lunes, 6 de enero de 2025

DÍA 18

Enfrente del área de pernocta se encuentra el Lake Knock Out, según Wikipedia un maloliente lago salado (ahora no se percibe tufo, será en verano). Pasamos junto a él anteayer, y llama la atención por su color ocre, que recuerda a las balsas mineras de Riotinto. En Google aparece rebautizado como Bird Lake, imagino que por aquello del maquillaje turístico.

Hoy tenemos la nítida sensación de que empieza de veras la aventura: entre Port Augusta y Coober Pedy hay 540 kilómetros, y en medio apenas algunas áreas de servicio. La verdad es que asusta un poco, pero solo retrospectivamente. En el momento de arrancar vamos contentos y con buen ánimo.

Comienza la aventura

Lo de que Port Augusta es la puerta del outback no responde a ningún reclamo turístico, es la pura realidad: llevamos recorridos solo unos kilómetros cuando aparece ese paisaje terriblemente llano y quemado que tantas veces hemos visto en fotografías y películas. No es una tierra del todo desnuda, pero sí de vegetación baja. Me gustaría saber cómo esas plantas logran sobrevivir aquí.

La vía del tren va paralela a la carretera, y en ocasiones se entrecruzan.

Un poco más adelante atravesaremos la Zona Prohibida de Woomera, el campo de tiro más grande del mundo (llegó a tener una superficie similar a la del Reino Unido, aunque posteriormente se redujo a solo 127.000 kilómetros cuadrados) En él se han probado todo tipo de armas, incluidas las nucleares (siete pruebas entre 1956 y 57; hubo algunas más, en Emu Field y en el archipiélago Montebello, en la costa oeste australiana). Todo esto lo narra magistralmente una miniserie estrenada en 2020 que se llama Operación Búfalo. Fue un proyecto tan secreto que ni siquiera lo conocía el Parlamento australiano

La carretera, la vía

Mi idea era recorrer doscientos kilómetros y luego hacer una parada, pero como la autocaravana no es un coche y el cansancio acumulado ya pesa, a los 150 kilómetros no puedo más y detengo el vehículo. Estamos en un apartadero ubicado en una especie de meseta, con vistas a un lago y a la interminable carretera que se extiende de sur a norte. Entonces ocurre la desgracia, o el imprevisto, o como quiera llamarse.

En este lugar tan sugerente sufrimos la avería

Desde el día de San Remo no habíamos vuelto a tener percances con el vehículo, excepción hecha de la ventanilla del conductor, que sigue sin bajar. Pues bien, ahora es el turno del water. Como todo el que alguna vez ha subido a una autocaravana, el secreto mejor guardado (¿pero dónde hacéis...?) consiste en un receptáculo de 20 litros de capacidad encajado debajo de la taza y que se cierra mediante una tapita circular. Pues bien, dicha tapa es el mecanismo más frágil del mundo, y nunca se te ocurre pensar en ella mientras funciona correctamente, pero te acuerdas de la madre del fabricante cuando se rompe o atasca, que es justo lo que sucede ahora. Basta que uno de los saquitos del líquido anti-olor se quede trabado en el mecanismo para que todo se vaya al garete. Agotado todo el repertorio de maldiciones, extraigo la arqueta, la vacío en la tierra y, con asco infinito, trato de colocar las piezas en su sitio. Creo que al diseñador del artilugio nunca se le ocurrió que percances así suceden en los lugares menos propicios. De haberlo hecho, tal vez habría previsto algún método para que la caja de marras se abriera y facilitar así la reparación pero, como ya dijimos anteriormente, a muchos no les pagan por pensar. Para colmo de males, la autocaravana no dispone ni de una triste herramienta.

Glendambo

 Me lavo las manos como puedo (el aditivo químico tiene un olor super-fuerte, se impregna en la piel y de ahí no hay quien lo saque) y continuamos hasta la estación de servicio de Glendambo, 130 kilómetros más arriba. Aquí, además de echar gasoil, intentamos comprar un destornillador, pero se les han terminado. Por suerte, la dependienta nos presta uno. Desatornillamos todo lo desatornillable, pero ni por esas: para encajar de nuevo la tapa en su mecanismo habría que partir el depósito por la mitad.

Finalmente constatamos la cruda realidad: faltan diez días para terminar el viaje y nos hemos quedado sin water. Algo similar nos ocurrió en el norte de Italia, pero allí enseguida dimos con una tienda de accesorios para autocaravana y adquirimos otro. Si esto nos hubiera ocurrido antes de Melbourne, o incluso antes de Adelaida habría sido un trastorno menor, pero ¿aquí, en medio del secarral?

