sábado, 19 de noviembre de 2016

Haere mai. Un viaje a a Nueva Zelanda (26)

16 de agosto
Temperatura al amanecer: 9º C
Cerca de donde estamos aparcados hay una rampa de cemento que se sumerge en el agua. Llegan un hombre y un crío de nueve o diez años con un todoterreno y una lancha. El niño se sube a esta mientras el otro la hace descender del remolque. Llega un punto en que la embarcación se libera, cabecea libre en el agua y empieza a alejarse. Entonces el adulto se arranca en una breve carrerita y, con el agua ya por las rodillas, salta dentro. Enciende el motor y se alejan río arriba.
Estamos a solo 19 kilómetros del Hobbiton Movie Set, y llegamos rápido y sin dificultad. Ante la previsión de aglomeraciones, ayer compramos las entradas por Internet.
No muy convencido, le muestro en el móvil el correo de confirmación a la chica de la taquilla, pero ella lo mira, asiente y me da las entradas en papel. Han costado 79 dólares cada una, Inari gratis. Para los acérrimos del Señor de los Anillos serán baratas; para los demás, no tanto.

Las tenemos
El plató se encuentra a dos kilómetros y medio, y te trasladan en autobús. Como hace solecito, esperamos fuera a que llegue. Descubrimos que existe toda una flota de ellos y que están pintados de verde oscuro, lo que les confiere un vago aire militar. Realmente es un buen negocio el que tienen montado aquí a cuenta de la mitomanía anillesca.
Al bajar del autobús de inmediato una mujer se hace cargo de nosotros. Se trata de una visita muy muy controlada, y no está permitido separarse del grupo ni un negro de uña. Esto es bastante engorroso a la hora de sacar fotografías sin nadie delante. Especialmente enfadosas son estas tres chicas que podrían ser de Indonesia y que se quedan siempre las últimas para hacerse selfies sin parar. No les interesa lo más mínimo el sitio, sino demostrar a familiares y conocidos que han estado aquí. A juzgar por el número de fotos que han hecho, su parentela debe de ser innúmera.
Casa de Hobbit
Casa de Hobbit
Casa de Hobbit
¿Seguimos la partida?

