). “¿Queréis una disculpa o preferís seguir con el proceso de entrega?” Ya hemos perdido un día de alquiler, de modo que respondemos que adelante, ya a ajustaremos cuentas en la reseña de Google.

Por delante

De lado

Está visto y comprobado que las desgracias nunca vienen solas: salgo de la oficina a decirle a mi hijo que aquí hay wifi y me lo encuentro llorando como un magdaleno, porque se ha olvidado el móvil en el taxi. Miro en la aplicación de Uber y, por fortuna, disponen de un apartado para objetos perdidos. Pero, claro, de nada sirve que les deje mi móvil porque, al no funcionarme la línea, el taxista no me podrá llamar. El chico de la recepción, quizá para redimirse, nos ofrece el fijo para llamar, pero sin el teléfono del taxista no hacemos nada. Necesitamos imperiosamente comprar una SIM local.

La matrícula

El proceso de explicado de la autocaravana resulta tedioso, pero viene bien que sea así, ya que tiene un montón de chismes y mecanismos. Como el conductor soy yo y no entiendo del todo el inglés, se buscan a una chica (salvadoreña) para que me haga el tutorial, pero resulta que es novata en la empresa. Finalmente, traen a un joven flamenco (esto es, de la Bélgica no francófona) que me lo explica todo muy bien en francés (ayuda el que dispongan de un manual de 26 páginas en Internet, y que yo me lo haya empapado antes de venir). En cualquier caso, practico cómo se enciende el generador, o se vacían las negras y las grises, o cómo se despliega el módulo del comedor, quedando así un espacio más grande que el salón de tu casa. Llama mucho la atención el sistema de conexión a la red ciudadana de agua: la misma manguera de llenado de limpias la roscas al grifo y a una boquilla que lleva el vehículo incorporada, y ya tienes agua sin necesidad de conectar la bomba. En cuanto al gas, cuenta con un depósito de propano de 80 litros que nos dijeron que nos daría justo para el viaje, pero del que no consumimos ni la mitad.

Al entrar en el vehículo te das cuenta de dónde salen las cinco toneladas y media de peso: todo aquí es macizo y de calidad, empezando por el suelo y los muebles de madera, las camas, el enorme frigorífico, la cocina con horno, las tapicerías... Por pesar, hasta los cazos y las sartenes pesan, como le des con ellos a un intruso te lo cargas. Tan solo el espacio del baño es algo reducido (el lavabo va fuera). Por tener tiene hasta un sillón donde echarte una cabezadita. Si no consumiera 26 litros a los 100, sería la autocaravana perfecta.

Paradójicamente, lo que más me cuesta entender es el sistema automático de marchas. La camper que alquilamos en Nueva Zelanda también lo tenía, pero en una palanca situada entre los asientos muy parecida a las manuales. Bueno, todo será cuestión de práctica.

Cuando ya creo que domino el vehículo, salgo del estacionamiento a paso de carreta. La principal dificultad (y me ocurrirá durante todo el viaje) la encuentro en los espejos retrovisores: los de las autocaravanas europeas consisten en uno grande que te ofrece una visión panorámica y uno pequeño debajo con características de gran angular que sirve para tener una visión completa de los laterales del vehículo. Pues bien, aquí el gran angular lo pegan en la parte inferior del espejo grande y crean un punto ciego que me da más de un susto al cambiar de carril.

Lo primero es lo primero, así que nos vamos en busca de una tienda donde nos vendan la SIM. Una vez adquirida y activada, logramos ponernos en contacto con el taxista. Como Airdrie le cae lejos, quedamos al final de su jornada en el aparcamiento del hotel. A mí la idea de callejear por esta ciudad enorme el primer día de autocaravana me provoca sudores fríos, pero es lo que hay. Aprovechamos el lapso de espera yendo a un Walmart a hacer la compra que, como toda primera gran adquisición en un país extranjero, se las trae, empezando por las marcas desconocidas y terminando en que absolutamente todo se vende en cantidades, frascos o paquetes enormes. Por último, y como ocurría en Islandia, las cervezas hay que comprarlas aparte, en el liquor store. Durante mis muchas idas y venidas por el súper constanto una vez más la diversidad de etnias y culturas que pueblan el Canadá actual: según un informe del año pasado, el 23 por ciento de la población (unos 8,3 millones de personas) es inmigrante, y procede en su mayoría de Asia. Según las encuestas, 7 de cada 10 canadienses aprueba la llegada de 400.000 emigrantes por año para mantener la demografía (y las arcas del Estado) saneada, actitud que contrasta con el recelo y el rechazo que este tema produce en Europa.

