miércoles, 12 de octubre de 2016

Haere mai. Un viaje a Nueva Zelanda (19)

9 de agosto
Temperatura al amanecer: 1,5º C
Amanece sobre la Golden Bay, el lugar donde en 1642 Abel Tasman tuvo el primer encuentro -léase encontronazo- con los maoríes. Este hombre figura en los libros de historia como el descubridor de Nueva Zelanda. Sin embargo, a día de hoy parece probado que el  primer europeo que arribó por estos lares fue el murciano Juan Fernández en 1576. Ítem más: un  investigador neozelandés llamado Winston Cowie está convencido de que fue la nao San Lesmes (desaparecida en el Pacífico durante la expedición de El Cano de 1525 a las Molucas) el primer barco occidental en llegar a Aotearoa. El propio Cook se encontró con algunos nativos que eran "casi tan blancos como los europeos, y algunos pelirrojos" Y escuchó también las historias de maoríes que explicaban que algún hombre blanco había llegado a Wellington, donde se había casado y tenido un hijo con una mujer maorí. Incluso hay documentadas media docena de palabras en lengua maorí que parecen calcadas del castellano.
Dejando a un lado disquisiciones histórico-filológicas nos desplazamos hasta Farewell Spit, un banco de arena o restinga que constituye el punto más septentrional de la isla. A 4 kilómetros de donde hemos dormido está el Cafe overlooking Farewell Spit, ahora mismo cerrado. Dejamos la auto en el aparcamiento y seguimos una ruta señalizada que atraviesa verdísimos prados. El suelo que hay debajo es todo arena, quién lo diría. Encontramos muchas ovejas y también unos ejemplares de anátidas muy curiosos que ya hemos visto en varias ocasiones. Van siempre en pareja, pero el macho y la hembra son tan distintos que podrían pertenecer a especies diferentes.

Golden Bay al amanecer
Ovejitas curiosas
El terreno se eleva gradualmente y aparecen árboles, algunos de una talla enorme. Un sendero que desciende entre arbustos nos lleva a la orilla Norte de la península, playa amplísima y desierta. El sol, la calima, el sonido del mar... Inevitable no recordar la película El Piano y la música de Michael Nyman, que se encaja como un dardo dentro del corazón. Caminamos en dirección Este durante unos mil metros, atentos a no pasarnos el camino que debemos tomar. Localizado este, nos adentramos en una zona de dunas, y toca dar un par de rodeos porque la zona se halla inundada. Luego, entre praderas y pinos, alcanzamos la orilla de la Golden Bay y, siguiéndola hacia el Oeste, completamos el circuito llegando hasta donde dejamos la autocaravana. En total, unos cinco kilómetros y medio.

"Qué claridad...
...de playa...
...al mediodía"
Un piscolabis y nos movemos hacia Wharariki Beach, a cuyo aparcamiento se llega siguiendo una pista de grava de 6 kilómetros. Hoy es día andar: hasta la playa son veinte minutos a pie. Sorteamos las alambradas mediante unas curiosas escaleras y cresteamos por dunas cubiertas de hierba. Traíamos leído que la playa se puede admirar un arco de piedra, pero debe de ser con la marea baja, porque no lo vemos por ningún lado. Ídem para las crías de león marino que se es posible ver en algunas fotos. Nos contentamos pues con el paisaje de dunas e islotes, y los descomunales ribazos que marcan en la arena el descenso de las grandes mareas. Paisaje del fin del mundo (no en vano está aquí al lado el Cape Farewell) que para nosotros es de despedida de esta maravillosa isla.

Curioso contraste de prados con ovejas y palmeras
Wharakiri Beach
Wharakiri Beach
Marea alta en Wharakiri Beach
Dunas en Wharakiri Beach
Atasco ovejil
¡Sorpresa!
Escalera salvaalambradas
Antes dunas, ahora prados
Clonación
En el aparcamiento un pavo real sigue a la gente en busca de comida, y una pareja de jóvenes se hace fotos con él. Comemos y, sin sobremesa ni nada, partimos rumbo a Takaka. Una hora hasta esta localidad, y otras más hasta Motueka a través del ya conocido y terrorífico puerto de montaña. En la primera hacemos escala para el consabido vaciado de grises y negras, y en la segunda para llenar limpias y echar gasoil (0,98, el precio más bajo de todo el viaje). Rodeando la estación de servicio hay varios establecimientos, y entro a pagar en una tienda de repuestos que no tiene nada que ver con la gasolinera. Subsanado el error, la dependienta me pregunta que de dónde venimos y yo, abotargado como estoy por dos horas de conducción, apenas si acierto a responderle con un inglés encasquillado.
Para coger el agua volvemos al puerto, donde dormimos ayer. El autobús con estufa de leña ha desaparecido. En su lugar hay dos autocaravanas particulares de marca alemana. De una de ellas desciende una anciana y, al ver que hemos aparcado junto a la toma de agua, viene con una botella de agua mineral de 0,33 y la llena mientras nos mira con cara superagria. Supongo que es su forma de reivindicar la propiedad del grifo. Esta curiosa avaricia de los autocaravanistas por los puntos de agua corriente la he visto con sorprendente frecuencia, sobre todo en Francia. Será que con los grifos de sus vehículos no tienen suficiente.
Por suerte para la señora, nuestros planes no son quedarnos, sino contornear la bahía hasta Nelson, adonde llegamos oscureciendo. Previamente hemos localizado el Countdown en el navegador, y nos vamos a él derechos. Me doy cuenta de que las compras están ocupando una buena porción de horas de este viaje. O será que, como vamos a todos lados con prisas, se me hacen más largas que de ordinario.