Comemos y después seguimos, contritos, nuestro camino. Estamos valorando la posibilidad de quedarnos a dormir esta noche a la intemperie, pero las paradas que encontramos están todas a la vista de la carretera. Y, francamente, sin cobertura móvil nos parece bastante arriesgado. Finalmente, cinco kilómetros antes de Coober Pedy, en el Stuart Monument, encontramos una pista aceptable para nuestro vehículo que nos conduce a un lugar no visible desde la carretera. A unos trescientos metros hay aparcado un coche con su caravana. Por lo demás, una soledad y un silencio como de principios del mundo.

Puesta de sol a las afueras de Coober Pedy

En cuanto a nuestro problema autocaravanil, pues como nos contestó el dueño de un bar en el Atlas marroquí cuando le preguntamos por la toilette.

El hombre alzó los ojos, los enfocó al horizonte y dibujó un amplio gesto con la mano:

- La montagne...


Distancia parcial: 534 km.

Distancia total: 3.423 km.


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viernes, 3 de enero de 2025

DÍA 17

En Port Augusta comienza la Stuart Highway, que cruza Australia de sur a norte y llega a Darwin después de recorrer 2.834 kilómetros. Nosotros no llegaremos tan lejos, pero sí hasta Alice Springs, a 1.226 kilómetros de distancia (aunque antes tenemos que darnos una vuelta por Uluru). Son cifras que abruman, porque aún estamos a mitad de camino.

Esta carretera tiene sus particularidades, como por ejemplo que durante cientos de kilómetros no haya pueblos, ni gasolineras, ni súper. Ni, por supuesto, cobertura móvil, sustituida en esa inmensidad por antenas de radio. En esta parte del viaje nos encontraremos con muchos pick-up adaptados para vivaquear en el desierto, y absolutamente todos llevan emisora: cualquier percance fuera de la carretera principal te puede costar, lisa y llanamente, la vida.

Hubo una época -hace mucho- en que solía ver la cadena Euronews. Me gustaba mucho el pronóstico del tiempo, donde aparecían distintas ciudades del mundo. Entre ellas, en el centro de Australia, había una llamada Alice Springs, que secretamente evocaba la frase de El Principito: “Lo que más embellece al desierto es el pozo que oculta en algún sitio...” Recuerdo también que por aquel entonces el centro de Australia aparecía ante mis ojos tan lejano e inaccesible como la superficie de Marte. Sin embargo, ahora estoy -estamos- a un paso de conseguirlo.

Pero eso no va a ocurrir hoy. A la hora de levantarnos no parecía que soplara mucho, pero a medida que pasaba el tiempo hemos visto las copas de los eucaliptos agitarse más y más. Realmente hoy toca día de descanso, lo que le vendrá francamente bien al conductor.

Nuestros acompañantes de esta mañana han sido varios ejemplares de paloma crestada en busca de comida que no temen para nada a los humanos: de hecho, para sacarles fotos más de cerca me basta con lanzar piedritas, que ellas vienen a verificar si son o comestibles o no.

Paloma crestada australiana

Hablando de provisiones, como tanto estas como el agua van a ser caras y escasas durante los próximos días, cruzamos de nuevo el puente sobre el Golfo Spencer y ponemos rumbo al Woolworths. Como de costumbre, el estacionamiento constituye un problema: como no damos con el párking del súper, que se encuentra detrás del edificio, aparcamos en la misma calle pero en la acera opuesta, prácticamente debajo de un cartel que insta a pagar si quieres quedarte.

Realizo la compra lo más rápido que puedo, con la pericia que dan dos semanas de patearse los súper australianos. Como veo que la gente saca los carros libremente hago lo mismo, pero al intentar cruzar por el paso de peatones un dispositivo bloquea las ruedas del carro. En otro contexto, abandonaría el carro unos momentos e iría a la auto a pedir ayuda, pero me percato de lo que tengo alrededor: personas con aspecto de pobres, de alcohólicas, o de ambas cosas, sentadas en los bancos o pululando por allí. Constato, además, que todos son aborígenes. Peligrosos no parecen, pero no dejo aquí el carro ni loco. Como puedo -y con gran dolor de mis lumbares-, lo arrastro por la acera hasta llegar casi enfrente de la autocaravana. Un hombre blanco de mediana edad se acerca para decirme algo así como que no se pueden llevar los carros tan lejos, pero con gestos le comunico que se meta en sus asuntos. Por fin consigo llamar la atención de Bego y, mientras yo vigilo el carro, ella va trasvasando la compra a nuestra casa con ruedas.

Mientras redacto estas líneas y busco información en Internet me encuentro con la siguiente pregunta: ¿Por qué hay tantos aborígenes en Puerto Augusta?

Y la respuesta de Google:

Cuando los colonos se trasladaron al norte desde Adelaida y se apoderaron de las tierras de pastoreo, Port Augusta se convirtió en el hogar de docenas de grupos aborígenes. Sigue siendo así hoy en día, y la coexistencia a veces incómoda con la sociedad de colonos se evidencia en una comunidad un tanto conflictiva.