Puertas redondas
Señores, sírvanse
El plató se halla ubicado en torno a un lago, y consta de dos partes: el pueblo, con sus casas de puerta redonda enterradas en la ladera, y la taberna del Dragón Verde. La zona del pueblo está muy cuidada, con utensilios a las puertas de las casas e incluso ropa tendida a secar, todo en formato diminuto; se diría que los hobbits han salido y van a regresar de un momento a otro. Para los que han leído el libro o visto la película el sitio debe de ser la caña. Para quienes no, pues nos deja fríos. Inari es el único niño del grupo, y como era previsible se aburre como una ostra. Como al fin y al cabo su madre es la interesada en la visita, me toca hacer de guardés. Durante una parada particularmente larga nos ponemos a jugar al borde del camino, y eso nos cuesta una pequeña reprimenda por parte de la guía, quien nos dice así que estropeamos la hierba. Pensé que al organizar el sitio habrían tenido en cuenta a los locos bajitos, pero ya veo que no. Con razón los dejan entrar gratis.
La otra parte del poblado
La casa de Bilbo
El lago
El puente
El Dragón Verde por fuera
Pescando
El Dragón Verde
Finalmente nos llevan al Dragón Verde. Allí nos tomamos una cerveza gentileza de la casa y algo de comer, que pagamos nosotros. La verdad es que el local está muy conseguido, y resulta muy acogedor. Cuando Peter Jackson, que andaba buscando una localización para rodar, venció los reparos iniciales del dueño de los terrenos, este le puso como condición que los decorados no fueran de cartón piedra, sino duraderos. De esta forma se aseguraba los beneficios de explotación posteriores que, a juzgar por lo que vemos, no tienen que envidiar a los de la película en sí. Realmente la vista para los negocios de algunos es asombrosa.
Interior de El Dragón Verde
Redondas ventanas
Exterior
Pescado
De regreso a la auto completamos el almuerzo y nos ponemos en marcha. A los pocos kilómetros cruzamos Matamata. Al pasar junto a la Oficina de Turismo descubrimos que ha sido construida al estilo hobbitonesco. De esta forma un lugar anodino, solo interesante para las vacas, se transforma, por obra y gracia de la imaginación y del cine, en un lugar de culto y peregrinación para gente del mundo entero.
Nos dirigimos hacia el Norte, en dirección a la Península de Coromandel. Como apenas nos quedan días, hemos estado tentados varias veces de descartarla, pero al final han podido más las ganas. El navegador nos lleva por lo que parecen carreteras secundarias, a través de una serie de cruces bastante desconcertantes. La calzada no es muy ancha, y en determinado momento un camión que viene a toda castaña y en sentido contrario, al estilo El Diablo sobre Ruedas, está a punto de sacarnos fuera.
Cerca de Thames cruzamos el río Waihou y la Península de Oeste a Este. El terreno resulta ser muy montañoso, y la carretera una continua e inacabable curva. La conducción resulta tan fatigosa que hacemos una parada en Tairua y, ya de paso, llenamos gasoil. Tiene este pueblo un lugar autorizado para autos en el istmo arenoso que une Paaku, una antigua isla volcánica, con la tierra firme. Dicha isla prácticamente cierra un estuario arenoso que se llena y se vacía al ritmo de las mareas. Pero nuestro destino de hoy no está aquí, sino 27 kilómetros más arriba, en Hahei.
Costa de Hahei
Gaviota en Hahei
Una vez llegados al pequeño pueblo, lo rodeamos hasta donde termina la carretera, en un parking sobre los acantilados. De aquí arranca la senda peatonal que en media hora te planta en Cathedral Cove. La ruta se hace fatigosa por las continuas subidas y bajadas, y a medio camino encontramos un bosque-memorial recién plantado en recuerdo de los que dieron sus vidas en Gallipoli. En un país nuevo, prácticamente sin historia, resulta curiosa la importancia que adquieren los acontecimientos; La famosa masacre, ocurrida hace ahora cien años, parece estar tan presente en la vida de los neozelandeses que parece que hubiera sucedido ayer.
Cathedral Cove
Cathedral Cove
Cathedral Cove
Cathedral Cove
Aunque a estas alturas deberíamos estar saturados, la playa nos impresiona. Hay una gigantesca formación rocosa en forma de arco (de ahí el nombre), pero como está la marea alta no podemos acceder al otro lado. De nuevo los acordes de Michael Nyman parecen amenizar tan salvaje belleza.
Está atardeciendo, y el sitio prácticamente vacío. La nota discordante la ponen dos chavales de veintipocos años. Está con ellos una chica, y deben de estar compitiendo por sus favores al más puro estilo primate, a juzgar por el repertorio de cabriolas, berridos y pantomimas varias con que nos obsequian. Además, debemos ejercer una atracción irresistible, porque cuando nos vamos hasta un extremo de la playa nos siguen; acto seguido vamos hacia el otro y aquí se vienen también. Traen unas mochilas que, desconfiadamente, mueven con ellos conforme se desplazan. Querrán quedarse a pernoctar y tratan de echarnos cuanto antes de su dormitorio.
Cuando llegamos a la auto ya es noche estrellada. Hay cuatro plazas delimitadas para autocaravanas, pero ahora mismo solo estamos una familia oriental y nosotros. Luego, en el aparcamiento de turismos, se ven algunas camper. Supongo que la temporada baja y todo eso.
Luego, el frío y el silencio se apoderan del momento. Y si aguzas el oído allá abajo, en los acantilados, alienta el latido del mar.

Kilómetros etapa: 183
Kilómetros viaje: 4.807

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domingo, 13 de noviembre de 2016

Haere mai. Un viaje a Nueva Zelanda (25)

15 de agosto
Temperatura al amanecer: 5º C
Hay un momento en todo viaje en que uno flota en una especie de ingravidez no física, pero sí mental: llevas tanto tiempo fuera de casa que ya ni recuerdas cómo empezó todo. Deja de preocuparte lo que te queda por delante o lo que dejas irremisiblemente atrás. Disfrutas de un instante que no tiene parangón ni ramificaciones futuras. Es lo más parecido a la dicha que puedo encontrar; pero no se trata de una felicidad pasional y desatada sino dulce, tranquila, fabricada de pequeñas cosas. Estoy vivo, estoy aquí. Y tengo la suerte de despertarme por segunda vez a la vista de unos volcanes nevados que elevan el horizonte más allá de las aguas del lago. ¿No es suficiente?
Salimos por la nacional 5 en dirección Rotorua. Vamos con prisa porque hay que llegar a Wai-o-Tapu antes de las diez. Pasamos junto a todos los sitios que vimos ayer en este peculiar y maravilloso sitio. Durante buena parte del camino vamos inmersos en una espesa niebla que no es sino el vapor que desprende el suelo caliente.
El motivo de nuestra prisa tiene nombre, y se llama Lady Knox; aunque el tratamiento despiste no se trata de una mujer, sino de un géiser. 53 kilómetros, aparcamiento y a recepción. Para nuestra sorpresa nos explican que lo del géiser no es aquí, sino a tres kilómetros. Vuelta a la auto, carreras con la lengua fuera, que nos lo perdemos. Al final sí que llegamos a tiempo para oír las explicaciones. Por lo visto el géiser tenía sus propios horarios, pero han aprendido a domesticarlo con ayuda de jabón: una bolsa de papel con uno o dos kilos de este producto es suficiente para que se levante una columna de agua hirviendo de veinte metros de altura. Por lo visto este truco fue descubierto por casualidad: un grupo de presos que trabajaba en la zona venía aquí a hacer la colada. A uno de ellos se le ocurrió meter ropa y jabón dentro del géiser como si fuera una lavadora de carga superior y, sin comerlo ni beberlo, obtuvo el resultado descrito.