Hacia Nelson
En un primer momento habíamos pensado en pernoctar en Nelson, pero los comentarios relativos a youngsters, pedradas y hostigamientos varios nos hacen desistir. Valoramos algunos sitios cercanos a Picton, pero se encuentran demasiado lejos para ir hasta allí a oscuras. Finalmente nos decantamos por un lugar denominado Brown River, junto a la localidad de Rai Valley y a 46 kilómetros de Nelson siguiendo la sempiterna SH 6. A la salida de la ciudad acometemos un tortuoso puerto de montaña aderezado por un pesao empeñado en que nos salgamos de la carretera para que pase él. El frío, como de costumbre, arranca helados destellos al asfalto. Finalmente llegamos sin novedad al cruce de la estatal 6 con Opouri Road. El lugar de pernocta se halla junto al río, y a oscuras da un poco de calofrío bajar hasta allí. Un admonitorio cartel avisa de que no se puede utilizar el sitio en caso de lluvias fuertes, por el peligro de inundación. En cuanto al suelo de hierba, está tan blando y ofrece tan poca confianza que dejamos las motrices en el camino de grava. El silencio de la noche es roto por los grandes camiones que rugen al acometer el puerto. Fuera está oscurísimo, y hace un frío que pela.

Kilómetros etapa: 218
Kilómetros viaje: 3.545


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domingo, 9 de octubre de 2016

Haere mai. Un viaje a Nueva Zelanda (18)

8 de agosto
Temperatura al amanecer: 0,5º C
Hemos dormido aquí media docena de autocaravanas, entre ellas un autobús adaptado. Con esto no me refiero a una de esas lujosísimas casas rodantes con salón ampliable, sino a un simple autocar, más que viejo tirando a cochambroso. Hemos visto algunos en la Isla Sur, y nos encontraremos muchos más en la del Norte. Lo más curioso de todo es el tubo metálico que sobresale del techo: no se trata de la clásica salida de humos de la cocina ni del agujero de ventilación del baño, sino de una chimenea pura y dura: como para confirmarlo, al cabo de un rato empieza a soltar gran cantidad de humo negro como si dentro, efectivamente, hubiesen encendido fuego. Cuando veo circular por nuestros lares los camiones y furgonetas made in uno-mismo que homologan en Alemania alucino, pero este vehículo supera todo lo imaginable. Al recordar cómo me las hicieron pasar cuando instalé la suspensión neumática trasera, trato de imaginar qué ocurriría si me presentase en la ITV con un trasto así: "Buenas, que yo venía a..."
Cuando nos levantamos la marea está baja, y el sol, que de nuevo luce esplendoroso, arranca destellos  cegadores a las aguas de la Tasman Bay. Al otro lado se divisa nítida la cadena de montañas que hay detrás de la ciudad de Nelson.