Tras surtirnos de provisiones, queda por adquirir algún producto de primera necesidad, verbigracia, las cervezas. Enfrente mismo del súper hay una licorería, pero de las que entras con el coche. Y, francamente, cuando voy con una auto de estas dimensiones me dan alergia los espacios cerrados. ¿Y si una vez dentro no soy capaz de maniobrar?

Investigo Google Maps y descubro que al otro lado del puente hay otra tienda de bebidas. Cruzamos por tercera vez solo para descubrir... que el sistema de compra es el mismo. Aparco enfrente de una casa con porche que recuerda a las películas del oeste y, a riesgo de que me digan que solo seré despachado si vengo sobre cuatro ruedas, como en el Drive-thru de Warrnambool, entro a pie. Como no doy con la marca a la que nos hemos aficionado uno de los dependientes, muy amable, me indica dónde se encuentra en la sala fría. Luego quiero llevarme algo más contundente (una botella de Baileys), pero descubro que las guardan en unas vitrinas que abren los empleados mediante un mando a distancia. Y, para más inri, al ir a pagar me solicitan algún documento de identidad. Como el pasaporte lo tengo en la auto, le enseño el carnet de conducir. Pregunto que si es por la edad y se ríe. La verdad es que todo transcurre de buen rollo: a estas alturas ya tenemos claro que cuanto menos anglosajona es la gente, más amable es contigo.

La verdad, no sé a qué aspirábamos al venir otra vez a la parte oeste del pueblo, porque está claro que el viento no nos va a dejar salir. Tampoco sabemos qué se puede hacer en una población de 14.000 habitantes, pero mirando por aquí y por allá descubro el Wadlata Outback Centre, que se encuentra en el edificio que otrora albergara un antiguo convento y que, por supuesto, cae de nuevo al otro lado.


Esperábamos una visita protocolaria, pero lo cierto es que nos gustó. Empezando por la tienda de souvenirs, variada y más económica de lo esperado, donde además de recuerdos te ofertan multitud de actividades, como excursiones a los montes Flinders (no pasaremos por allí, lástima) o un recorrido en el Pichi Richi (antiguo tren de vapor). Después está detalladísima la exposición, que comienza por los orígenes geológicos de Australia y termina con la colonización europea. Llama especialmente la atención la parte dedicada a la vida en el Outback: los Doctores del Aire (Australia debe de ser el único lugar del mundo donde te pueden exigir simultáneamente el título de Medicina y de piloto) y la Escuela del Aire: dadas las enormes distancias, resultaba imposible que los niños asistieran al colegio. Entonces se ideó un sistema para que recibieran clase a través de la radio. Y como en muchas granjas no contaban con electricidad, la que necesitaba el aparato de radio para funcionar la producía el alumno... pedaleando.

Wadlata Outback Centre

También resulta muy interesante la parte dedicada a la construcción de las líneas de ferrocarril. Cuenta un chiste que el viaje hasta Alice Springs duraba tanto que una señora no hacía más que preguntar que cuándo llegaban. El revisor, un poco harto, quiso saber el porqué de tanta urgencia.

- Disculpe, es que estoy a punto de dar a luz.

- Pero, oiga, ¿cómo se le ocurre subir al tren en su estado? ¿No sabe lo peligroso que es?

- Es que cuando subí al tren... no sabía que estaba embarazada.

Tren de la carretera

Volvemos a la auto a comer, y después estudiamos el asunto de la pernocta. He estado viendo fotos del Port Augusta Motorhome Park, donde nos denegaron ayer la entrada, y se ven autocaravanas. ¿Cómo es posible? La instalación pertenece al club de fútbol local, nos presentamos en su oficina y nos aceptan sin problema. Entonces, ¿qué ocurrió ayer? Pues colijo que todo se debió a un desliz semántico: en todos los sitios donde hemos reservado por teléfono, cuando nos preguntaban por el vehículo decíamos que era un camper, que es como la denominaron en la empresa de alquiler. Ahora bien, un camper no es un vehículo autocontenido (con cuarto de baño), sino lo que en España conocemos vulgarmente como fragoneta. Y dado que el lugar no tiene bloque de sanitarios sino una simple instalación de llenado y vaciado, pues no aceptan campers, solo motorhomes or caravans. Ese debe de ser, pues, el quid.

Antes de echarnos a dormir llenamos el depósito para la ducha de mañana. La presión de la manguera parece, como viene siendo habitual, la de una boca de incendios. Sinceramente, no comprendo por qué a estos australianos les gusta tanto que salga el agua con semejante poderío.


Distancia parcial: 10 km.

Distancia total: 2.889 km.