Explicando el Lady Knox
Lady Knox en acción
Lady Knox en acción
Hay mucha gente en la exhibición (parece que este lugar está incluido en lo que ya llamo el Circuito Chino), pero la mayoría se marcha enseguida, así que nos quedamos prácticamente solos contemplando cómo el chorro oscila, pierde potencia y súbitamente vuelve a empezar.
Visto el géiser, regresamos al primer aparcamiento y entramos en Wai-o-Tapu. Wai en maorí significa agua, mientras que tapu equivale a sagrado o prohibido. Podría pensarse que al tratarse de una zona geotermal será parecida a la que vimos ayer, pero no: Waiotapu se parece más a Marte que a la Tierra, con toda una amalgama de colores, texturas y olores. Nos acordamos y nos reímos de la famosa frase de Hugo Chávez cuando compareció en la ONU allá por septiembre de 2006, un día después de que lo hiciera George Bush:  "El diablo está en casa. Ayer el diablo vino aquí. En este lugar huele a asufre". Si para el fallecido presidente venezolano Bush junior era el diablo, tengo curiosidad por saber qué calificativos reservaría a quien ahora mismo es fuente de preocupación para todo el planeta, el ínclito Donald Trump.

Azufre en la vegetación
Wai-O-Tapu
Wai-O-Tapu
Lagarto a la motosierra
Fumarolas en Wai-O-Tapu
En los paneles te indican la posibilidad de realizar un recorrido básico que puedes completar con otros dos. Nosotros, naturalmente, elegimos la opción más larga, lo que hace que terminemos bastante cansados. El punto de retorno lo marca una escultura magistralmente labrada con motosierra que representa un gigantesco lagarto. La madera procede de un árbol centenario que cayó en este mismo sitio y, como otras muchas veces, me planteo por qué habrá países donde se valora tanto a los árboles mientras que en otros, por sistema, se los maltrata y desprecia.

Formaciones cálcicas
Azufre bajo el agua
La laguna del champán
Pareciera que un pintor gigante hubiera dejado por aquí los materiales
Vuelta a la auto y almuerzo del mediodía. Habíamos pensado en acercarnos de nuevo a unas piscinas termales, pero tengo la sensación de que ayer abusé del tiempo metido en el agua y me encuentro un poco raro, así que desistimos. Nos ponemos en marcha dirección Rotorua. De camino y a la derecha dejamos el Monte Tarawera, un volcán activo cuya última erupción tuvo lugar en 1886, durante la que fueron destruidas las Terrazas Rosas y Blancas, un monumento natural originado a base de carbonato cálcico similar al de Pamukkale, en Turquía. Sabiendo esto, resulta increíble que en Rotorua vivan ahora mismo cincuenta y seis mil personas, y en la comarca más del doble. Supongo que todos viven mentalizados de que, antes o después, tocará salir corriendo.
Hojeando la guía nos damos cuenta de que en la ciudad y alrededores hay una miríada de cosas que, por cuestión de tiempo, no podremos ver. Lo que sí hemos descartado con antelación es la experiencia cultural maorí: este tipo de actividades, por muy interesantes que sean, no dejan de estar enfocadas al turismo y acaban siendo una guirada. Además, tengo entendido que a todos los varones los sacan a bailar la haka. Y pagar una pasta para a continuación hacer el canelo, por muy étnico que sea, pues no me pone.
De manera que pasamos de largo y buscamos la estación de vaciado. En Campermate hay quien se queja de que este sitio huele mal. No te fastidia, como que está junto a una estación depuradora. Pero resulta que el lugar habilitado para dormir cae en otro lugar, es que hay gente pa tó.
A continuación toca súper y la visita al Kuirau Park que nos recomendó el chileno. En 2003 una erupción cubrió de barro gran parte del mismo, árboles incluidos. Cuando hablamos de erupciones inevitablemente pensamos en grandes conos volcánicos; imagino que aquí el barro saldría de estas mismas pozas que ahora desbordan agua hirviente. De hecho, toda la zona Noroeste de Rotorua da la sensación de sustentarse sobre un inmenso caldero. El vapor sale de todas partes, incluidas las alcantarillas, y el olor a azufre es omnipresente. Me pregunto qué efectos tendrá sobre la salud de quienes viven aquí de forma estable.