Tasman Bay desde Motueka
Tasman Bay desde Motueka
Antes de partir descubro un grifo en el aparcamiento. Llenamos sin poder vaciar, aunque no importa, ya lo haremos en Takaka. Esta localidad dista de Motueka 60 kilómetros que tardan en recorrerse una hora. El motivo es que, aunque comienza en llano, la carretera enseguida se encabrita para ascender Takaka Hill. Las curvas son de ciento ochenta grados, con unos desniveles del copón. Suerte que, con el cambio automático, el motor se las apaña solo y no tengo que andar cambiando continuamente de marchas. Hay hielo en las cunetas, pero por fortuna el asfalto está limpio (no quiero imaginarme lo que será circular por este tobogán con el suelo congelado). Como en toda carretera de montaña neozelandesa que se precie, en algunos sitios parte del firme se ha precipitado al abismo, y encontramos un par de puntos con circulación alterna donde lo están reparando.
Nuestra idea era visitar las Cuevas de Ngarua, que están en lo alto de las colinas, pero al llegar descubrimos que en invierno solo abren sábado y domingo, y hoy es lunes. Proseguimos y afrontamos el igualmente vertiginoso descenso hacia Takaka. Yo me imaginaba en Abel Tasman como un sitio montañoso. Y lo es, pero se combinan las alturas con valles fluviales absolutamente llanos. Los pueblos, por descontado, están abajo.
Al llegar a Takaka nos topamos con el Centro de Información. El objetivo al parar aquí es doble: por un lado, usar su Dump Station. Por otro, preguntar el camino hacia la Rawhiti Cave y pedir consejo si podemos hacer la ruta con un crío de seis años. Nos dicen que no hay problema. Primero tenemos que ir hasta Motupipi, y a partir de aquí seguir las escasas indicaciones (nos equivocamos una vez). Yo esperaba un buen acceso y un aparcamiento asfaltado. En lugar de eso, nos internamos por el cochambroso camino que atraviesa una finca particular, abrimos y cerramos una portera y estacionamos la auto en un escueto espacio segregado de los prados adyacentes. Tan rural es todo que hay que tener cuidado para no pisar mierda de vaca.

Helechos arborescentes
Palmeras y bosque
Palmeras en la subida a Rawhiti Cave
Palemeras contra el sol
Bosque primigenio
La primera parte de la ruta a pie es la más llevadera, pues se trata de un camino accesible que, a través de la densa vegetación, sigue el curso de un arroyo seco (pensé que se hallaría sin agua por ser invierno, y que la cogería con el deshielo, pero por lo visto se llama así, Dry River). Al cabo de un rato, la senda comienza a faldear y a elevarse en zigzag, con pasos realmente comprometidos. Ahora comprendo por qué la guía la describe como "Empinada a trechos y peligrosa con la lluvia". Gracias a las raíces, que retienen el terreno, la vía es aún practicable, aunque a veces haya que ponerse a cuatro patas y/o ayudarse de las lianas para poder subir. Siento un poco de aprensión, porque nunca habíamos estado con Inari en un lugar de dificultad semejante, seguro que hoy lo graduamos de montañero. Topamos con un gran árbol que se ha desplomado sobre el camino, y si queremos seguir no queda otra que trepar por las raíces. Estamos agotados y no sabemos si el tramo que nos queda estará practicable o no. Más por cabezonería que otra cosa, seguimos. Finalmente, al cabo de una hora, entre la verdura divisamos una alta pared de roca. Hemos llegado.
Rawhiti Cave es una cueva realmente curiosa. La entrada  es enorme (veinte metros de alto por cuarenta de ancho), y las estalactitas se han formado mediante un proceso bio-geológico denominado fitokarst: el carbonato de calcio se deposita sobre los musgos y los helechos y estos determinan la forma y dirección de las estructuras calcáreas (por eso las más gruesas se hallan a la entrada de la cueva y, además, se curvan hacia la luminosidad exterior). Unas escaleras parecen descender hacia la boca misma del infierno. Cae muchísima agua del techo y, pese a venir asfixiados de la subida, toca ponerse los impermeables.

Rawhiti Cave
El sol de invierno penetra en Rawhiti Cave
El sol de invierno penetra en Rawhiti Cave
La cueva estuvo en manos privadas hasta el año 2000, fecha en que pasó a ser propiedad del Heritage New Zealand. Cuando era propiedad particular, el dueño organizaba visitas guiadas, y muestran aquí una foto relacionada con tales eventos. Miro la imagen en la que se ve a nueve hombres y tres mujeres, todos vestidos como si fueran a dar un paseo en tílburi (supongo que por entonces el camino se hallaría en mejores condiciones, porque no me los imagino ataviados de esa guisa trepando por el camino de cabras que nos ha traído hasta aquí). A la derecha son visibles algunos vasos; es que el cicerone preparaba té a los visitantes con el agua que cae del techo: todavía es visible la pequeña cavidad que excavaron para recogerla. A estos se los ve satisfechos y sonrientes, complacidos en su juventud. Parece la foto sacada de un Facebook de hace cien años. Por un instante pasa por mi cerebro la idea de que hace mucho que están todos muertos. Me pregunto qué ocurrirá cuando las redes sociales se llenen de cadáveres, zombies risueños e impasibles vagando para siempre jamás por el mundo virtual.
La cueva es fantástica y, sin embargo, al cabo de un rato comienza a parecerme opresiva. Se está mejor afuera, entre el verdor del valle. Rawhiti significa en maorí amanecer, y el nombre se debe a que se halla orientada al Este. En invierno los rayos del sol penetran hasta el fondo de la cueva, alimentando a un tipo de algas que sobrevive al límite de la fotosíntesis.