Realizada la compra y recuperado el móvil perdido, es hora por fin de empezar el viaje. De modo que arrancamos hacia el oeste. Son las ocho de la tarde, pero por fortuna nuestro destino está solo a unos 90 kilómetros. Según el programa original, la noche de ayer la debíamos haber pasado en el camping Lac des Arcs, pero con el cambio de planes tocó cancelarla, y la pernocta la haremos unos kilómetros antes, en el Bow Valley Campground. No nos descorazona el cartel de Full que cuelga en la entrada, que venimos con reserva. Nos dirigimos a la parcela, y el concepto que traemos de camping se volatiliza: los comentarios de campistas canadienses sobre algunos sitios se quejaban de “falta de intimidad”. Y ahora entendemos qué significa para ellos intimidad: por regla general, las ubicaciones se hallan tan alejadas unas de otras que parece que estés en mitad del bosque. Todas disponen de una mesa de merendero y de un lugar para hacer fuego. La nuestra, además, linda con el río Bow, cuyo curso seguiremos mañana y que tiene aquí 150 metros de anchura, aunque la isla que tenemos enfrente lo haga parecer más estrecho.

Bow River

 Son insistentes los carteles que advierten de que no dejes nada fuera que pueda atraer a los osos: si duermes en tienda, todos los campings disponen de una especie de consignas metálicas para que guardes allí la comida. En cuanto a los contenedores de basura, son también anti-osos: metálicos, sólidamente atornillados al suelo, de forma inclinada para que la tapa permanezca siempre cerrada y con un dispositivo de apertura ideado de tal manera que solo una mano humana es capaz de abrirlo. La verdad es que resultan de lo más ingenioso, y este diseño único será el que encontremos repartido por todo el país.


Contenedor anti-osos

También descubrimos en carne propia que, en Canadá, donde hay agua hay mosquitos, de manera que nos refugiamos en la auto, y mañana Dios dirá.

Distancia parcial: 132 kilómetros.

Distancia total: ídem.


El vuelo                                   Inicio                                      Día 2

El vuelo

Cuando nos ofrecieron la posibilidad de viajar a Calgary vía Frankfurt, me imaginé que supondría un enorme rodeo y un montón más de horas de vuelo, pero resulta que no: Madrid-Toronto-Calgary son 8.751 kilómetros, mientras que Madrid-Frankfurt-Calgary solo supone unos 200 kilómetros de más. ¿El motivo? Como Alemania está más lejos del ecuador que España, el viaje en línea recta pasa por encima de Islandia y Groenlandia y, de alguna manera, se ataja.

Nuestro avión despega a las 8:30. En un pispás cruzamos el solar patrio y nos plantamos en los Pirineos. A partir de ahí, todo más verde y más poblado. A medida que subimos hacia el norte sobrevolamos una inmensa masa forestal, no sé si son los Vosgos o la Selva Negra. A las 11 estamos sobre Frankfurt, que brilla acostada sobre las dos orillas del río Meno, ajena a las crueles aristas del sol de Madrid.

Pirineos

Francia

Las dos horas y media entre vuelo y vuelo se pasan rápido, entre otras cosas porque el aeropuerto es inmenso. Además, te cruzas con gente de tantas nacionalidades distintas que Barajas, en comparación, parece provinciano. Cuando por fin localizamos la puerta de embarque, nos relajamos y aprovechamos para comernos unas Bratwurst, que para esto estamos donde estamos.