Kuirau Park
Kuirau Park
Kuirau Park
Mientras Inari y su madre se quedan en un parque infantil, me voy a dar una vuelta y a sacar fotos. Entonces reparo en un coche que ha invadido la zona de césped. El vehículo tiene muy mala pinta, pero la de los cuatro tipos que hay dentro es aún peor. Dos chicos muy jóvenes que están fuera del vehículo se acercan y alejan alternativamente. Hablan con los del coche, como pidiéndoles algo. Opto por cambiar de rumbo y alejarme.
Cerca de las pozas hay un par de piscinas poco profundas. Han llegado varios autobuses turísticos y aquí está todos, con disciplina oriental, dándose un baño de pies. Bego decide sumárseles, así que vamos Inari y yo a la auto en busca de una toalla. No tardamos ni diez minutos, pero cuando regresamos los turistas han desaparecido, y están en cambio los dos adolescentes que trapicheaban con los macarras del coche. Ambos tienen la piel muy oscura. Bego se halla en trance de mantener con ellos buen rollito, pero está claro que la situación dista de tener buena pinta. Se seca, se calza y regresamos al parque infantil. Como no me fío de los susodichos, me quedo dentro de la auto. Está oscureciendo, y de repente me doy cuenta de que todo el mundo se ha marchado, y de que no hay más vehículos en el aparcamiento. Oscureciendo y turistas solos: la presa perfecta. Por el retrovisor no pierdo de vista a los dos chavales, quienes a su vez  me hacen gestos porque saben que los vigilo. Son macarrillas suburbiales, carne de cañón para dentro de unos años, pero a los que aún les queda cierta ternura adolescente. También deben de conservar algo de la invisibilidad del cazador y la astucia del guerrero, porque me distraigo un segundo y de repente los tengo al lado. Pasan junto a la auto ostentosamente, fingiendo ahora no verme, y cada dos por tres cambian de puesto de observación; es como si tuvieran el baile de San Vito. Hacen amago de ir hacia donde están Bego y mi hijo, y bruscamente me sube la adrenalina: si se acercan no me quedará más remedio que bajar, y entonces las consecuencias pueden ser imprevisibles. Bego, que también se ha percatado de la maniobra, se viene con Inari a la auto. Arrancamos mientras nuestros amigos se despiden con gestos burlones y ambiguamente amenazadores.
De modo que salimos de Rotorua bastante tristes. La situación recién vivida tiene que ver, pero también es por deformación profesional: ambos somos profesores de Secundaria, y estamos hartos de lidiar con chavales que, al igual que estos, tienen todas las de perder en el circo de la vida. Entonces tú, con tus limitados medios, intentas encarrilarlos, o ayudarlos, o darles algún tipo de esperanza. Y entonces sufres por la frecuencia con que los pierdes y se te escapan de las manos, y a continuación te toca asistir a su descenso a los infiernos. En este caso, nos preguntamos hasta qué punto puede tener que ver su origen racial con su desgracia porque todos los golfillos de calle que hemos encontrado hasta ahora eran maoríes o polinesios. Intuyo una Nueva Zelanda oscura que no sale en las guías turísticas y a la que no ha redimido el estado del bienestar.
Mañana queremos visitar el Hobbiton, y como pretendemos aprovechar el día pues conviene aproximarse ahora. Recorremos 65 kilómetros hasta Horahora Domain, un área situada a orillas del Waikato. Este río es bastante curioso: nace, como he dicho, en el Lago Taupo. Discurre  hacia el Norte y hacia el Oeste trazando enormes zetas. Pasa por Hamilton y desemboca finalmente en el Mar de Tasmania. Con sus 425 kilómetros, es el curso de agua más largo de Nueva Zelanda. Aquí lo remansa una presa y forma un embalse denominado Lake Karapiro.
El terreno es bastante llano, de hierba verde y segada. Bajo para cerciorarme de que no oculta barro. Hay cuatro o cinco autocaravanas, pero el espacio es tan enorme que caemos lejísimos unas de otras.
La noche, que dice Neruda, está estrellada y tiritan, azules, los astros a lo lejos.

Kilómetros etapa: 152
Kilómetros viaje: 4.624

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sábado, 12 de noviembre de 2016

Haere mai. Un viaje a Nueva Zelanda (24)

14 de agosto
Temperatura al amanecer: 3º C
La silueta del Lago Taupo recuerda bastante a África. Esta masa de agua tiene una extensión de más de seiscientos kilómetros cuadrados, y ocupa el espacio creado por una gigantesca erupción volcánica que tuvo lugar hace veintisiete mil años. Durante este corto -en términos geológicos- periodo de tiempo, ha entrado en erupción veintiséis veces. Dos de ellas aparecen registradas con los niveles 7 y 8 en el Índice de Explosividad. La de nivel 7 ocurrió en el año 186 de nuestra era, y el volumen del material arrojado alcanzó los 100 kilómetros cúbicos. La del nivel 8 (el máximo en la escala, descrito como apocalíptico) tuvo lugar hace 26.500 años y fue la que formó la caldera. Se calcula que expulsó a la atmósfera más de 800 kilómetros cúbicos de ceniza, lava y rocas.