El descenso
El descenso
De regreso podemos observar la vegetación más tranquilamente. Están los helechos arborescentes y junto a ellos, casi confundiéndose, un tipo de palmera muy primitivo. Da la sensación de que de un momento a otro vamos a encontrarnos con un dinosaurio. Luego hay árboles más modernos, algunos de tamaño descomunal, y muchísima flora arbustiva.
Aparcamiento rural
Llegados a la auto nos movemos hasta Labyrinth Rocks, a 6 kilómetros de distancia, y tras comer lo visitamos. Básicamente se trata de eso: un curioso laberinto de rocas. Por todas partes hay pequeños juguetes que dejan aquí los niños. Ignoro el motivo, pero a mí me produce algo de pena ver estos muñecos abandonados. Supongo que tiene que ver con lo que suponía para nosotros, de pequeños, perder algún juguete. Ahora, en pleno consumismo triunfante, no se valoran tanto.

Labyrinth Rocks
Labyrinth Rocks
Labyrinth Rocks
Mientras redacto estas líneas al ordenador cotejo mis recuerdos con mapas, fotos e información. Reparo en que cerca de de aquí está la Grove Scenic Reserve que, a juzgar por las imágenes, es un sitio mucho más interesante. Es el precio que se paga por no traerse uno el viaje estudiao: en ocasiones te equivocas y eliges mal, aunque también sobre esto habría mucho que decir. En cualquier caso, no puede darle a Rewind y modificar esta experiencia, que ya se quedará así para los restos.
Cae la tarde y es momento de pensar en la pernocta. Mañana, como despedida, nos gustaría llegar a la punta Norte de la isla, así que cruzamos Takaka y, bordeando la costa, localizamos en Campermate un sitio entre Pakawau y Puponga. Llegamos a punto de oscurecer. Un cartel en la orilla advierte de que estamos en una zona de descanso de pájaros, que por favor no molestemos. Hay mucho silencio, y por la carretera no pasa nadie. Estamos solos.

                            
Kilómetros etapa: 123
Kilómetros viaje: 3.327

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domingo, 2 de octubre de 2016

Haere mai. Un viaje a Nueva Zelanda (17)

7 de agosto
Temperatura al amanecer: 2º C
60 kilómetros al Norte de donde hemos dormido está el Valle del Oparara, lugar sin duda idílico, con grandes arcos calcáreos y misteriosas cuevas. Pero nosotros no lo conoceremos, al menos en este viaje. El tiempo, eterno enemigo, nos dice que debemos cruzar la isla y enfilar hacia Picton, donde nos espera el ferry. Sin embargo, aún tenemos pendiente el Abel Tasman National Park; marcharse sin visitarlo equivaldría a un disgusto mayúsculo. De manera que, en cuanto llega una hora a la que imaginamos están abiertas las oficinas, llamamos para cambiar la fecha de embarque, y del 9 lo pasaremos al diez. Nos atienden enseguida, y en menos de un minuto está hecho el cambio. ¡Viva la profesionalidad!
Bajamos hasta Wesport para la compra que no pudimos realizar ayer. Mientras Bego va al súper, Inari y yo llenamos y vaciamos en una Dump Station situada en el propio aparcamiento. Así da gusto. Lo que no hay, en cambio y para variar, son papeleras ni contenedores.
Conforme salgo del casco urbano y adquiero velocidad empiezo a oír un clac-clac sospechoso, y caigo en la cuenta: he dejado sin poner el tapón de las grises (para los malpensados: se trata de un simple cierre protector; para soltar el agua es preciso además abrir una llave). El sobredicho tapón va asegurado con una cadenilla, y ahora mismo está rebotando contra el asfalto. Por descontado que no hay a la vista ningún lugar donde apartarse, así que circulo lo más despacio que puedo durante unos cientos de metros. Para cuando consigo detenerme ya es demasiado tarde: la pieza ha volado. Maldiciendo a los santos presbiterianos, desandamos camino con las luces de emergencia puestas y mirando por las cunetas. Cuando venimos de regreso vemos algo negro en mitad de la carretera. Está bastante entero pese a ser de plástico, pero ha perdido una de las sujeciones laterales, de modo que lo guardamos por si podemos arreglarlo. Estas cosas dan más rabia aun que si la autocaravana fuera nuestra.