El avión que abordamos es un Boeing 787, bastante más amplio que el anterior y con tres filas de asientos en el medio, que es donde nos había reubicado el pavo de Air Canadá. Por suerte y mediante la aplicación yo había podido cambiar los asientos por tres laterales, y así pudimos disfrutar de ventanilla. Me las prometía muy felices porque, según el mapa de vuelo, íbamos a sobrevolar Islandia y Groenlandia. Pero por algún motivo (tal vez el volcán que entró en erupción hace tres días en la península de Reykjanes), el comandante ejecuta un hábil quiebro y de Islandia no vemos más que la costa. De este modo, nos deslizamos por el mar de Noruega a 11.000 metros de altura y a 900 y pico kilómetros por hora.

Boeing 787

Nos llama mucho la atención el que las ventanillas no dispongan de oscurecedores físicos, sino de un filtro polarizador que, convenientemente manipulado, hace que aumente o disminuya la luminosidad del cristal. Qué cosas.

El vuelo Frankfurt-Calgary dura nueve horas y media, y como estamos desentrenados se nos hace largo. Además, como vamos en la dirección del sol los horarios se vuelven surrealistas: el vuelo despega a las 13:30, pero llega a las 14:55... ocho husos horarios más allá, claro.

Ahora ha llegado el momento de confesar mi mayor fobia cuando estoy en el aire. No es, como cabría esperar, el miedo a estrellarse ni al espacio claustrofóbico: es... que no me gusta que me toqueteen la espalda. En ocasiones son golpes secos, como por ejemplo cuando el vecino aporrea la pantalla táctil o abre y cierra sin miramientos la mesita portátil. Pero otras veces son auténticas meteduras de mano, como cuando notas que introducen o extraen cosas del bolsillo o cuando, directamente, te clavan las rodillas en las lumbares. Lo paradójico de esta última situación es que no tiene que ver necesariamente con la estatura del interesado, sino con cómo balancea cada uno la ecuación comodidad-respeto: yo mido uno ochenta y rara vez rozo el asiento delantero. Desgraciadamente para mí, esto no es norma universal, y lo frecuente es encontrarte con a alguien detrás que tome posesión de tu respaldo y lo someta a unos meneos que para qué. Cuando descubro que la persona habla español me suelo volver y, amablemente, le explico que padezco de cervicales y le pido que procure mover el asiento lo menos posible. Suele funcionar. Cuando son extranjeros me da más cosa. Durante el viaje pruebo los tres asientos de que disponemos y finalmente me quedo con el que tiene detrás una señora tan dócil que no establece contacto rodillesco ni por casualidad.

Plan de vuelo

Ahora volamos sobre Groenlandia, prácticamente cubierta de nubes, y es preciso aprovechar los escasos claros para echar un vistazo al paisaje helado y sacar algunas fotos. Ittoqqortoormiit, Nuuk, Uummannaq, Iqaluit... Pero qué sabor a hielo tienen estos nombres. El último de ellos se encuentra ya en Canadá, al sur de la isla de Baffin, y es la capital del territorio autónomo de Nunavut, el más extenso del país (unos dos millones de kilómetros cuadrados) y también el menos poblado (¡32.000 habitantes!). Si Nunavut fuera un país independiente, ocuparía el puesto número 15 en extensión. Realmente, Nunavut es una metáfora a lo bestia de Canadá, que es el segundo país más grande del mundo (veinte veces España), pero con tan solo 40 millones de habitantes. Si tenemos en cuenta que una cuarta parte de esa población vive en las diez mayores ciudades, podemos hacernos una idea de los inmensos páramos deshabitados que conforman el territorio, sobre todo en su parte norte donde no llegan las carreteras, y la única forma de acceder es mediante avión.

Helada Groenlandia

El viaje acaba siendo toda una abrumadora lección de geografía: volamos ahora sobre la Bahía de Hudson, todo un mar interior (millón y cuarto de kilómetros cuadrados, más de mil kilómetros de orilla a orilla). Luego Manitoba, Saskatchewan y, por último Alberta y Calgary

Tomamos tierra en este extraño día que nunca se acaba. Originalmente íbamos a dormir en Airdrie, la localidad en la que se encuentra la empresa de alquiler, pero después de los cambios en el vuelo no había posibilidad de alquilar al día siguiente, de manera que hemos reservado en el Port O´Call, un hotel que se encuentra cerca del aeropuerto. Cerca en Calgary quiere decir unos 8 kilómetros.