Lago Taupo con los volcanes al fondo
Avioneta-hidroavión para excursiones aéreas
Impresionantes cifras, sin duda. Sin embargo, también somos testigos de actividad volcánica muy intensa, aunque de menor envergadura: hemos desayunado y, aprovechando el sol, Inari y yo disfrutamos de las vistas del lago desde los asientos delanteros: tal y como predije, volvemos a ver los volcanes pero muy lejos ya, a punto de voltear el horizonte. Justo entonces la furgoneta que está a nuestro lado inicia un metódico balanceo hacia adelante y hacia atrás. Unos chavales que desayunan en el merendero contemplan la escena entre atónitos y divertidos. También me miran a mí, como asombrados de que permita que mi hijo asista a semejante espectáculo. Pero Inari, con sus seis años sin cumplir, no repara en el sutil balanceo. Y, aunque lo percibiera, aún no sabría interpretar la relación existente entre los amortiguadores de un vehículo y las pasiones humanas. Al rato la puerta corredera se abre. Dentro está una pareja muy joven; mientras él se va a hacer sus cosas, ella se queda desayunando. La furgo no es de alquiler sino particular, y es admirable constatar cómo en un espacio tan reducido tienen sitio para todo. También para el amor.
En fin, dejadas a un lado las disquisiciones mecánico-afectivo-sexuales nos ponemos en marcha, que en Taupo hay mucho que ver. Antes de nada nos acercamos al Riverside Park, que está aquí mismo. Sorprendentemente, está permitido entrar en el parque hasta la dump station. En este lugar, aparte de un gigantesco tocón de árbol, hay algo todavía más raro: una papelera. Me planteo depositar en ella la basura aunque no las tengo todas conmigo, porque al lado hay un letrero donde se puede leer: Household waste forbidden. Y a los infractores se les amenaza con una instant fine, multa instantánea. Esto genera entre nosotros un debate de índole filológica: ¿se puede considerar basura doméstica a los residuos generados por una autocaravana? En puridad no, pero ¿a santo de qué sino iban a poner aquí esta prohibición? Porque no me imagino a nadie viniendo hasta aquí desde su casa para deshacerse de una batidora estropeada. Por si acaso y, como siempre, deposito nuestro desperdicios al furtivo modo, no sea que me apliquen la instant fine y salta la receta directamente de la papelera, como si de un cajero automático se tratara.

Craters of the Moon
Piscina de lodo en los Craters of the Moon
Fumarolas en los Craters of the Moon
Fumarolas en los Craters of the Moon
Fumarolas en los Craters of the Moon 

Peligro, el vapor quema

El Tongariro y los otros volcanes desde los Craters of  the Moon
Si el Lago Taupo es África y Tokaanu cae por Johannesburgo, nosotros nos encontramos ahora mismo en Egipto. Y Egipto sin duda tiene mucho que ver: lo primero de todo, los Cráteres de la Luna. En 1950, una amplia zona al Norte de Taupo comenzó a calentarse y a generar vapor. Aparecieron cráteres de lodo hirviendo y otros fenómenos geotérmicos. Al parecer, el acontecimiento fue provocado por la disminución de la presión del agua subterránea debido a la construcción de una central geotérmica en los alrededores. El suelo está tan caliente que para recorrer la zona es menester hacerlo sobre pasarelas de madera, las cuales a menudo hay que mover porque aparecen nuevos respiraderos. El olor a azufre es omnipresente. Esto, unido al vapor de las fumarolas, confiere al lugar un aspecto irreal y fantástico. A la entrada existe un parking vigilado por voluntarios que cobran un precio simbólico. Si hacemos caso de lo que dicen los carteles, este sistema se estableció debido los actos vandálicos que sufrían los automóviles. Vaya, también en Nueva Zelanda cuecen habas, y con más motivo aquí.
Tras un pequeño piscolabis nos vamos para el Volcanic Activity Centre, un poco más al Norte. Pese a su rimbombante nombre, la verdad es que aquí no hay nada que merezca la visita, como no sea la explicación científica de terremotos y volcanes y unas impactantes fotos del seísmo de Christchurch.
La siguiente parada es Huka Falls, también a tiro de piedra. Aquí sí que hay turistas, y es que el espectáculo no es para menos: son tres los ríos (Waitahanui, Tongariro y Tauranga Taupo) que alimentan el Lago Taupo; en cambio tan solo uno (el Waikato) le hace de sumidero. Cuando el agua se comprime en la falla volcánica de las cataratas Huka es como si a una manguera de bomberos le pusieran una boquilla muy pequeña: doscientos veinte mil litros de agua por segundo originan un espectacular caos de espuma, velocidad y ruido. Como aquí se aprovecha todo, un servicio de lanchas rápidas similar a las de Queenstown te acercan hasta la base de la cascada, imagino que con muchísima emoción y poco riesgo.