Tauranga Bay
Tauranga Bay
Islotes frente a Tauranga Bay
Pues sí que estamos lejos
Aparcamiento junto a Tauranga Bay
Nos despedimos ya de la Costa Oeste, pero antes nos acercaremos a la colonia de leones marinos de Tauranga Bay. Hubiera sido guay hacerlo siguiendo el sendero que parte del Cabo Foulwind, pero vamos tarde y no nos daría tiempo. Afortunadamente, existe un aparcamiento en la misma playa de Tauranga, a 500 metros del mirador. El paseo entre vegetación y rocas es, como de costumbre, muy bonito. Hasta que los encontramos; helos allí abajo, sesteando sobre las rocas. En particular hay uno que en media hora larga ni se menea, debe de andar metido en sueños pinnípedos y profundos. Una cría llama angustiada a su madre y trata de acercarse a otros adultos, que la rechazan. Entre las rocas también pululan una especie de gallináceas. En un momento dado, dos de ellas empiezan a hostigar a una tercera, y es de ver las carreras que se pegan de aquí para allá, en medio de la indiferencia de los dormitantes. La persecución dura un buen rato, y al final desaparecen de nuestro campo de visión. Regresan después las dos agresoras, con el el aire tranquilo y cómplice de quien ha cometido un crimen.
En el aparcamiento veo varias papeleras. Todas lucen un cartelito que prohíbe tirar aquí los desechos de las campervan. Pues mira que lo siento, pero la bolsa se va a quedar. Si, como dice alguien, el grado de civilización de un país se mide por la distancia que pone entre él y sus excrementos, está claro que aquí, como en Holanda, se hallan civilizadísimos (todavía me acuerdo de los contenedores subterráneos cerrados a cal y canto mediante combinación secreta). De este modo, algo tan sencillo como tirar la basura se convierte en una auténtica odisea, y venimos arrastrando este problema desde el inicio del viaje: en vez de lugares donde depositar los desperdicios, lo que encontramos son carteles con la leyenda Please, take your litter home. A casa, sí, pero ¿a qué casa? Me imagino a los turistas en el aeropuerto de Auckland arrastrando bolsas descomunales con todos los residuos generados a lo largo de sus vacaciones, y a los aviones con unos ganchos especiales en el fuselaje para llevar las talegas de inmundicas como racimos de uvas.
Sin necesidad de volver a Wesport, por una carretera secundaria ganamos de nuevo la SH 6, que remonta el curso del río Buller con sus vueltas y revueltas. El recorrido es sencillamente espectacular, y el terreno tan montañoso y densamente arbolado que no sé por dónde hubieran echado la carretera si el trabajo de agua no hubiese facilitado las cosas. A veces facilita y a veces es lo contrario, porque encontramos varios sitios donde regulan el paso alterno con semáforos. Aquí la maquinaria pesada se emplea a fondo para limpiar la calzada de la tierra y las piedras desprendidas. En otros, es parte de la carretera la que ha cedido y se ha precipitado al río, y cuando pasas sobre el trozo aparentemente sano te preguntas si la tierra de debajo del asfalto estará en su sitio o si por el contrario, como en un diente cariado, bastará una ligera presión para que todo se hunda.

Río Buller
Descomunal helada en Lyell
Descomunal helada en Lyell
Vegetación helada en Lyell
Aire bajo el hielo
Lo que tampoco se ven por aquí son pueblos: en los 100 kilómetros que median entre Westport y Murchison no nos topamos con nada que pueda considerarse como tal. La carretera se hace lenta y pesada, y 30 kilómetros antes de dicha localidad paramos en Lyell, donde hubo una ciudad que se hizo y deshizo con la Fiebre del Oro, y que ahora es un cámping del DOC. De aquí parte The Old Ghost Road, un sendero de 85 kilómetros que termina en el río Mokihinui, y que supongo revivirá dicha época.
Es de reseñar que, por primera vez desde que llegamos a Nueva Zelanda, percibimos agresividad circulatoria: los oriundos nos han parecido en general personas prudentes y respetuosas que guardan distancias de seguridad kilométricas y que aguardan pacientemente la ocasión de adelantar. Sin embargo, hoy nos hemos pegado un par de sustos cuando dos pick-ups han invadido nuestro carril a toda velocidad cuando nos cruzábamos con ellos en una curva (ya sé que en España es moneda común, pero aquí no estamos acostumbrados). También ha habido adelantamiento temerario. Y, cuando me detengo en Lyell, el conductor de furgoneta que llevo detrás me suelta un insolente bocinazo, deduzco que porque no iba a la velocidad que él consideraba apropiada. ¿Pensará, que voy despacio por gusto? Siempre que puedo facilito el adelantamiento (para eso están los passing-Bay), pero si no se puede es que no se puede.
Antes de comer salimos a estirar las piernas y constatamos algo extraño: la mitad del campsite se ve blanca como si hubiese nevado. Pero no se trata de nieve, sino de la helada más descomunal que hemos visto jamás, debe de llevar semanas. La sombra de una montaña impide que dé la luz directa y, pese a la hora, el hielo se mantiene. Contrasta tanto con la parte verde y soleada que es como si viéramos dos estaciones del año al mismo tiempo. Me imagino lo que tiene que ser pernoctar aquí en esta época del año.
Seguimos. 19 kilómetros más adelante está el Buller Gorge Swing Bridge, que con sus 110 metros pasa por ser el puente en suspensión más largo de Nueva Zelanda. Es de pago y, según nuestra guía Lonely, el precio por adulto es de 5 dólares y 2 los niños. Eso sería antes, porque en algún momento lo han subido a 10 y 5 respectivamente. La verdad es que de vez en cuando podría ocurrir lo mismo con los sueldos.
Son las cuatro de la tarde, y entre las montañas hace rato que no luce el sol. Bego prefiere quedarse al calor de la auto y nos aventuramos Inari y yo. Una pareja viene cruzando hacia nuestra orilla, y parece que les molesta que nos metamos en el puente. El cruce de dos personas es justo, pero no imposible. ¿Pretenderán que cuando esto esté repleto de gente se cedan el paso unos a otros, como en los One Lane Bridges?