Al bajar del avión descubrimos, para nuestra sorpresa, que el control de pasaportes es un hágaselo-usted-mismo: tienes que rellenar unos datos en una pantalla, escanear el pasaporte y dejar que la máquina te saque una foto. Luego se imprime un papelito que le entregas en la puerta de salida a un poli aburrido.

Hay carteles que advierten de los alimentos que no se pueden introducir en Canadá. Por si las moscas, tiramos todo lo que traemos, excepto las galletas, a una papelera. Pululando entre los pasajeros hay un policía que lleva un perro de la correa. El animal olisquea aquí y allá cuando de repente, al oler una bolsa de plástico, se sienta. Aparecen de la nada otros dos policías y le preguntan al propietario, un hombre joven, que qué lleva allí. “Chocolat”, responde. Pero debe de ser de los de leche y avellanas, porque al rato nos lo encontramos fuera.

Íbamos a pedir un taxi, pero se nos ocurre llamar al hotel por si tienen navette. Resulta que sí, que en veinte minutos vendrán a buscarnos. Al cruzar el vestíbulo del aeropuerto descubro un par de cajeros automáticos. Cuando llego a un país, me siento más tranquilo si dispongo de moneda local, de modo que nos acercamos. Introduzco la tarjeta y me pregunta que cuánto dinero quiero sacar. Le digo que 300 euros, que al cambio serán unos 500 dólares canadienses. Cuál no será mi sorpresa cuando, por el cajetín asoman 300 euros, nuevecitos, en billetes de 20. Descubro entonces que, de los dos cajeros, he utilizado el que dispensa moneda extranjera. Esto sí que no lo había visto nunca. ¿Para qué narices voy a querer euros en Canadá?

Tras sacar 500 dólares, ahora sí canadienses, nos vamos en busca de la puerta que nos han indicado los del hotel. Nunca he estado en Calgary ni tampoco en Canadá así que no se cómo se comportan normalmente, pero se percibe un ambientillo como de fiesta. En el aeropuerto de Frankfurt, Bego pegó la hebra con un hombre mayor que lucía una gorra de Calgary, y que le explicó que en esos momentos había un millón de personas en las Rocosas y otro en Calgary, pues estaba teniendo lugar la Stampede, esto es, el rodeo al aire libre más grande del mundo. Jamás habíamos oído hablar de esta fiesta, pero seguro que está detrás del desatado precio de los hoteles, así como de la cantidad de gente ataviada con sombreros vaqueros, uno incluso con lucecitas incorporadas estilo árbol de Navidad.

Salimos al exterior, y de inmediato nos llega el olor a madera quemada. La luz, amarillenta, tiene reminiscencias de Blade Runner 2 o de atardecer marciano. Llama poderosamente la atención el descomunal tamaño de los coches, particularmente los pick-ups, que hacen que los que se ven por Europa parezcan utilitarios.

El conductor de la lanzadera es un hombre mayor tocado con un turbante estilo Sikh. Le preguntamos que si es de la India, a lo que responde que no, que este país invadió el suyo (el Punjab) cuando la independencia de los británicos. Llegamos al hotel, y el recepcionista que nos atiende también da un aire asiático, lo que me lleva a colegir la cantidad de inmigrantes que se ha establecido en las últimas décadas en Canadá.

En la información que encontré sobre el hotel se decía que contaba con piscina “para uso exclusivo de clientes”. Expresado así, la idea parece muy buena, y lo es hasta que descubres que la piscina en cuestión es cubierta, que se halla en el centro del edificio, y que las habitaciones se ubican a su alrededor. Es todo un poco claustrofóbico, porque las ventanas se encuentran selladas, lo que no impide que el ruido, como de polideportivo, trascienda hasta el interior, lo que no es precisamente lo más adecuado para quienes viene de un vuelo de catorce horas. Estamos tan hechos polvo que no queremos salir ni a cenar: pedimos que nos traigan unos fish & chips a la habitación y, arrullados por los berridos de los bañistas, nos dormimos hasta el


Prólogo                                                                                Día 1

 VIAJE AL PAÍS DE LAS ARDILLAS

Nota previa: Este viaje ha supuesto para nosotros, sobre todo al inicio, una acumulación de dificultades y problemas varios, intento de estafa incluido. Si lo que te interesa es solo la parte técnico-descriptiva, por favor empieza en el capítulo 2 donde dice El vuelo).