Huka Falls
Huka Falls
Cuarta y última parada del día: el Spa Thermal Park. Volvemos a Taupo, cruzamos el río y dejamos la auto en el parking. Desde aquí un corto paseo te deja en un riachuelo de abundante y gratuita agua caliente. Hay varias pozas no muy profundas donde puedes sentarte a meditar sobre los placeres de la vida. La verdad es que está bastante caliente, y eso que es invierno. La zona de baño está justo en el sitio donde este arroyo desemboca en el Waikato, y la tentación de entrar en el río para refrescarse es grande, pero hay carteles que avisan: la corriente es tan fuerte que ha habido muertes por ahogamiento.
Entre baño y baño conocemos a un chileno que está con su hijo. Lleva viviendo aquí diez años, vino por motivos de trabajo y se quedó "Llegué con pareja y ahora estoy separado". Vive en Rotorua, y como no vamos a parar allí mucho tiempo nos recomienda que visitemos el Kuirau Park, en el centro de la ciudad.
Spa Thermal Pools
Mortífero río Waikato
Reconciliados con nuestro cuerpo y con el mundo, regresamos a la auto. El día se ha pasado en un suspiro, y toca pensar en la pernocta. El sitio de ayer, aunque tranquilo, no nos terminó de gustar. Consulto Campermate y me parece ver el área de autocaravanas no está donde creímos ayer, sino al lado. Efectivamente, seguimos la coordenadas y encontramos un parking dedicado exclusivamente a autos, tranquilo y a orillas del lago.
¿Qué más se puede pedir?

Kilómetros etapa: 25
Kilómetros viaje: 4.472

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domingo, 6 de noviembre de 2016

Haere mai. Un viaje a Nueva Zelanda (23)

13 de agosto
Temperatura al amanecer: 7º C
Han caído chuzos de punta toda la noche, y la previsión es que siga así hasta mediodía. ¿Qué hacemos?
El plan para hoy era recorrer la orilla de Lago Taupo siguiendo las paredes del antiguo volcán, pero con este tiempo no vamos a ver nada. Por otro lado, tenemos pendiente la visita a las cuevas de Waitomo. Como ya dije, nos caen un poco a trasmano, así que lo mismo nos da ir desde aquí que desde Taupo o incluso desde Rotorua. Por tanto, decidido, hoy tocan luciérnagas. Por si acaso, llamamos por teléfono antes para cerciorarnos de que se encuentran abiertas.
Antes de salir nos sucede el segundo percance autocaravanil: estoy enfrascado en vaciar y repostar y abro la puerta corredera. Como hay algo de inclinación y pesa bastante, se desliza hasta el final de los rieles, solapándose con la la portezuela que protege la entrada de las limpias. He dejado las llaves del vehículo en la cerradura de esta, y cuando quiero darme cuenta la pequeña llave está doblada y partida. Vaya por Dios, disgusto similar al del tapón de las grises. Además, la puertecita de marras ya no encaja de ninguna de las maneras. La aseguro con un trozo de plástico, esperando que aguante.
Caminito de Waitomo
Asumido el disgusto, nos ponemos en marcha para recorrer los 160 kilómetros que nos separan de Waitomo, primero hacia el Oeste y luego hacia el Norte. El paisaje es montañoso, de colinas deforestadas. Al llegar a la SH 4 el tráfico aumenta en intensidad y en la correspondiente proporción de gilipollas al volante. Un todo terreno circula como alma que lleva el diablo nos adelanta en un tramo de curvas. Kilómetros más adelante lo vemos orillado en el arcén; mientras el hombre continúa al volante, impertérrito, una mujer asiste a la niña de unos diez años, que vomita afuera como una descosida. Poco después nos vuelven a adelantar y otra vez, como era previsible, asistimos a la escena repetida de la parada y los vómitos. Desde luego, con padres así para qué quiere uno enemigos.
Hace un rato que ha dejado de llover, y para cuando llegamos a Waitomo parece que quiere salir el sol. Hay bastantes vehículos en el aparcamiento, me pregunto cómo será esto en temporada alta.
Cruzamos la carretera y llegamos al centro de recepción, un edificio de cristal y madera que conjuga la vanguardia con ancestrales tótems. Nos dirigimos a la primera de las taquillas y le preguntamos a la chica, no muy convencidos, que si es cierto que los conductores de Maui no pagan. Resulta ser verdad, menos mal que me he subido el voucher que lo demuestra. Es posible acumular dicho descuento al de los combos, así que compramos entrada para las cuevas de Glowworm y Ruakuri.  Nuestra taquillera tiene un rostro a la vez exótico e indefiniblemente familiar. Cuando ve mi pasaporte nos explica que su madre es maorí, y su padre español. De hecho, esto último lo dice en nuestro idioma, más o menos mispronounced. Justo a tiempo, porque he estado a punto de hacer un comentario no muy adecuado en voz alta, como ocurre muchas veces cuando uno está en sitios donde sabe que no le van a entender.