Buller Gorge Swing Bridge
Buller Gorge Swing Bridge
Buller Gorge Swing Bridge
la verdad es que el puentecito impone, y no solo por el balanceo: el piso no es macizo, sino de rejilla, con lo cual ves las aguas turbulentas allí abajo en todo su esplendor. Quien curiosamente no tiene miedo ninguno es mi hijo. Él, que no es precisamente un lanzao, parece pasárselo pipa, y soy yo quien tiene que pedirle que no mueva tanto el puente y que se agarre a los cables de acero que hacen las veces de pasamanos.
El río forma aquí un meandro cerradísimo, y al llegar al otro lado nos encontramos en una especie de península. En la taquilla nos han recomendado un recorrido de quince minutos que está perfectamente señalizado. Sin embargo, voy con un poco de miedo porque la luz cae rápidamente, y no me gustaría extraviarme por aquí a oscuras. Inari, en cambio, disfruta lo suyo subiéndose a la ruinosa maquinaria que aparece desperdigada por la ruta (a estas alturas ya hemos comprobado sobradamente que los kiwis no tiran nada de nada). Encontramos la falla que produjo el terremoto del 29 y que yo imaginaba sería una gran grieta en el suelo, y en lugar de eso es un bulto enorme, similar a la arruga que le hubiese salido a una descomunal sábana.
Llegamos otra vez a la orilla, y un tipo que estaba antes en la entrada nos invita a cruzar la garganta en tirolina. Declino amablemente su invitación y enfilamos el puente. Al poco siento que este se balancea mucho: el hombre viene detrás de nosotros, somos los últimos clientes, y ha cruzado ex profeso para tentarnos.
Cierran el chiringuito en cuanto salimos, y el de la tirolina y la mujer de la taquilla suben a un coche y se marchan. Nos quedamos solos solísimos. Son las cinco menos cuarto de la tarde, y en el exterior la temperatura ha descendido a 3 grados. Convenimos en que hay que marcharse de aquí cuanto antes.
15 kilómetros después estamos en Murchison, nombre que también sueña con la Fiebre del Oro y que yo imaginaba más grande, pero que solo cuenta con 500 habitantes. A la salida, un panel luminoso informa acerca de las condiciones de la SH 6 y la SH 63. De la segunda dice que se halla prácticamente cortada, y de la primera simplemente que vayas con precaución (winter driving). Es un consuelo, porque la temperatura sigue cayendo, y ya estamos a cero grados. La oscuridad y el frío forman ua combinación que, francamente, nos acobarda. Además, al fondo se divisan unas montañas nevadas que no presagian nada bueno.

Miedo a la salida de Murchison
35 kilómetros hasta la bifurcación de la 63 y la 6. El río Buller se va con la primera y nosotros seguimos ahora el río Hope. Nombre adecuado, porque esperanza es justo lo que necesitamos: la carretera asciende y el termómetro llega a marcar 2 bajo cero; durante un rato, pasamos las de Caín viendo el hielo perenne en la cunetas y los pequeños saltos de agua congelados. El bosque de coníferas se ve negro y amenazador. Entonces llegamos a Glenhope, y el terreno desciende, se dulcifica, y aparecen granjas y prados.
Todavía quedan 88 kilómetros hasta Motueka, que recorremos en total oscuridad atravesando (es un decir) localidades tan sugerentes como Motupiko, Tapawera y Ngatimoti. El último tramo se me hace horrible debido a la multitud de curvas. En estado casi catatónico llego al pueblo, enfilo la Wharf Road y a la segunda damos con el sitio de pernocta.
¿Por qué será que en momentos así siempre nos queda la sensación de habernos librado por poco?