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jueves, 2 de enero de 2025

 DÍA 16

Amanecer plácido junto al bonito lago. Mientras recogemos, me percato de que una pareja mayor, sentada delante de su furgoneta, no nos quita ojo. Sin embargo, cada vez que miro hacia ellos disimulan. Cuando ya los has pillado tres o cuatro veces comienza a hartarte su insistencia, y de este modo constatas que esto del cotilleo es un vicio universal.

Amanece frente al lago Albert

Bordeamos el lago Albert. Nuestra primera parada la tenemos a poco más de 13 kilómetros, y es el Pink Lake, diminuto si lo comparamos con su hermano mayor, pero mucho más interesante, pues se trata de un lago salado. Al parecer, no siempre se ve rosa, pues depende de una combinación de algas verdes, halobacterias y camarones. Cuando la salinidad del agua supera a la del mar y se da una subida suficiente de las temperaturas y condiciones óptimas de luz, las algas empiezan a acumular el pigmento rojo.






Aparcamos junto a la carretera, y me entretengo en grabar lo que aquí llaman trenes de la carretera: consisten en una cabeza tractora a la que se enganchan unos cuantos remolques. Aunque por lo visto los hay más largos, pero los que nosotros vimos llevaban un máximo de cuatro. Había leído relatos terroríficos sobre que estos monstruos te obligaban a echarte al arcén, pero nosotros al menos no nos vimos en ninguna situación tan comprometida.

Visitamos el lago, hostigados por el que va a ser nuestro compañero de viaje durante bastantes días, el viento, y seguimos camino. Mañana la cosa no pinta bien: hay aviso por fuertes rachas. En Islandia nos aconsejaron vivamente no circular si el viento alcanzaba los 15 metros/segundo... Y aquí mañana da 20. Habíamos pensado pasar un día en Adelaida, pero la inquietante posibilidad de vernos inmovilizados durante varias jornadas hace que decidamos estirar hoy el camino. De manera que 130 kilómetros después estamos entrando en el casco urbano de la quinta ciudad de Australia. La posibilidad de circunvalar es, como de costumbre, nula. Incluso nos salimos por error de la vía principal y acabamos callejeando un poco.

A la salida de Adelaida tenemos el hasta ahora único conflicto de tráfico de todo el viaje, si se puede llamar así. Como dije al principio, los conductores australianos son sumamente colaboradores y respetuosos, lo que no reza con el tipo que lleva una caravana enganchada a su todoterreno que se encontraba detenido en el arcén y que decide incorporarse a la vía estando nosotros prácticamente encima. Por fortuna esto es una autovía pero, como el nuestro no es el vehículo más rápido del mundo, en cuanto le adelanto me incorporo enseguida a la izquierda, lo que provoca una airada reacción del incívico. Como no me apetece pasarme el viaje espiando por el retrovisor, unos kilómetros más allá me detengo junto a una gasolinera. Increíblemente, al poco vemos entrar también al tipo. Por fortuna, estamos parapetados tras unos árboles, y no nos ve o finge no vernos.

Tras comer, seguimos subiendo hacia el norte paralelos a la costa, pero fuera de la vista del mar. El viento sigue dando guerra, lo que nos obliga a circular como máximo a 80 km/h.

A 230 kilómetros de Adelaida está Port Pirie, y habíamos pensado en pernoctar allí, pero mirando por Internet leo que Port Pirie alberga una de las fundiciones de plomo y multimetales más grandes del mundo. Que dicha industria funciona desde hace 130 años, lo cual ha generado una contaminación histórica por plomo en la comunidad. Que los bebés y los niños corren un riesgo especial, ya que la exposición al plomo se asocia a un menor coeficiente intelectual, escaso rendimiento académico y a una serie de problemas socioconductuales.

Así que pasamos de largo. 90 kilómetros más arriba se encuentra Port Augusta. Llamamos al Port Augusta Motorhome Park preguntando si tienes plazas para una camper. Responden que no. Sorprendidos, probamos entonces en el Shoreline Caravan Park, y la respuesta es afirmativa. Durante el último tramo de la tarde el viento ha amainado, y eso vuelve la conducción más placentera.

Para llegar al cámping, hemos de cruzar toda la localidad y una especie de ría. De camino casi nos tragamos un coche que sale de una gasolinera sin mirar.

Anochece en Port Augusta

El chek-in es rápido, y la instalación en la parcela, también. Por contraste, el cambio de escenario no puede ser más drástico: si ayer estuvimos en el mejor cámping de todo el viaje, este es justo lo contrario: árido, sin una brizna de hierba y rodeado por una valla de tres metros coronada por doble alambre de espino. Un cartel avisa de la hora de cierre de una intimidante puerta automática más propia de recinto militar que de un centro de vacaciones. Es como haber salido de un país y haber entrado otro. Mañana averiguaremos por qué.


Distancia parcial: 461 km.

Distancia total: 2.879 km.