Tótem maorí
Totem maorí
Tótem maorí
Tótem maorí
Tótem maorí
La entrada al primer recorrido está aquí al lado, así que nos ponemos a la cola en espera de que llegue el guía. Este resulta ser un maorí ya entradito en años, calvo por la coronilla y con largas y abundantes melenas canas en el resto: parece un viejo rockero. Luego es muy campechano y agradable y trasluce, como hemos visto en muchos maoríes, un permanente aire de chanza que recuerda al humor andaluz. Parece que de buenas a primeras va a interrumpir la explicación para decir: "Conosen ustede aquer que dise..." Bromas aparte, imagino lo mal que lo tuvieron que pasar los maoríes cuando la invasión británica, pero si comparamos su situación hoy (inserción social, reconocimiento de su cultura) con la de otras minorías, como los indios norteamericanos o los aborígenes de Australia, hay que reconocer que están muy bien.
En el grupo hay varias familias chinas. Intento mantenerme alejado de ellas, pero resulta imposible: los niños corretean de aquí para allá y arrempujan sin ningún miramiento; los padres desdeñan las explicaciones de nuestro buen guía y hablan a gritos en mandarín. Por suerte, en el embarcadero logramos zafarnos metiéndonos en un bote donde solo van occidentales. El más pedorro de los niños intenta también subir, pero como su familia no cabe lo echan fuera.
El recorrido en barca es breve pero intenso, en absoluto silencio y oscuridad. Una chica de la organización dirige la barca con una pértiga, pero es tan sigilosa que parece que esta se moviera sola por una suerte de Laguna Estigia. Sobrecoge el techo de tan iluminado: son miles y miles las luciérnagas que viven aquí, aunque más parece que estemos asistiendo a la contemplación del cielo estrellado y la conciencia de nuestra propia insignificancia.
Me pregunto qué comen todos estos gusanos de luz en lo más profundo de una cueva. La respuesta la tengo cuando llegamos al desembarcadero: un río entra por aquí. En él viven millones de larvas de mosquito. Cuando una de ellas tiene la desafortunada idea de nacer dentro de la cueva, se ve irremisiblemente atraída por las luces del techo tal vez creyendo, como yo, que son astros siderales. Que donde uno cree que hay galaxias simplemente te esperen bocas hambrientas parece un final de lo más cutre.

Salida de la Cueva de las Luciérnagas
El río que entra en la cueva
Salimos de la cueva y miramos el reloj. Faltan cuarenta y cinco minutos para que nos recoja la shuttle que nos lleve a la cueva de Ruakuri. Como ya es mediodía, nos acercamos a la auto y nos preparamos unos bocatas de emergencia. Luego volvemos a la zona de las taquillas. Aquí hay dos bancos, situados perpendicularmente uno respecto al otro pero bastante separados. Llegan los cinco miembros de una familia china. Los niños se sientan ocupan libre y las dos mujeres, ni cortas ni perezosas, se sientan en el nuestro. El hombre, por su parte, permanece de pie, frente a mí, observándome sin ningún pudor. Tal como estoy sentado, sus partes innobles penden a un metro escaso de mi cara. Intento alejarme de tan perturbadora visión, pero no sé donde mirar porque si levanto la vista hacia arriba y me encuentro con su jeto aumentará la furia que estoy sintiendo a cuenta de su grosero proceder. En este instante me asalta una revelación acongojante: jamás visitaré la Gran Muralla. Me vienen a la memoria las palabras de Javier Reverte en su último libro referentes a los chinos: no es que sean maleducados, es que no tienen ninguna educación, que es distinto. Cuenta que por eso no se asombraban de que él también se abriera paso a codazos cuando se saltaban la cola, sino que se cabreara mientras lo hacía. Tiemblo cuando pienso en el día en que el turismo de esta nacionalidad se generalice y haya que aguantarlos, con sus desaires y sus genitales, por todos los rincones del planeta.
Llega por fin el microbús y subimos a él, chinos incluidos. Yo esperaba conductor, pero es conductora y además jovencísima. Ni ella ni la guía tienen más de veinticinco años, y charlan entre sí con la animación de la juventud. La segunda tiene un defecto en una de sus manos, pero no consigo saber cuál es porque se las arregla para mantenerla siempre oculta. También con nosotros se muestra muy alegre y expansiva, y se dirige a nosotros llamándonos continuamente guys. A mí esta manera informal de tratarnos, bastante usual por estos lares, me descoloca un poco. Que ya tenemos una edad; y que acabamos de conocernos, oiga.