Kilómetros etapa: 298
Kilómetros viaje: 3.204

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viernes, 30 de septiembre de 2016

Haere mai. Un viaje a Nueva Zelanda 16)

6 de agosto
Temperatura al amanecer: 2º C
Seguimos sin cobertura de móvil, así que no he podido enterarme del horario de las mareas. Y necesitamos saberlo, porque vamos hacia Punakaiki a ver los blowholes que solo funcionan con la pleamar. Al rato de salir paramos en una playa donde sí tenemos rayitas en el móvil, y la noticia es excelente: la marea alta será a las doce y media, por lo que tenemos dos horas. Parece mucho tiempo, pero a partir de Greymouth la SH 6, pegadísima a la costa, despliega su amplio arsenal de curvas y ofrece un impresionante espectáculo de rocas y mar bravío que nos tiene fascinados, por lo que las paradas son continuas. Sopla un fuerte viento desde la costa que despeina las olas. El sol luce también con fuerza y vuelve el espectáculo aún más imponente.
Entre Hokitika y Rapahoe discurre una línea de ferrocarril de aproximadamente 50 kilómetros, imagino que de uso exclusivo para mercancías y tal vez para el transporte del carbón. Como era de esperar, va muy cerca de la carretera. Lo que no te esperas, porque no lo has visto jamás de los jamases, es que en un par de sitios el paso a nivel se sitúe en plena rotonda, partiéndola por la mitad cual si se tratara de una sandía. Como si no fuese ya bastante difícil encarar este tipo de intersecciones con vehículos llegando por la derecha. Pero el no va más lo tenemos en el Taramakau River, el cual cruzas por un puente de 250 metros de un solo carril... ¡compartido con el tren! Me pregunto cómo serán los tests de conducir en esta zona: Si usted está atravesando el puente del Taramakau y de frente viene un tren...

Lago Mahinapua por la mañana
Postes-hucha como estos los hay por toda Nueva Zelanda
Cambiando aguas. Al lado de una depuradora, fauna salvaje
Mar de Tasmania


Taramakau River: carretera y vía de tren ¡por el mismo puente!
Escarpada costa
Ciervos
Llegamos a Punakaiki a las doce. El lugar está muy bien señalizado, como casi siempre por aquí, y es gratis. De inmediato nos llaman la atención las curiosas formaciones rocosas, semejantes a tortitas apiladas (al parecer, Punakaiki es deformación local de pancake). Vamos por unas pasarelas de madera hasta la primera furna. Se encuentra a muchos metros sobre el nivel del mar, parece mentira que por ahí puedan salir los chorros de agua y aire. Pero lo hacen, y con rugido de animal prehistórico. A continuación hay otra más amplia, y a través de ella restallan las salpicaduras con espectáculo de géiser. Por último tenemos una inmensa piscina abierta por dos de sus lados, y allí el mar penetra con inesperada furia.

El viento despeina las olas
Torturado relieve
Estampida de la ola
Hermosa y desolada costa
Entre pancakes
Comemos 1 kilómetro más allá, en el diminuto casco urbano y al lado de los rompientes. Si ayer fue el día de los bosques, hoy lo va a ser del mar, las olas y la luz. Fuera hace fresco, pero en nuestra acristalada auto se está bien calentito. Proseguimos camino siguiendo la costa hasta Westport. Esta localidad, con sus cuatro mil habitantes, es la más poblada de toda la Costa Oeste. Entramos con el propósito de examinar el sitio de pernocta, que está al lado de la playa y muy bien recomendado, pero cuando llegamos algo no cuadra: hay una laguna desbordada, el camino se halla inundado y un montón de mindundis pasan con sus motos y todoterrenos a gran velocidad, levantando cortinas de agua. Nos marchamos.

Oleaje a la hora de comer
Oleaje a la hora de comer
From my window
Nuestro destino esta tarde es la localidad de Héctor, donde queremos recorrer la Charming Creek Walkway, una vía de tren abandonada. La idea inicial era regresar luego a Westport a hacer la compra y dormir, pero habrá que  cambiar de planes.
La ruta en cuestión tiene una duración de seis horas entre ir y volver; nosotros pretendemos recorrer aproximadamente una tercera parte. Comienza junto a una central de carbón y remonta el potente Ngakawau River, que es como un torrente de montaña pero cien veces más grande. Agua verde, profundas pozas con remolinos, dimensiones ciclópeas. Nada más comenzar vemos carteles advirtiendo de que por la zona han diseminado el famoso tóxico 1080. Esto de ver al Departamento de Conservación esparciendo veneno es algo que llama la atención, y supongo que indica hasta qué punto se ha vuelto desesperada la lucha contra los predadores introducidos por el hombre que aniquilan la fauna local. Los malos de la película en este caso son la rata, el armiño, el possum y, en menor medida, los gatos.