         Día 15                                                   Inicio                                            Día 17



miércoles, 25 de diciembre de 2024

DÍA 15

Ayer, un poco antes de llegar a Mount Gambier, salimos del estado de Victoria y entramos en el de Australia Meridional. Dicho evento no tendría mucha importancia si no fuera porque también supone un cambio de huso horario. Y así es como descubrimos el guirigay que tienen los australianos montado con el reloj: Queensland, Nueva Gales del Sur y Victoria comparten hora (Greenwich +10), pero solo en invierno, ya que en verano estos dos últimos adelantan una hora, como en Europa (GMT +11). En cuanto al Territorio del Norte y a Australia Meridional, pues tienen un desfase negativo ¡de media hora! con los tres anteriores (GMT +9 1/2), pero en el caso de Australia Meridional solo en invierno, ya que en verano adelanta las agujas, como Nueva Gales y Victoria, y entonces supera (GMT +10 ½) en una hora al Territorio del Norte e incluso en media a Queensland, que no cambia el reloj. Por lo que respecta a Australia del Oeste, su horario oficial es Greenwich +8, y no la cambia ni en verano ni en invierno. Está por ver cuál es la hora que tendrán en Tasmania, pero no me atreví a averiguarlo

Husos horarios de Australia

Dejando aparte desbarajustes cronológicos, nada más salir del cámping nos dirigimos al Blue Lake, que para ser un volcán resulta de lo más curioso porque, en vez de cono, lo que hay es un enorme agujero en el suelo. El sitio en cuestión se encuentra a las afueras del pueblo, y tiene una forma ligeramente elipsoide de 1.000 metros por 800. Su profundidad es de 77 metros, y lo que más llama la atención es que el agua debe de ser de muy buena calidad, pues es de aquí de donde se surte la población. Otra de las curiosidades de este lago es que cambia de color en función de la época del año, sin que se conozca a ciencia cierta el motivo.

Blue Lake

Carretera y manta. Primero, 130 kilómetros hasta Robe (imposible no acordarse de Extremoduro). A la salida de este pueblo paramos frente a lo que tiene toda la apariencia de un mueble frigorífico de los de puerta transparente solo que, en vez de refrescos, lo que guarda en su interior son libros usados de libre disposición. Aprovechamos para coger algunos y soltar otros que hemos tomado prestados de los cámpings, donde suele haber instalaciones semejantes.

A la salida de Kingston nos detenemos de nuevo, esta vez para sacarnos fotos junto a una réplica de langosta de dimensiones descomunales. Puede parecer un poco infantil, pero un viaje tan largo da para alguna guirada que otra.

The Big Lobster

A partir de este punto el trayecto se nos complica. Hemos elegido, como siempre que es posible, la carretera de la costa, pero nos encontramos con los siguientes imprevistos:

1. El firme es irregular, con muchos baches.

2. Comienza a soplar un fuerte viento lateral que incrementa los botes y los bandazos.

Pese a que vamos pegados a la costa, no vemos ni mijita a causa de la vegetación, compuesta por arbustos bastante altos.

Así que de la barra de arena de casi 180 kilómetros de longitud con la que nos la prometíamos muy felices no vemos casi nada.

Lake Albert desde el cámping

Así las cosas, nos estiramos hasta Meningie, a orillas del lago Albert/Yarli, donde damos con el que es quizá el cámping más bonito de todo el viaje. No por las instalaciones, sino porque se encuentra a la orilla misma del agua, con infinidad de pájaros pululando por los alrededores y una puesta de sol que quita el hipo.




Distancia parcial: 317 km.

Distancia total: 2.418 km.


        Día 14                                             Inicio                                                        Día 16


DÍA 14

Ayer preferimos no quedarnos en Warrnambool, así que toca desandar los 15 kilómetros de carretera me hay hasta Tower Hill Wildlife Reserve, un parque natural situado en un antiguo volcán. La estructura geológica mide uno 3 kilómetros de diámetro, y dentro de ella hay un lago, y en el lago una isla. Hasta los años 60 del siglo pasado el lugar sufrió un proceso de degradación, pero a partir de esa década se iniciaron los trabajos de reforestación, y veinte años más tarde fue repoblado con fauna autóctona.

Las paredes del volcán

La isla cuenta con una carretera de entrada y otra de salida, de modo que no tiene pérdida. Nada más aparcar en el centro de visitantes se nos acercan un par de emús. No son muy insistentes, pero merodean de modo discreto, por si cae algo.

Los emúes

Los canguros

                                 

Los senderos, aunque señalizados, se encuentran en obras, de manera que acabamos haciendo una ruta al revés de como está marcada. Como hay poquísima gente, pues da igual. Nada más empezar nos topamos con unos canguros, bastante acostumbrados por cierto a los humanos. También nos encontramos con un grupo de preescolar y sus dos maestras. Todos llevan chalecos amarillos de alta visibilidad, por si las moscas.