Entrada a Ruakuri
Ruakuri Cave 
Ruakuri Cave
De camino a nuestra cueva paramos en la de Aranui, donde suben dos hombres y una mujer. De ella no retengo rasgos destacables; el que parece su marido, en cambio, luce pelo a lo Jackie Chan, y el que parece su amigo recuerda mucho por los rasgos ascéticos a David Carradine. Antes de meternos bajo tierra, nuestra guía nos da algunos consejos y pregunta por nuestro país de origen. Cuando llega al Pequeño Saltamontes este responde: "China", y pone una cara que yo interpreto como "¿Es que no se nota?" La verdad es que tanto él como la pareja amiga me caen bien, se muestran muy discretos y hacen gala de un comportamiento bastante menos arrabalero que sus paisanos aquí presentes.
La entrada a Ruakuri se efectúa por una rampa en forma de caracol que desciende quince metros. Nuestra guía abre una enorme puerta cerrada con código y a continuación nos adentramos en un laberinto imposible de túneles, pasarelas, cascadas subterráneas y luciérnagas. Allí donde las estructuras de caliza están muy próximas, un sensor de proximidad avisa para que no andes toqueteando lo que no debes.

Gusanos de luz
Gusanos de luz
Gusanos de luz
El recorrido es bastante más largo que el de la primera cueva, y sería fácil perderse de no ir acompañado. Nuestra guía ejerce un control discreto sobre el grupo, procurando que nadie se quede retrasado, pero sin agobiar. Es tan comunicativa que hasta yo me atrevo a hacerle alguna pregunta, a la que responde de corrido como si yo manejase la lengua de Shakespeare desde mi tierna infancia. Pero no me importa, porque ya me tiene ganado. En el grupo hay una pareja de norteamericanos algo mayores que nosotros. Les oigo hablar con la guía acerca de Trump. Si entender gran cosa, resulta evidente que entre los tres le están poniendo a caldo.

Ruakuri
Fósil de concha en Ruakuri
Ruakuri
Hora y media después finalizamos el recorrido. Hay quien dice que la cueva está hechizada. No sé si llega a tanto, pero es cierto que sales de aquí con una sensación particular. Justo donde empieza la rampa en forma de hélice, en el centro, hay una gran piedra sobre la que se desploma desde las alturas un chorro de agua. Por lo visto, es costumbre lavarse las manos al salir para limpiarse del tapu. Además de las manos, yo me mojo la cara, las orejas, la nuca. Percibo miradas de censura pero me da igual, soy feliz con estas pequeñas libertades.
Volvemos a la superficie. Cuando subimos al autobús, la familia china ya ha ocupado nuestros asientos. Paramos de nuevo en Aranui para que bajen Jackie Chan, su amigo y su mujer, deben de tener por ahí el coche. Al salir se despiden educadamente y a mí me da pena de que se vayan, pues me hacen concebir esperanzas respecto a su nación, y también recordar que gente de toda laya la hay en todos sitios.
Ya en el centro de recepción, Inari y yo hacemos una excursión a la tienda de recuerdos. Es bastante cara, pero un día es un día:  compro una guía de localizaciones del rodaje de El Señor de los Anillos, un libro infantil y un CD de música maorí titulado HAERE MAI, con el que estrenamos el equipo de música de la auto. En las canciones contrastan las angelicales voces de aire hawaiano del St Joseph´s Maori Girls´College con las atronadoramente guerreras, más propias de la haka, de los mozos del Te Aute College. La primera, He Puru Taitama, parece la versión original de una canción popularizada por nuestros lares por un grupo musical infantil.

Camino del mirador
Haere mai es cuando llegas, y Haere ra cuando te marchas
Nos marchamos, no sin antes subir hasta un mirador desde el que se contemplan el pueblo y las colinas circundantes.
Volvemos por el mismo camino de la venida hasta Te Kuiti, y aquí nos desviamos hacia la orilla Norte del lago. Hace rato que se ha hecho de noche, y los 150 kilómetros sin pueblos y sin apenas tráfico se hacen interminables. De vez en cuando, en las colinas, vemos fantasmales luces. Proceden de las ventanas de las granjas que, como no tienen postigos ni persianas, se divisan a kilómetros.
Finalmente llegamos a Taupo. Cruzamos la ciudad y damos enseguida con el aparcamiento, junto al puerto deportivo, que se halla abarrotado de furgonetas y vehículos variados. Teóricamente es un parking para self-contained, pero parece que hacen la vista gorda, al menos en temporada baja.
Noche estrellada, silenciosa. Con luciérnagas.


Kilómetros etapa: 314
Kilómetros viaje: 4.447

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