Palmera en la antigua ruta ferroviaria
El primer tramo de la ruta es llano, y en algunos tramos se distinguen las traviesas y los raíles. La ruta en realidad es túnel, pues la exuberante espesura nos rodea a ambos lados y por arriba. Encuentro (y me llevo) algunos trozos de carbón mineral, lo que me parece asombroso teniendo en cuenta el tiempo que lleva abandonada. Cruzamos algunos túneles de los de verdad. Cuando el terreno se vuelve más escarpado toca pasar por encima de desprendimientos con el consabido cartel de Rock fall zone. No stopping. En estos sitios vamos muy pegados a la parte interior del camino, con cuidado de que Inari no dé un paso en falso, porque la caída termina en las aguas turbulentas.

En el puente colgante
Mangatini Falls
Llevamos una hora caminando cuando llegamos a Mangatini Falls, y entonces comprendemos que el paseo ha valido la pena, porque es un pedazo de cascada. Aquí la antigua vía abandona el Ngakawau y sigue por el Charming Creek. Habíamos pensado en dar aquí la vuelta, pero a solo quince minutos más allá está Watson’s Mill, de modo que continuamos atravesando un túnel bastante largo (aquí sí que hacen falta las linternas). Al final resulta que el molino no es tal molino, sino un aserradero del que solo quedan los restos oxidados de la máquina de vapor que movía la maquinaria. Paramos a descansar en un cobertizo donde hay paneles con información escrita y algunas fotos. La verdad es que cuesta reconocer el sitio en las antiguas y borrosas fotos, tan deforestado en su día y en la actualidad cubierto por una vegetación cuasi selvática. La naturaleza reclama lo suyo: prácticamente todo rastro humano ha desaparecido, y por ello pienso en lo durísima que tuvo que ser la vida aquí para quienes trabajaron aquí.

Luz al final del túnel
Mientras merendamos, se nos acerca un pájaro pidiendo comida. Evidentemente, no es la primera vez que lo hace, y además está más habituado a acercarse a la gente que en otros lugares. Luego lo reconoceremos en fotos: es un toutouwai. El pajarito, curiosamente, conoce el inglés, porque si le dices ¡Hola! no se inmuta, pero ante un Hello! se acerca unos cuantos pasos más. No tenemos otra cosa que chocolate, y se lleva dos o tres trozos. Confío en que no le salgan caries.

El toutouwai 
El sitio tiene algo de mágico, y nos gustaría quedarnos un buen rato más, pero la luz decrece rápidamente y nos gustaría pasar por las zonas de desprendimientos con algo de claridad. Para cuando llegamos a la auto hace rato que es de noche.
Llegados al dulce hogar, se impone la cuestión de dónde dormir. Descartado Wesport, tenemos tres posibilidades: a) Quedarnos aquí. b) Un lugar de pernocta que vimos al subir, a 1,5 kilómetros por un desvío desde Waimangaroa y que a un autocaravanista le pareció de película de terror. c) Si consideramos los cámpings de pago, tenemos el aparcamiento de una taberna y la Gentle Annie, 17 kilómetros al Norte. De este último sitio la gente habla maravillas, y al parecer hasta hacen pizza y todo. Llegamos al Mokihinui River y lo cruzamos. A partir de aquí, por un camino de tierra de 3 kilómetros y tras alguna dificultad, encontramos el sitio. Entramos en la finca guiados por las luces de la vivienda, totalmente encendidas. No hay ninguna autocaravana.
Baja Bego para hacer el check-in. A través de la ventana la veo frente a un mostrador, rellenando la ficha. Tengo curiosidad por saber cómo es la persona con la que está hablando, pero está fuera de mi campo de visión. Cuando vuelve le pregunto y responde que allí no hay absolutamente nadie. Me quedo perplejo: esto parece un cámping fantasma. Por si fuera poco, el terreno está tan embarrado que no nos atrevemos a salirnos del camino. ¿Y por esto vamos a pagar 32 dolores? Pues va a ser que no. Arrancamos, recorremos de nuevo los 3 kilómetros de pista de tierra y salimos a la carretera. Mi idea era volver de nuevo al aparcamiento de la Charming, pero por el camino encuentro un apartadero entre la carretera y el mar, y allí nos quedamos. Por aquí no pasa ni un alma. Malo será.

Kilómetros etapa: 218
Kilómetros viaje: 2.906

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