Lago secundario

Panorama desde lo alto

Llegamos al punto más alto del recorrido, desde donde se contempla el lago y, algo más lejos, el mar. Desde allí regresamos al aparcamiento, y estamos a punto de irnos cuando veo a una pareja con cámara y prismáticos enfocando hacia arriba. No lo dudo: detengo el vehículo, nos bajamos y allí, sobre nuestras cabezas, duerme su dulce siesta un koala.



Tower Hill visto desde el perímetro exterior

Nuestro segundo destino del día se encuentra 68 kilómetros hacia el interior: es el Budj Bim National Park, llamado por los europeos Mount Eccles. Se trata de un lugar de gran importancia cultural para el pueblo gunditjmara, que desarrolló un sistema de acuicultura que les permitió una residencia semipermanente durante más de 30.000 años. El lugar es gestionado conjuntamente por Victoria Parks y una asociación aborigen local, y fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 2019.

El centro de interpretación se halla cerrado a cal y canto, y no se divisa a nadie por los alrededores. Frente a él, dos mástiles: en el primero luce flamante sus colores -negro, rojo, amarillo- una bandera aborigen. En el segundo, otra australiana desteñida y rota. No puede haber mejor metáfora de lo que debe pensar esta gente acerca de todo lo que les hicieron los europeos, y que hoy encajaría fácilmente en la categoría de genocidio:

1. Masacres de indígenas por parte de los colonos, la policía estatal y las milicias.

2. Campañas de dispersión y desplazamiento como consecuencia de la usurpación de tierras: los europeos se quedaban con las más fértiles y empujaban a los aborígenes a las zonas desérticas.

3. Alejamiento forzoso de niños indígenas de sus familias y su internamiento en misiones o adopción forzosa por familias blancas (las «Generaciones Robadas»). Dicha práctica tuvo lugar entre 1905 y 1970 con la intención de asimilarlos a la raza blanca. y desalentar las lenguas y culturas indígenas.

4. Políticas de asimilación: en muchas escuelas, los niños eran castigados por hablar su lengua materna. Se impusieron además restricciones adicionales al movimiento, el matrimonio, el empleo y la celebración de ceremonias y el uso sistemas legales tradicionales.

Todas estas prácticas suponen la parte más negra de la historia reciente de Australia, por mucho que, desde 1998, se haya reconocido oficialmente los daños causados a los australianos indígenas y se conmemore el Día Nacional del Perdón el 26 de mayo.

De alguna manera este lugar, ahora desierto, parece resucitar ese inmenso dolor subterráneo y latente.

El tubo de lava

Hay una ruta señalizada que nos lleva primero a un antiguo túnel de lava (si no te lo dicen, parecería una cueva) y luego sube hasta el Lago Sorpresa, que no es otra cosa que el cráter inundado del volcán, cuyo perímetro es posible circunvalar. Los cercados de espino que protegen los campos de cultivo llegan hasta el borde mismo del lugar sagrado, evidenciando todo lo referido anteriormente.

El Lake Surprise

Sorprende el intenso color rojizo del agua, que al parecer varía en función de las algas y los sedimentos. Vamos contorneando hasta que finalmente llegamos al Budj Bim, que significa Cabeza Alta, y que representa la creencia del pueblo Gunditjmara, según la cual fue durante la última gran erupción del volcán -hace entre 30.000 y 39.000 años- cuando el Creador Ancestral se reveló, arrojando lava a lo largo de una distancia de más de 50 kilómetros al oeste y al sur en dirección al mar y alterando drásticamente los cursos de agua y los humedales de la zona.

Regresamos a la auto con una mezcla encontrada de sentimientos.

Tarde de viaje hasta Mount Gambier donde, para variar, también hay un volcán, que visitaremos mañana.

Distancia parcial: 220 km.

Distancia total: 2.101 km


        Día 13                                                 Inicio                                                    Día 15



lunes, 23 de diciembre de 2024

DÍA 13

La sensación de nostalgia por no disfrutar de sitios que apenas has conocido creo que no tiene nombre en castellano, de modo que debería inventarse. Ese sentimiento es el que se apodera de nosotros cuando nos marchamos del cámping y dejamos atrás el imponente rugido del mar que no vemos y la obra que amenaza con jeringar el sitio. 

Este cartel lo conocía mucho antes de venir a Australia

Este no

Pero el disgusto se nos pasa a los 6 kilómetros cuando, tras estacionar, descendemos hasta Gibson Beach mediante unas escaleras adosadas a un acantilado tan vertical que parece cortado a cuchillo. Al ser temprano, abajo todavía da la sombra y hace un frío del copón, pero la vista compensa: desde aquí se ven los primeros de Los Doce Apóstoles, que es el nombre con el que se designa a este agrupamiento de agujas de piedra caliza que sobresale del mar. Originalmente el sitio era llamado Sow and Piglets (La cerda y los cerdos): la isla Muttonbird, cerca de Loch Ard Gorge, era la «cerda» y las agujas de roca más pequeñas los «lechones». El nombre fue cambiado en la década de 1950 por el actual, y el motivo no fue otro que atraer más visitantes al estado. Y eso que solo hay nueve agujas.