Podía haber sido el oso, o el lobo, o los pumas. Pero la verdad es que no vimos ninguno, y en cuanto a los alces... En fin, que ardillas encontrábamos por todos sitios: en los parques periurbanos y en lo más profundo del bosque, en los campings y en el centro de las ciudades. Nos sedujeron sus morisquetas, sus carreras y sus gestos gráciles de bailarina, y descubrimos que existen unas cuantas especies. Sé que en la India no les tienen mucho aprecio y las consideran poco menos que ratas, pero lo cierto es que conquistaron nuestros sentidos y nuestro corazón.

Casi siempre empezamos a planear un viaje apenas terminamos el anterior, aunque la idea de este era ya antigua: desde 2008 conservaba con primor el relato de un viaje a las Rocosas, sacado de Internet. Sin embargo, también he de decir que este ha sido probablemente el más laborioso y repleto de incidencias de todos los que he realizado.

Primero era preciso decidir el recorrido. Nuestra idea inicial era apearnos en Toronto para ver Niágara, pero los precios de los vuelos internos nos disuadieron (no son caros para quien viaja con equipaje de mano, pero sí para el turista, pues te clavan al facturar maletas). También incrementaba bastante el precio el que los aviones de ida y de regreso salieran de ciudades distintas, de modo que nos resignamos a sacar con Air Canadá un billete de ida y vuelta Madrid-Calgary con escala en Toronto. Bien es verdad que las reseñas que encontré de la compañía no eran muy buenas, pero siempre piensas que la china no te va a tocar a ti. En cuanto a la autocaravana, y después de mirar con lupa todas las empresas, nos decidimos por Fraserway, que parecía ser la que más contenta tenía a la gente. Sin embargo, no contratamos directamente con ellos sino a través de Camperdays, una agencia intermediaria con sede en Colonia. El motivo fue que Fraserway te exigía que abonases a tocateja, mientras que Camperdays nos permitía pagar en junio. Elegimos la Class C Motorhome-Large, un bicho de 7,67 metros de largo y casi 6.000 kilos de peso (que por cierto en Canadá puedes conducir con carnet de coche) y un depósito para gasolina de 200 litros que, aparte del vuelo y del alquiler, supondrá el mayor dispendio de todo el viaje.

Apenas habían pasado unos días cuando Camperdays se pone en contacto con nosotros para comunicarlos que, para las fechas fijadas, la empresa no dispone del vehículo en cuestión, y como alternativa nos ofrecen un pick-up con la casa a cuestas o una camper. Respondemos que no. Es un viaje de muchos días, y no queremos andar como piojos en costura. Ya nos vimos en esa tesitura en Islandia y preferimos acortar el viaje a prescindir de la autocaravana. Para asegurarnos de que no se trata de una milonga, escribimos directamente a Calgary. Nos confirman que efectivamente no disponen del vehículo de marras, pero que si estamos muy interesados podemos intentar ir en otra época (!). Vuelta a contactar con Camperdays para buscar otro rango de días dentro del verano. Y entonces, como por arte de magia, la autocaravana deseada aparece.

Resueltos el vuelo y la auto, de la pernocta no me preocupo hasta mayo. Y ya es demasiado tarde. Sabía que las Rocosas son una zona superturística, pero no imaginaba hasta qué punto: a dos meses para el viaje, los campings están hasta la bandera. Y no es que nosotros seamos fanáticos de este tipo de instalaciones, pero es que en los parques nacionales de Canadá está prohibidísimo dormir en la calle. Además, el intento de robo que sufrimos hace dos años en Austria nos ha vuelto bastante precavidos. Con lo poco amigo que soy de planificar hasta ese extremo, paso días de bastante agobio buscando parcelas libres que coincidan con nuestro itinerario. Finalmente, y en función de lo que encuentro, altero el orden de los factores: en lugar de visitar primero Banff, iremos hasta Jasper, seguiremos hasta Vancouver y por último nos alojaremos en Banff a la vuelta. No mola nada ir a toque de corneta, pero es lo que hay. Durante junio, y a base de perseverancia, encontraré algunos huecos producto de cancelaciones que evitarán la congoja de andar por las noches escondiéndonos de los rangers.