Primera vista de Los Doce Apóstoles

Según Wikipedia, el proceso de formación de estas estructuras es el siguiente:

1. La acción de las olas erosiona el acantilado, dejando la roca más dura como cabos.

2. Las olas van desgastando la roca a nivel del mar, formando cuevas a cada lado de la península.

3. Las cuevas finalmente se unen, formando un arco.

4. El arco se derrumba, dejando agujas de roca.

5. Más destrucción por parte de las olas y la apertura de grietas verticales en la roca causadas por la lluvia y el agua salada llevan a la reducción progresiva de las agujas a una plataforma baja o arrecife.

Desde Gibson Beach

Desde el mirador

Desde el aire

    Paseamos por la playa hasta la primera aguja, con un ojo puesto en el mar, pues la arena lisa indica que con la pleamar no queda un metro libre de playa. Después volvemos a subir, y con el vehículo vamos un poco más allá, hasta el aparcamiento de Los Doce Apóstoles. Al igual que en Stonehenge, lo han construido al otro lado de la carretera, la cual se salva mediante un paso peatonal subterráneo. Aquí ya hay más gente, aunque tampoco mucha. La vista es, como dicen por aquí, overwhelming.

Seguimos camino y efectuamos alguna parada más en sitios emblemáticos, pero ninguno se puede comparar a lo que acabamos de ver, así que abreviamos y nos estiramos hasta la localidad de Warrnambool, que con ese nombre parece la onomatopeya de un buga petardeante. Venimos con un objetivo concreto: comer en un Hungry Jack, cuyo logo es idéntico al de una famosa multinacional de hamburguesas. Pero cuál no será nuestra sorpresa cuando nos encontramos que la parte del comedor se encuentra cerrada por obras. En cambio, el Drive-thru sigue abierto pero, claro, no es para un vehículo de las dimensiones del nuestro. Se nos ocurre esperar a que despeje la cola de los coches y a continuación nos acercamos a la ventanilla de pedidos, pero allí nos dicen educada pero firmemente que si no vamos sentados en un coche no nos pueden atender.

El establecimiento en cuestión comparte aparcamiento con un gran centro comercial. Como nos falta comida me acerco, y nada más entrar me doy de narices con una hamburguesería. Manda narices, la chica que nos rechazó podía habernos indicado que aquí había otra. Supongo que no le pagan por pensar.

El segundo motivo por el que hemos parado aquí es visitar la Logans Beach Whale Watching Platform, un lugar desde donde, al parecer, es posible avistar ballenas muy cerca de la costa. Y digo al parecer, porque no solo no vimos ninguna, sino que en las fotos que sube la gente a Google Maps tampoco aparecen. Pero me estoy adelantando, porque de camino a la plataforma estuvimos a punto de sufrir el mayor percance de todo el viaje, y todo por un desfase de diez centímetros.

El puente de marras

Para llegar a la costa desde el centro comercial donde hemos comido hay que cruzar primero la A1 y a continuación enfilar por Simpson Street. Pues bien, quién nos iba a decir que en esta calle -amplia y de viviendas bajas- nos íbamos a encontrar de buenas a primeras con un túnel. Bueno, un túnel no, pero sí el paso bajo un puente ferroviario de tan solo 3,4 metros de altura. Tardo un segundo en recordar que nosotros medimos 3,5 metros, En España, donde somos de manga ancha, seguro que pasábamos. Pero estos son anglosajones, y si dice 3,4 seguro que es 3,4. Para cerciorarnos se baja la copiloto y constata que, efectivamente, si sigo adelante hago de la autocaravana un descapotable.

Aún con los sudores fríos del golpe que hemos estado a punto de tener, buscamos un paso alternativo y después cruzamos el río Hopkins y llegamos adonde las ballenas aunque, como he comentado antes, lo de ballenas es un decir. Eso sí, el sitio es muy bonito. Resulta gracioso el cartel que, bajo severas multas, prohíbe estrictamente los drones ya que, por lo visto, su ruido puede molestar a tan sensibles animales: después de aguantar las pobres el ruido de toda la flota mundial y van a reparar en el zumbido de un dron de 250 gramos.

Hay en este pueblo un balneario y habíamos pensado en, como hacemos en todos los viajes, darnos un chapuzón mañana. Pero el sistema de entrada a hora fija no nos convence, de manera que decidimos prescindir por esta vez e irnos a dormir al cámping de Port Fairy, 30 kilómetros más adelante.

Distancia parcial: 121 km.

Distancia total: 1.881 km.


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DÍA 12

A partir de Anglesea, el paisaje se vuelve más abrupto, y los pueblos aparecen encajonados entre el mar y boscosas montañas surcadas por barrancos. Nuestro destino esta mañana se encuentra a 50 kilómetros y es Kennett River, uno de los mejores sitios -según dicen- para ver koalas en libertad. De modo que llegamos, aparcamos entre microbuses y tiramos monte arriba por una pista forestal. Tras un rato andando, ni rastro de los koalas. Delante de nosotros iba un grupo de orientales que de golpe y porrazo han desaparecido: luego, viendo el satélite, comprendí que se habían apartado de la pista siguiendo un cortafuegos, donde supongo que sería más fácil avistarlos. Decepcionados, volvemos sobre nuestros pasos y, ya casi llegando al punto de partida, descubrimos uno encaramado en un árbol al lado de la pista. Por desgracia para él, no somos los únicos que lo han visto y de inmediato se ve rodeado de gente empeñada en inmortalizarle con su móvil. Ahora comprendo por qué se refugian en la espesura del bosque.

La masificación que debe de sufrir este sitio en verano ha llevado a un vecino a poner un cartel avisando de una supuesta serpiente venenosa que habita en la alcantarilla delante de su casa. Quienes en cambio están encantadas con la afluencia de gente son unas pequeñas cacatúas que, literalmente, se te suben encima, supongo que están acostumbradas a que las alimenten.

La carretera de la selva

Continuamos camino. 17 kilómetros después, en Skenes Creek, giramos hacia el norte y nos separamos de la costa. Nuestro objetivo se encuentra en el Parque Nacional Gran Otway, y es un lugar llamado Triplet Falls. Todo va bien hasta la pequeña localidad de Tanybryn: aquí nos metemos por una carretera tan estrecha que parece tuviera un solo carril. Y el bosque alrededor es tan denso que vamos rozando ramas -por fortuna finas- con el techo de la autocaravana. Se diría que por aquí no pasan vehículos, pero sí que nos cruzamos con algunos. Cuando creemos que la cosa no puede empeorar, encontramos avisos de que nos hallamos en una explotación maderera, y que cabe la posibilidad de encontrarse con tráilers de doble remolque acarreando troncos. En fin, son trece kilómetros agónicos, hasta que por fin salimos a zona de prados y la carretera vuelve a su ser.

Los árboles

La ruta

Lo mejor de Triplet Falls no son las cascadas, sino el impresionante bosque que las rodea, con vegetación tupida y árboles altísimos. Realizamos una ruta circular, y la sensación de encontrarnos en medio de la selva es completa. Como es de esperar, nos cruzamos con poca gente, y por eso resulta aún más insólito oír hablar nuestra lengua. Son dos chilenos y una argentina, jóvenes los tres y afincados en Australia. A ellos lo que les sorprende no es que hablemos castellano, sino que seamos españoles. Y, al igual que a muchos australianos, que estemos aquí por viaje y no por trabajo.



Triplet Falls

Antigua vagoneta perteneciente a un aserradero de vapor
Altos, ¿eh?

Regresamos a la auto contentos de haber visitado este lugar tan impactante. Empieza a atardecer, así que exploramos las opciones: descartado un lugar en el cruce de Ferguson por cutre, a 45 kilómetros y al lado de la costa tenemos el Princetown Recreation Reserve. Nos ponemos en carretera y simultáneamente iniciamos negociaciones por el móvil, algo dificultosas porque la cobertura va y viene. Aunque le decimos al tipo que estaremos allí en menos de una hora, insiste en hacer el check-in por teléfono, alegando que va a cerrar en breves minutos. Sin embargo, cuando llegamos la oficina todavía se encuentra abierta. Supongo que le habrá tocado más de una vez esperar de brazos cruzados a los clientes: que ya llegamos, que ya llegamos...

El lugar es, por varias razones, impresionante: a orillas del Gellibrand River y a 700 metros de la costa, se oye el fragor de las olas batir contra el acantilado. Sin embargo, y como suele ocurrir, sin amenaza no hay paraíso: hay maquinaria pesada en el camino de acceso, y dos carteles: uno que muestra el desacuerdo de la comunidad local con la construcción de un resort, y el segundo prohibiendo a trabajadores y maquinaria rebasar determinado punto por ser private property.

En cuanto al cámping, tiene una estructura extraña, porque las plazas para tiendas y vehículos se ubican en torno a un enorme círculo vallado cuya finalidad ignoramos.

Empieza a anochecer, y en el prado contiguo se reúne la mayor manada (también se les denomina corte, turba o tropa) de canguros que hemos visto hasta la fecha. Cuando oscurece del todo, algunos se aventuran en las instalaciones del cámping.

Distancia parcial: 168 km.

Distancia total: 1.760 km


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