Resueltas las cuestiones previas, el nuevo tema de preocupación es el de los incendios. En Canadá todos los veranos los hay pero este año, debido a una sequía extrema, los bosques han empezado a arder antes de tiempo, cubriendo de humo gran parte del país y llegando a comprometer la calidad del aire de ciudades como Nueva York. A finales de junio, gigantescas humaredas alcanzan España, y empezamos a preguntarnos si Canadá será este año el sitio idóneo para unas vacaciones.

Dice una ley de Murphy que cualquier situación es susceptible de empeorar, y es cierto: el 7 de julio, cinco días antes del viaje, llega una notificación de la compañía aérea con el asunto ACTION REQUIRED. Desde que compré el billete ha habido varios de estos avisos, que solían ser cambios en el horario de quince minutos a media hora, de modo que no le hice mucho caso. Hasta que, observando con más atención, descubro que la salida de Madrid es, efectivamente, el día 12, pero la de Toronto ¡es el 13! Vamos, que perdemos un día de alquiler de la autocaravana y además hay que buscarse un hotel en Toronto. En el correo viene un teléfono del otro lado del charco, y tras insistir un rato nos lo cogen. Explicamos nuestro problema y nos ofrecen volar a Frankfurt con Lufthansa y desde allí, con Air Canada, directamente a Calgary. Aceptamos y nos modifican el pasaje, aunque después de colgar nos damos cuenta de que hemos cometido una estupidez, porque no supone gran diferencia llegar a las tres de la tarde o hacerlo a las seis, y que en cualquier caso la compañía alquiladora te exige que, si llegas de un vuelo intercontinental, duermas una noche en hotel.

Pero la traca definitiva llega el día 12. Personalmente, esto del checking online en las 24 horas antes del vuelo siempre me ha dado un poco de yuyu. ¿Y si no funciona el sistema? Nunca nos ha ocurrido, pero esta vez la pesadilla se materializa. Me paso toda la mañana peleándome con las páginas de las dos compañías, hasta que finalmente llamo a Lufthansa. Allí me atienden muy bien, pero no solucionan el problema. Y en cuanto al teléfono de Canadá donde nos cambiaron en vuelo, pues no lo cogen. Me pongo a buscar en Internet el teléfono de Air Canadá en España, pero no contestan o sale una voz en portugués. Agobiado, busco en Google “air canada telefono españa” y en tercera posición encuentro una página llamada Flycoair, donde aparece un teléfono de Barcelona. Aquí sí responden enseguida. Explico mi problema y el telefonista me pregunta el nombre de la compañía. Pero bueno, ¿no era este un teléfono de Air Canadá? Tras varias demoras, el pavo me dice que puede arreglarme lo del billete, pero que para ello tengo que abonar casi cuatrocientos euros por cabeza. Mosqueo. Cuelgo. Me devuelve la llamada. Insiste aunque añade que, después de pagar, no cabe ninguna reclamación por nuestra parte, y que de todos modos tendremos que ir al mostrador de facturación. Vuelvo a colgar, y ya no hago caso de su rellamada. ¿Desde cuándo el agente de una compañía aérea te llama personalmente? Justo en ese momento me doy cuenta de que uno los comportamientos más repugnantes del mundo consiste en intentar engañar a la gente desesperada.

Hotel de Barajas

Salimos para Madrid dos horas antes de lo previsto. La idea es presentarse en Barajas y tratar de deshacer el entuerto pero, pese a la aseveración del risueño telefonista de Lufthansa, en los mostradores de facturación no hay ni un alma. Eso sí, el de información nos explica que “abren a las tres de la mañana”.

Nos vamos para el hotel y, con la preocupación, pasamos una noche de perros. A las cinco estamos otra vez en el aeropuerto y, con el corazón en un puño, nos ponemos en la cola de Lufthansa. Por fortuna, la persona encargada del checking resuelve el problema en un santiamén. Y sin pedirnos un duro. Buf. Estamos salvados.

Aparcamiento Larga Estancia de AENA


El vuelo